El circo de los horrores de Lucifer

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✟Capítulo 4✟

El cementerio era frio. Parecía que la temperatura helada de los cadáveres influía en el clima de aquel lúgubre lugar. A nadie le gusta ir al cementerio, a pesar de que es la morada casi obligatoria para todo ser vivo y de alguna forma la mejor opción cuando mueres, porque si tu cuerpo no yace en un campo santo significa que sucumbiste de forma muy trágica y tu cuerpo no pudo ser encontrado. Nadie lo esperaba, ninguno lo deseaba, pero esa noche, la misma noche en que Jonás, fue enterrado sonó una campana. Una, dos, tres veces, hasta que las campaneos parecían no detenerse y era imposible saber cuando empezaba o terminaba un toque. Eran a penas las ocho de la noche cuando la campana empezó a sonar. Todos los del pueblo se sintieron aterrorizados ante aquel incesante sonido, porque sabían de dónde provenía aquel y también sabían lo que habían hecho. Tenían miedo de que aquel adefesio estuviese vivo y quisiera venganza.

— ¡Ayuda! ¡Sáquenme! —gritó Jonás desesperado, cuando se percató de que se encontraba encerrado. Quería seguir gritando, pero tenía poco aire y sabía que no duraría ni dos segundos si comenzaba a vociferar. Desorientado y con las mejillas húmedas a causa de las lágrimas que derramaba de forma incontrolable notó un hilo en su muñeca y que al moverlo podía escuchar un débil tintineo a lo lejos. Descubriendo una posibilidad de escapar de allí Jonás empezó a mover su brazo con todas sus fuerzas hacia los lados. Nada sucedió, por más que aquel pequeño niño intentó que alguien escuchara el sonido de la campana no logró que alguien se interesara en ayudarlo. Completamente enloquecido comenzó a patear y rasgar el ataúd con todas sus fuerzas. No sabía lo que le estaba sucediendo, ni siquiera sabía que a las personas las encerraban en una caja de madera al morir. Por eso se sentía tan desconcertado y le costaba mucho entender lo que realmente sucedía. Rezó, como siempre lo hacía a ese Dios tan bueno del que tanto hablaban, pero que a él nunca lo había ayudado, Pensó que quizás esta vez sí lo haría, pero solo pudo sentir una respiración caliente en su cuello, era su hermana Alma, que también estaba sintiendo los estragos de la falta de aire y que estaba dando una de sus primeras señales vida. Sin embargo, todo parecía indicar que moriría antes de vivir, aunque no se perdería de mucho. Jonás, al sentir la agonía de su hermana no soportó más y lanzó un grito desgarrador, que poco a poco se fue extinguiendo al igual que su joven vida.

Cuando Jonás despertó era de día y aún estaba en el cementerio, tirado al lado de una tumba abierta y una caja vacía. De inmediato supo que esa había sido la cárcel en la que estuvo prisionero cuando despertó anteriormente. Antes de hacerse cualquier interrogante puso dos dedos bajo la nariz de Alma, para ver si esta aún respiraba y al ver que no lo hacía se decepcionó. Llegó a la conclusión de que esto había sido producto de estar encerrado y que todo se lo había imaginado. Todavía se encontraba tirado en el suelo incapaz de levantarse sintió una presencia, algo lo tocó en la cabeza y le heló todo el cuerpo. Se levantó rápidamente y al voltearse vio a una mujer joven de proporciones perfectas, piel bronceada de porcelana y cabello rojo, que casi parecía estar en llamas. La muchacha le sonreía como nadie nunca le había sonreído. Lo hacía de verdad, con auténtica amabilidad.

—Hola, Jonás —le dijo la muchacha, mientras besaba su mejilla.

Hola —respondió Jonás, incapaz de reaccionar. Nunca había recibido un buen trato de nadie y mucho menos caricias.

—He venido a ayudarte. Si vienes conmigo nunca volverás a sufrir —dijo la muchacha aún con una sonrisa en sus rosados labios.

— ¿A dónde iríamos? — preguntó Jonás, azorado y aún sin ninguna idea de cómo reaccionar.

—Al lugar de tus sueños, ese sitio al que siempre has querido ir. El único lugar en donde te sentirás bien y serás aceptado con tus defectos.

—Al circo —dijo Jonás cauto.

—Así es ¿Qué dices Jonás? —Preguntó la joven.

— ¿Quién eres? Preguntó Jonás, extrañado de que aquella extraña conociera uno de sus deseos más profundos.

—Alguien a quien has estado llamando.

—El Diablo —dijo Jonás, con voz entrecortada.

—No — dijo la muchacha con una sonrisa burlona.

— ¿Dios?  —Preguntó el niño con los ojos bien abiertos

—Esto es la vida real, niño. Yo soy Lucifer.  



Alef03

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En el texto hay: monstruos, circo, dolor

Editado: 15.05.2018

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