El Caso Personal: El Domingo Merece Morir

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El Domingo Merece Morir: Capitulo Primero

 

Para Christopher y Jeremy, que siempre han estado en mi alma y jamás los he dejado de amar.

Esta historia es para ustedes y para todo aquel que está por venir.

 

 

 

 

El Domingo Merece Morir

Resido inmóvil justamente en las afueras de la ciudad, desde donde puedo apreciar, por primera vez y con inmensa claridad, las devastaciones que han originado los constantes enfrentamientos: las avenidas, las aceras, la mayoría de los puentes y el alumbrado eléctrico, han desaparecido por completo; en vez de eso y por varios kilómetros, se extiende un majestuoso desierto de polvo azulino que cubre gran parte de las estructuras en ruinas –puedo asegurar que tal escenario es debido a la combinación de residuos de asfalto, acero molido, concreto pulverizado y pequeños trozos de cristal–. El viento funciona como un perfecto artesano del caos, soplando con tal fuerza que es capaz de formar un sin número de torbellinos, expertos en remover la superficie tóxica y propagarla en todas partes. Es imposible no percibir cómo estas partículas diminutas de polvo se incrustan en mi piel, la penetran hasta los huesos y causan un dolor insoportable. Son estas las primeras pinceladas, imperfectas, incongruentes, de una ciudad fantasmal que gime atormentada desde su interior.

Avanzo cauteloso hasta los accesos de la ciudad, donde me tropiezo con un viejo tablón algo apolillado y el cual contiene una frase escrita que dice: “Jardín de Marionetas Infaustas”. Representa sin duda alguna los incontables montículos de seres humanos que se encuentran apilados sobre los márgenes del camino, carbonizados, perfectamente preservados. Codician evitar el velo del desgaste y advierten el destino de los hombres en el ligero roce de la brisa. Ninguno parece resarcir esperanza y mucho menos buenas noticias. En sus restos se afirma el martirio ciclópeo, fugaz y asfixiante que debieron pasar. En el fondo de cada individuo carbonizado existe una historia olvidada, misterios que sólo algunos desearían conocer o tomar en cuenta. Nada hay de placentero en este enorme museo de estatuas de carbón que adornan los senderos. Sus ropas aún se diferencian de la carne chamuscada, sus zapatos se hallan muy lejos de ser reutilizables, algunas de sus pertenencias sobreviven en las cercanías.

Perdido… ¡y a las puertas de éste infierno! Apenas si logro hacerme a un lado de este lecho de muerte, cuando de la nada aparecen cientos o quizá miles de aves rapaces que surcan de forma inadvertida el cielo. Poseen un tamaño colosal y rápidamente se apoderan de la luz del día como un enorme manto negro que se extiende en todas partes. Una gran cantidad de aves se interna en la ciudad, mientras que un pequeño grupo, impulsados por una fuerza imparable, desciende sobre los montículos de restos humanos. Es un suceso tan impresionante, capaz de captar mi atención y la de algunos sobrevivientes. Quebrantado por dentro y lleno de un gran agotamiento, me escondo detrás de un muro de escollera y observo lo que acontece a través de una abertura. ¡Carajo! Apenas si alcanzo a distinguir como la tripería se extiende bajo la forma de aquel oscuro plumaje, para combinarse luego con cientos de roedores que brotan del suelo. Observando esto, mi mente deambula en un simple pensamiento: –“la imagen del orgullo y el egocentrismo, servidos en un plato de concreto y polvo, deleite justo para alimentar a las alimañas de la tierra”. Pasamos de la cumbre al fondo más oscuro del plano universal y siento que mi turno está próximo. No es más que otra pesadilla, capaz de penetrar la materia interna de mi cobardía, contiene el peso completo de la miseria y es capaz de deshacer con su fuerza los hilos de mi optimismo. Crea retumbos emocionales que desfragmentan la razón y percibo cómo se revuelve hasta el tuétano de mis huesos. No hago otra cosa más que conservar la calma y observar.

Luego de alimentarse a ras del suelo por varios minutos, la mayoría de las aves deciden retornar al cielo, parecen satisfechas, saciadas de carne descompuesta, deslizándose furtivamente en las alturas hasta desaparecer en medio de una tormenta de polvo. Muy pocas permanecen en su lugar, aguardando por ese siguiente bocado, silenciosas, parecen dormitar. Viendo esto, decido ponerme en pie y avanzo con prontitud alrededor de ellas, apenas si notan que existo y eso parece ser bueno. No es nada común toparse con buitres de tan gran tamaño y mucho menos con aspectos y cuerpos tan deformes, lucen enfermos o al menos es lo que parece a simple vista, ya que sus picos están secos y endurecidos como rocas, desprovistos de plumaje y ojos tan hundidos que parecen cavernas. Criaturas aterradoras sin duda alguna, capaces de devorarme al instante sí quisieran, pero parece que sus vidas están a punto de extinguirse, y eso también parece ser bueno.

Logro escabullirme sin hacer ruido y alcanzar los interiores de esta necrópolis transitoria, oquedad perversa que se mira saturada por las edificaciones desprovistas de color, ventanas o puertas; revueltas entre escombros que cubren gran parte del suelo y basura que viaja descubierta a través del viento. No reconozco bien si se trata de una densa bruma o sólo es más polvo azulino, pero recorre cada callejón, cada avenida y cada alameda como un fantasma hambriento de aflicciones. Le temo a las siluetas humanas que aparecen de pronto y que luego se ocultan en la oscuridad, son sus chillidos los que me atormentan, ya que el eco de sus lamentaciones se filtra en mi sistema nervioso y me hace temblar.



André S. Briones

Editado: 08.01.2019

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