El asesino de las rubias ©

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Capítulo XIII. Parte II, EL FINAL

—¡Jefe! —gritó Brandon poniéndose de pie—. Estaba explicándole a Thomas algunos vagos detalles de nuestro bien urdido plan.

—Ya lo creo que sí —respondió parándose en medio de ambos detectives.

—¿Qué haces aquí Arthur? —le preguntó Thomas al Comisionado, con los ojos cerrados como queriendo despertar de un mal sueño.

—Supongo que lo mismo que tú amigo¸ buscando justicia —respondió acomodando las solapas de su saco.

—Cuando me convenciste de sumarme a la Unidad Criminal para detener la ola de homicidios, jamás se me hubiera ocurrido que tú los pergeñaras —dijo con un nudo en la garganta.

—De hecho todo fue idea de Brandon, yo solo abrí sus ojos a un mundo de oportunidades —se excusó—. Está loco, lo sabes. Iba a hacerlo de todos modos

—Pudiste detenerlo —dijo abriendo y cerrando los puños con las venas reverdecidas, casi violáceas de tanto fervor.

—¿Y dejar pasar un negocio inmejorable? ¡Por favor! —gritó con las manos abiertas mirando al techo resquebrajado.

—¿Qué negocio? —preguntó entre dientes.

—El Estado es un desastre Thomas. El delito volvió a ganar las calles. Decenas de pandillas se disputan las esquinas de la ciudad golpeando, apuñalando, violando, asesinando ¿Cómo pudimos retroceder tanto para volver a caer en esa barbarie? —hablaba mirando a Thomas, buscando convencerlo de la potencia de sus argumentos.

—Sigo sin ver el negocio.

—Todo plan tiene dos objetivos; el nuestro no es la excepción. No somos ningunos mártires, lo hicimos por dinero. Nada se consigue sin dinero, nada. Y el mercado negro paga muy bien los órganos humanos —dijo con una sonrisa dibujada en los labios.

«¡No me mires así! —gritó—, no todo es ilegal; también hacemos donaciones a la ciencia ¿de dónde crees que salen los nuevos hallazgos que tiñen de esperanza la medicina del mañana? De investigaciones a las que nosotros contribuimos.

—De ahí la destreza para manipular las drogas —susurró tan bajo que apenas pudieron oírlo

—Eres astuto mi amigo —dijo el comisionado aplaudiendo la deducción de Thomas—. Sin embargo hay algo mucho más importante que el dinero en esta cruzada: el futuro.

Fue lo último que dijo el comisionado antes de sacar un arma de su cintura y disparar, sin miramientos, directo a la cabeza de Brandon que no vio venir el ocaso de su vida. Se había convertido en un cabo suelto; no, más que eso, su presencia significaba un estorbo para los planes a los que supo servir fielmente y ahora, con la ingratitud de un alma envenenada, era empujado a reunirse con las víctimas de su crueldad, ávidas de cobrarse en la muerte lo que no pudieron saciar en vida.

—¿Lo mataste? —dijo Thomas absorto, con el rostro desfigurado y los ojos bien abiertos.

—Hemos acabado con la ola de terror que afligía a nuestros compatriotas. El pueblo está en deuda con nosotros.

—Estás enfermo —farfulló.

—Somos complementarios. Yo la mente, tú mi brazo ejecutor. Acompáñame y serás el próximo comisionado —dijo Arthur acercándose a Thomas.

—Por eso fuiste por el senador, aniquilaste la competencia —murmuró.

—Tú no entiendes Thomas —dijo enfundando su arma—. Nueva York necesita hombres fuertes, decididos, que no les tiemble el pulso para combatir el delito.

«Cuando el gobernador me dijo que no iría en busca de la reelección pude ver cómo se abría nuestro camino sin escalas a la Casa Blanca. ¡Tenemos el camino allanado! Observa a tú alrededor, hemos acabado con el Asesino de las rubias; por fin nuestra gente puede estar tranquila de nuevo.

—¿Qué hay de Mía Silver? ¿Por qué la asesinaron y usaron mi nombre para incriminarme? —preguntó entre risas nerviosas.

—Eso fue lamentable, lo admito; pero tú debes recoger el guante y aceptar tu responsabilidad

—¿Qué estás diciendo? —preguntó con el ceño fruncido.

—Tú asesinaste a Mía Silver —dijo con una maléfica sonrisa dibujada en los labios.

—Por supuesto que no.

—Sí, lo hiciste en el mismísimo momento en que se te ocurrió la fingida ejecución de Stephanie Turner. Intenté convencer a Brandon de que no era real; una artimaña. No quiso escucharme; verdaderamente la quería, enloqueció. No pudo soportar que la prensa le adjudicara su muerte —hablaba mientras seguía con la mirada el hilo de sangre que salía de la cabeza del agente caído—. ¿Qué puedo decirte?

—¿Y Stacy, a ella por qué la asesinaron? —preguntó mientras luchaba por frenar la ira que corría impotente por sus venas.

—Cuando salió de tu departamento, confundiendo tu investigación con un itinerario de muerte, no tuvo mejor idea que llamar a su viejo amigo Sullivan para hacer catarsis y pedirle consejo. Una mala decisión —dijo con una sonrisa en los labios. ¡Tuve que pedirle que limpiara tu mugre!



Sebastian L

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En el texto hay: misterio, crimenes, suspenso

Editado: 16.02.2018

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