El asesino de las tres reglas

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|1|El asesino de las tres reglas

La oscuridad de la noche no dejaba ver con claridad el pavimento de las calles de la avenida Cervantes. El viento soplaba fuertemente, anunciando la pronto lluvía.

Sandra, una chica que trabajaba como cajera de una gasolinera, caminaba a toda prisa por la oscura avenida. Eran las diez de la noche, ya no habían personas circulando por el lugar, todavía le faltaban dos cuadras para llegar a su departamento.

Las gotas de la lluvia comenzaban a caer fuertemente, pero cuando quiso acelerar sus pasos chocó contra alguien. Levantó su vista para conocer el rostro de esa persona, pero no pudo lograr su cometido, ya que un dolor en su cabeza la hizo perder el conocimiento.

Él la tomó en sus brazos y la llevo al interior de su auto, el cual estaba estacionado a pocos metros. La acomodó en la parte trasera, le vendó los ojos, tapó su boca con una cinta adhesiva amarilla, ató sus manos y sus pies. Miró por todos lados, pero no encontró a nadie más por los alrededores.

Cerró la puerta y se desplazó al asiento del conductor. Se desplazó por la ciudad en el auto hasta alejarse por completo, luego ingresó a un camino de tierra donde un espeluznante bosque adornaba el panorama.
Apagó el motor y bajó del auto. Abrió la puerta de su cabaña y regresó al auto para cargar de nuevo a Sandra en sus brazos. Después  la llevó hasta la habitación donde acostumbra a divertirse con sus víctimas, este lugar estaba equipada por muchos artefactos médico, mecánico y fontanería. No era un lugar sucio y húmedo, al contrario todo estaba perfectamente limpio y en su lugar.
Sentó a la chica en una silla metálica pegada al pavimento, sujetó las sogas a la silla para tenerla inmovilizada.

Sandra despertó con un fuerte dolor de cabeza, cuando estableció su vista de dio cuenta que se encontraba en un lugar desconocido, quiso moverse pero no pudo, quiso gritar y no lo logró. Su desesperación aumentaba, su nervios estaba a flor de piel.

—Será mejor que no te muevas—le dijo aquella voz masculina acercándose a ella, Sandra no pudó ver su  rostro ya que llevaba un pasamontañas—. Jugaremos un pequeño juego con tres simples reglas, si resistes a ellas te dejaré libre—le explicó.

Ella temblaba del miedo, jamás pensó que estaría en una situación que sólo había  visto en las películas de terror. Rogó a Dios Salir con vida de toda esa pesadilla.

Él, encendió un cigarrillo para darle un par de toques, luego se acercó a ella lentamente.

—La primera regla es: no grites—le mencionó—. Si lo haces te mataré.¿Comprendes?—le preguntó fríamente.

Sandra no sabía que pretendía con eso, pero no tuvo otra opción que asentir con su cabeza.

Él le quitó la cinta adhesiva de su boca, tomó y colocó el cigarrillo aún encendido en su antebrazo, sandra ahogó las ganas de gritar al sentir el ardor y dolor que sentía en su piel. Él, se llevó a la boca de nuevo el cigarrillo para encenderlo aún más, después  eligió otro lugar del cuerpo de Sandra para fundirlo. Ella al sentir el dolor en su pecho volvió  ahogar otro grito de dolor, él  hizo lo mismo dos veces más, pero Sandra no pudo  resistir: dejó escapar de su boca un gritó de desesperación y dolor.

Él, al escuchar el sonido que tanto le molestaba se detuvo.

—¡Perdiste!—le dijo molesto, se acercó a la mesa y tomó un hacha, y con la rabia que sentía la atacó en repetidas ocasiones, mientras el líquido carmesí salpicaba las paredes de azulejos de la habitación dándole un aspecto espeluznante: ensangrentada y desfigurada se encontraba Sandra Castillo, una joven de veintidos años con un futuro prometedor. Había caído en manos de un asesino cruel y despiadado.

Agitado y con el corazón acelerado,  llevó el cadáver al sótano donde tenía un horno especial de cremación. La depósito en la plancha metálica para comenzar su incineración. Respiró hondo cuando sintió aquel aroma que tanto le fascinaba. La frustración que había sentido por la falta de  disciplina de parte de su víctima se le había olvidado en ese momento.

«¿Acaso era tan difícil encontrar una víctima perfecta ?» se preguntó mentalmente.

Sólo estaba pidiendo encontrar a una chica que quisiera compartir su arte, sus sueños, sus ambiciones, su amor y dedicación a sus juegos . Necesitaba encontrar a su alma gemela, pero para lograrlo tenía que seguir secuestrando hasta encontrar a la mujer que pudiera resistir a sus tres reglas: No grites, no huyas, sólo ámame.

***
 


Tiempo después él, había regresado a la ciudad a continuar con su rutina diaria, como  cualquier persona : iba a restaurante, al cine, al trabajo y ayudaba a la comunidad.

Sin embargo su sueño de encontrar a la mujer de su vida seguia latente en él. Estuvo tres días continuos eligiendo a sus posibles víctimas, pero ningúna resistía a su primera regla.

La noticias de las desapariciónes de estas cuatro chicas comenzaron hacer eco en las noticias locales, la población se comenzaba asustar y la policía no tenía pista  de ninguna de ellas.

Una semana después...

Un pescador había encontrado un cadáver de una mujer de alrededor de veintisiete años flotando en el lago.
La policía y cuerpo forense llegaron al lugar lo más pronto posible. Examinaron el cuerpo y pudieron encontrar signos de torturas, cortés muy preciso y profesionales de bisturí.

El oficial Fernández revisó el abdomen de la víctima, ya que se visualizaba una frase hecha por un objeto punzante.

—¿Qué dice la frase oficial Fernández?—le preguntó la oficial Johnson .

Él, observó con atención cada letra y pronunció:

—Mis tres reglas: No grites, no huyas, sólo ámame.

—¿Qué significará ? ¿Será algún tipo de mensaje que nos quiere dar el asesino? —preguntó pensativa la oficial.

El oficial Fernández, se puso de pie y analizó lo que había leído.
 


 



Evelyn Romero

Editado: 05.11.2019

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