El chico del salón de enfrente

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Prólogo

Casi todos los estudiantes de la planta alta bajan por las escaleras hacia el patio, donde se supone que debemos pasar los recreos, luego de que se escucha ese estruendoso pitido de la campana antigua.Se supone que también debo ir, según las normas del colegio, pero, como en otras oportunidades, decido quedarme arriba. A decir verdad, aquí es mucho más entretenido.

En el pasillo de la planta alta, justo donde queda mi salón, siempre está sucediendo algo nuevo; nadie se quiere perder de sus novedades y de la libertad de caminar por él. Acá están los chicos más grandes del instituto (aunque, ¿qué digo yo sobre los más grandes si estoy en el penúltimo año?). Los niños de los primeros cursos nos ven como extraños, como nosotros mismos veíamos a los que estaban por egresar cuando éramos críos; todo se repite. Una vez me repetí que jamás sería una adolescente extraña, ¡y heme aquí! Obsesionada con los libros, siendo una cantante de duchas, un intento de blogger y acosadora en silencio de mis actores y cantantes preferidos. En fin, el piso de arriba es lo máximo, todos quieren estar en él (y yo tengo la jodida suerte de que mi salón esté en esa zona privilegiada). Tal vez eso, y la comodidad de quedarse sentado y calentito en pleno invierno, hagan que la mayoría quiera quedarse aquí.

Aunque mis razones, en realidad, son otras.

Una vez que todos se han ido del aula, me tomo un momento para respirar profundamente y calmar mis nervios. Saco de mi mochila una pequeña cartera que contiene mi libro favorito, uno de los pocos que tengo en físico. Pepe Toth, la perfecta personificación de mi personaje literario preferido, reluce en la portada. De no ser por eso, hoy no lo traería al colegio, pero lo necesito para llevar a cabo mi plan.

Plan del que, en este momento, me estoy arrepintiendo bastante. Mis manos no dejan de temblar, y mis piernas parecen estar a punto de flaquear en cualquier momento.

Antes de poder convertirme en gelatina andante, unos ojos negros interceptan los míos y, en aquel rostro que se asoma por la puerta, se forma una sonrisa que amenaza con atentar mi vida. 

Bueno, quizás estoy siendo muy dramática. Pero eso es normal: el drama es parte de mí. Y, sinceramente, sin drama no hay buena historia. Tampoco sin sarcasmo. Y yo, con el sarcasmo, soy una experta (al menos en mi mente).

La persona de mirada azabache se aproxima a mí casi danzando, haciéndome poner los ojos en blanco. Una pequeña risa se escapa de mí, hasta que recuerdo a qué viene y mi sangre parece dejar de fluir como lo hace normalmente, helándose por completo.

—¿Lista para hoy, Britt? —pregunta Mikaela, con una emoción muy notoria y una amplia sonrisa.

Ella no parece preocupada en absoluto, ojalá pudiera decir lo mismo de mí.

—¿En serio me estás preguntando eso? —le cuestiono, sintiendo algo de adrenalina correr por mis venas.

—¡Sí!

—No, no estoy lista, para nada. Vamos ahora —le respondo.

Probablemente te preguntes qué está pasando en este momento, así que te contaré un secreto: al avanzar entre las páginas, sabrás de esta historia. Una entre muchas. Una parecida, pero a la vez muy diferente.

En resumidas palabras, la historia del chico del salón de enfrente.

 



Brisa Novas Passo

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En el texto hay: amorjuvenil, adolescentes

Editado: 16.02.2018

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