El chico de mi vida

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capítulo único

Hoy prometía ser un inicio de semana sin relevancia; como cualquier otro inicio de semana. Como cada lunes, el ánimo de los alumnos del Liceo Humanista N°1 y, en especial el mío, estaba muy por debajo de lo esperado por los encargados del establecimiento. A inicios de diciembre y con el calor reinante —el que se extendía hasta altas horas de la noche—, era imposible para cualquiera dormir las horas apropiadas. Bajo esas condiciones, para un joven de 16 años la falta de sueño ponía a la consola de video juegos como único recurso para llenar las horas vagas.

Subí las escaleras hacia el tercer piso arrastrando los pies con toda la pereza del mundo, aun cuando faltaban escasos minutos para que sonara el timbre de inicio a clases. En el pasillo me detuve frente a mi casillero para guardar mis objetos de valor y recoger los libros de textos de las asignaturas que me correspondían ese día, fue entonces, nada más abrir la puerta de la gaveta que un sobre de tamaño mediano se deslizó por la misma hasta caer a mis pies. Lo recogí de inmediato: sorprendido y curioso. No había una ranura lo bastante grande, entre la puerta y el marco del mueble, por donde pudiera meterse ningún tipo de papel. En seguida me pregunté cómo alguien se las había ingeniado para depositarlo allí, pero mis dudas quedaron relegadas al rincón de las cosas sin importancia cuando distinguí mi nombre escrito en el dorso de la carta.

La letra era redonda, clara y prolija. No traía remitente; por lo que, mi curiosidad se incrementó. Me debatí si abrirla o no. Bien podía ser una carta de desafío, una amenaza contra mi vida o algún tipo de broma. De esas en las que, nada más abrir el sobre, mi cara se mancharía con alguna clase de tinta de color o harina en polvo. Mas cuando me di cuenta de que me estaba pasando demasiadas películas, rasgué el sobre y saque el trozo de papel que contenía en su interior. No sin antes sacudirlo para comprobar su peso y verificar que no hubiese ningún objeto extraño dentro.

—Una carta de amor —murmuré, con el rostro encendido.

La leí de prisa, para luego guardarla dentro del bolsillo de mi pantalón. Seguido, me dirigía a toda marcha hacia el salón. La campana anunciando el inicio de las clases de la mañana había sonado, y no quería ser regañado por el inspector de piso por quedarme perdido en las nubes en mitad del pasillo.

*******

Durante la primera hora de clases poco me pude concentrar en lo que el profesor enseñaba, mi mente se entretuvo fantaseando con la muchacha que había utilizado aquella treta tan pasada de moda para acercarse a mí. «¿Quién escribe cartas de amor en estos tiempos?», pensé, algo escéptico y emocionado a la vez. Me pregunté cómo sería su rostro, el color de su cabello y el de sus ojos. ¿Sus labios serían gruesos o delgados? ¿Su figura atlética, curvilínea o rellenita? Podía imaginarla con las mejillas sonrosadas depositando a hurtadillas la bendita carta, la cual parecía quemar dentro del bolsillo de mi pantalón.

Tentado estuve en sacarla y releerla varias veces para asegurarme de que era cierta su existencia y de que en realidad estaba dirigida a mí.

El contenido no decía mucho, sólo que me había estado observando desde hacía un tiempo y que le parecía atractivo. Citándome, para después, al toque del recreo del almuerzo en el descanso de las escaleras del segundo piso —aquellas que estaban ubicadas en el ala este del edificio—, para que pudiéramos conocernos y le diese una respuesta. Firmaba con las iniciales C. M.

Puesto que mi curiosidad era mucha, al terminar el primer periodo de clases hice mi recorrido hacia el patio del colegio por ese sector; en un intento vano de vislumbrar aunque fuera una seña de mi desconocida admiradora. Supuse que, si la cita mencionaba esas escaleras, era porque cursaba primero o segundo año de enseñanza media. Las aulas de los de tercero y cuarto se hallaban en el pabellón oeste, donde se encontraba la mía. Pero fue una idea tonta y poco productiva. Con la cantidad de alumnos que contaba el establecimiento, apenas di un vistazo a todo aquel que pasaba por delante de mí. Sin mencionar que el circular apresurado del alumnado —los que ansiosos esperaban disfrutar de aquel corto receso de clases—, me arrastró con ellos, obligándome a salir fuera del edificio.

Durante el segundo periodo de clases se repitió lo mismo: Mi mente divagó en un millar de fantasías y planes a futuro y, nada más sonar la campana del recreo, hice el mismo recorrido, con iguales resultados.

Debo confesar que hasta ahora no me había interesado en el romance. Soy un chico poco espabilado que disfruta de las cosas sencillas y no se aproblema con nada. Tanto en las vacaciones de verano como los fines de semana mis únicas diversiones son la consola de videojuegos y las pichangas del barrio junto a mis amigos y vecinos. Mis prioridades han sido siempre mis estudios y el deporte, pero sabía que aquello tenía que cambiar. Esta sería mi primera polola.



Aurora Blue

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En el texto hay: primeramor, adolescente, lgbtiq

Editado: 16.12.2018

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