El cazador de plumas

Tamaño de fuente: - +

La luz, la sombra... y la verdad

—Juan 12:35-36… aún por un poco esta la luz entre vosotros, andad entre tanto que hay luz para que no los sorprendan las tinieblas, porque el que anda en tinieblas no sabe a dónde va, entretanto creed en la luz para ser hijos de esta… ese era un pasaje bíblico que me gustaba mucho hace varios años ya, no soy precisamente viejo y no memorizaba muchos versículos de menor, era como la mayoría de los niños de mi edad, dedicado a andar correteando o a sentarme frente a la niñera electrónica, como mi madre solía llamar al televisor. Pero a pesar de que muchos años han pasado desde entonces esas palabras aún siguen haciendo eco en mi mente, uno muy fuerte —Alberto apretó la servilleta en una mano y el cubierto en la otra al mismo tiempo que su vista se perdía en la copa de vino por la mitad, estuvo de este modo por espacio de unos cuantos segundos antes de volver a su relato —no puedo evitar sentirme sucio y avergonzado cuando recuerdo ese versículo, es como la conciencia de algo a lo que he dedicado mi vida los pasados seis años, me siento como un hijo que ha escapado de casa tras haber fallado de alguna forma, pero el cual nunca olvida el recuerdo de sus padres, padres que aparecen constantemente en su mente para recordarle que si alguna vez se ha caído se debe levantar, y que mientras se viva siempre habrá manera de enmendar cualquier desastre realizado.

Alberto estaba nuevamente perdido en su copa de vino, de la cual ya había dejado de beber y que solo sostenía en su mano meneándola como si esto le ayudase a aclarar sus pensamientos, luego hizo algo que me tomo por sorpresa y que francamente no esperaba, lo encontré con esa mirada ausente y perdida, pero esta vez el miraba a mis ojos directamente, de alguna forma en contra de toda mi frialdad profesional, creo que me ruborice pues este sonrió y cambió de dirección su mirada, como si hubiese percibido la incomodidad que aquello me producía.

—El que camina en sombras no sabe a dónde va, camina ciego y a tientas, despacio, asustado… y triste, me pregunto si siempre caminare en sombras, lo más probable es que de alguna forma aun conserve la esperanza, aunque sea de manera vana y resignada, de otra forma nunca estaría haciéndome este tipo de interrogantes ¿Ha caminado en tinieblas usted alguna vez?

Hasta el momento había escuchado cada una de las palabras de Alberto con un dejo de tristeza, pero por qué era eso, no se supone que debería ser así, esto era algo poco práctico en mi profesión, pero había algo en la mirada de él, en la tristeza que mostraban sus ojos, hablaba como alguien que era malo o mejor dicho como alguien que se considera a sí mismo malo, pero lo que yo podía sentir, era distinto, no negaré que si detectaba su grado de maldad y corrupción en él, pero la forma en que hablaba de ello, el dolor contenido en sus palabras, lo hacían ver como alguien que no estaba del todo contento con su pasado, como si de algún modo quisiera enmendarlo… como alguien que aun podía ser salvado de sí mismo. Sus palabras entonces me recordaron unos cuantos episodios de mi vida, con esa última pregunta.

-Creo que todos lo hemos hecho en más de una ocasión, lo importante no es estar en medio de sombras, sino buscar una luz por pequeña que sea y aferrarnos a esta sin importar lo difícil que esto parezca.

—¿Entonces cree usted que hay manera de levantarse después de haber caído?

—Por supuesto que sí. Es un axioma que todos llevan su propia cruz, siempre he sido de la filosofía de que no existe tal cosa como un problema fácil, para el que lo tiene nunca será divertido o fácil, otro axioma es que todo aquel que ha logrado ascender, es porque de alguna forma cayó a lo más bajo en alguna vez, para llegar a la cima, primero hay que caer o bien comenzar desde abajo, pero nunca se aparecerá mágicamente en la cima.

—En pocas palabras todo se reduce al esfuerzo y a la forma en que elegimos nuestra actitud para con las cosas.

—Eso mismo.

Alberto nuevamente perdido dentro de él mismo, volvió a preguntar, esta vez más para él que para mí.

—¿Qué es la maldad… y cuál es el alcance de todo su poder?

Me calle durante unos segundos, con las palabras en la punta de la lengua, sin saber muy bien si decirlas o no.

—La maldad no es otra cosa que la máxima expresión de la debilidad.

Alberto si pareció quedar perplejo ante tal revelación, como si nunca hubiera esperado una respuesta de ese tipo.

—La maldad es debilidad manifestada —repetí —Alguien malo es quien cayó al fondo y no tuvo la fuerza o la voluntad de levantarse.

Con eso concluyo nuestra entrevista, al menos profesionalmente hablando, pues paré la grabación en mi teléfono, creo que algo de Alberto me había provocado un poco de compasión… quizá y solo quizá, vi una chispa de auxilio en su mirada como el deseo de aquel por ser entendido por alguien. Y esa fue la razón de que no decidiera continuar con la grabación. ¿Qué tenía este escritor? Hacía que mis defensas clásicas no funcionaran, el hecho de que siempre fuera tan impredecible era lo que me llevaba a usar todos mis sentidos para mantenerme alerta, como si ambos nos estuviéramos retando a mantener nuestros ritmos.



Luis Fajardo Fuentes

#7021 en Fantasía
#1487 en Magia
#3965 en Thriller
#1760 en Suspenso

En el texto hay: magos celestiales, espectros, amor

Editado: 18.08.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar