El circo de los horrores de Lucifer

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✟ Capitulo 2✟

Jonás había llegado a un punto en su vida en el que no le importaba nada y tenía un millón de razones para sentirse de ese modo. No poseía nada en absoluto y tampoco tenía la remota posibilidad de obtener algo. Él no deseaba cosas materiales, eso no lo hacía feliz. Solo anhelaba sentirse querido, pero sabía que eso nunca sucedería. Él era un monstruo y tenía claro que era imposible que alguien sintiese algo que no fuera repugnancia o miedo por él. Siendo consciente de su triste realidad poco a poco fue dejando de ser un niño ingenuo y tierno. Se convirtió en alguien muy agresivo y dispuesto a defenderse de cualquiera que se atreviera tan solo a mirarlo mal. Al final de cuentas no importaba que tan buena persona intentara ser, antes que un ser humano él era un monstruo y solo eso iban a ver los demás. No había vuelto a salir durante el día, pero si lo hacía en las noches. Caminaba libremente y sin cubrir sus rostros por el pueblo de Audi. Si alguien lo miraba o se veía atemorizado lo miraba fijamente a los ojos y luego le sonreía. Todo eso le dolía, pero había aprendido a fingir que no era así. No ganaba nada mostrándose débil, aunque era un niño la sociedad lo había obligado a olvidarlo y ser simplemente un monstruo. Siempre llevaba puesto una bata, que solo se quitaba en muy raras ocasiones para lavarla y no sentir tanta comezón en su deforme cuerpecito. Las personas del pueblo ya estaban cansadas de verlo caminar por las calles de su ciudad, asustando a los niños, defendiéndose con agresividad de cualquier persona que quisiera lastimarlo y actuando con tanta seguridad como si no fuese un adefesio.

Después de varias semanas de planeación un grupo de hombres y mujeres se pusieron de acuerdo para esperar a Jonás en el puente Tres plagas, que conectaba la casa del pobre niño con el pueblo. Ellos sabían que todas las noches Jonás pasaba por allí para dirigirse al pueblo. Esas personas solo querían hacerle daño al pobre muchacho, que solo iba al pueblo y se sentaba por horas en el pequeño parque a ver pasar a las personas, pero eso les molestaba, porque eran incapaces de aceptar a alguien diferente. La noche elegida para tratar de echar a Jonás del pueblo estaba nevando copiosamente, pero eso no evito que esos mal intencionados individuos encabezados por un señor de nombre Alfredo lo esperaran por horas. A las nueve de la noche Jonás se disponía a cruzar el puente, cuando sintió que varias manos lo sujetaban con fuerza e intento en vano soltarse. De inmediato temió lo peor, pero no grito sabía que nadie lo ayudaría, no a él un monstruo. Lo envolvieron en una manta blanca y después lo entraron en un saco. Corría el riesgo de asfixiarse, pero eran tan estúpidos aquéllos individuos que no pensaron en eso, aunque tampoco les hubiese importado. Se fueron con él río abajo y cuando se encontraron un poco lejos de su casa lo sacaron del saco y luego lo desenvolvieron. Jonás estaba titiritando del frío, ya que no tenía otra ropa diferente a su bata y el estar tirado en la nieve le provocaba la sensación de estarse quemando. Alfredo tomo un palo y comenzó a tocarlo de forma brusca por todo el cuerpo para que Jonás abriera los ojos.

-Despierta fenómeno -le gritaba entre burlonas carcajadas y las demás personas que allí estaban le seguían el juego riéndose de él y llamándolo adefesio. Sin embargo Jonás no quería abrir los ojos, sabía que algo terrible le sucedería y él no tenía a quien acudir, ni siquiera a Dios, porque él lo había abandonado mucho antes de nacer. Se resistía a reincorporarse así que lo agarraron he obligaron a levantarse a patadas. Le quitaron la bata y empezaron a tirarle nieve, mientras seguían con sus carcajadas burlescas.

- Por favor no me lastimen, soy niño -decía Jonás entre gemidos y con una voz que se iba apagando con cada palabra que decía y que se perdía entre las risas de los pueblerinos, que parecían no escucharlo hablar.

- ¡Basta malditos cerdos! - gritó por fin Jonás, que sentía ira y al mismo tiempo una impotencia incontrolable en todo su cuerpo.

- ¡Cállate y escúchame hijo del Diablo! No queremos volver a verte nunca caminando por las calles de nuestro pueblo, asustando a los verdaderos niños e infundiendo asco a todo el que te ve -le gritó Alfredo enojado a Jonás.

- Ja, ja, ja - rió Jonás de forma desganada y luego añadió - entonces tú eres mi padre, porque no creo que nadie más que el mismo Demonio podría causarle tanto daño a un niño y no, no pienso marcharme de aquí. Soy un ser humano con los mismos derechos que tú.

Alfredo no dijo nada y simplemente tomo a Jonás por el cuello y le sumergió ambas cabezas al agua. El pobre niño forcejeaba sin resultado alguno. Cuando Alfredo lo saco casi inconsciente le pregunto esbozando una sonrisa:

- ¿Me harás caso ahora?

- No pienso abandonar mi pueblo - respondió Jonás entre toz, por toda el agua que había bebido. Esta vez Alfredo enfrente de todos los pueblerinos que veían asombrados todo lo que sucedía, pero que no hacían nada, tomo el palo que había dejado en el suelo y comenzó a golpear sin piedad al niño. Jonás gritaba hasta donde sus pulmones se lo permitían y se revolcaba de dolor en la nieve. Si no hubiese sido por una de las mujeres que se encontraba allí, que sintió un poco de compasión por el muchacho lo hubiesen matado.



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En el texto hay: monstruos, circo, dolor

Editado: 15.05.2018

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