El color del amor

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★ El color del amor ★

—¡Deberías ventilar más este lugar! 

No respondes, Milo es así; desperdiga consejos con su ímpetu arrollador en tu diminuto departamento. Abre las ventanas, la brisa salina llena tus pulmones. No le prestas atención hasta que maldice en voz alta, percibes su desconcierto y la mezcla de sorpresa bailando con el salitre.

—¿Qué demonios...? ¿Es lo que pienso que es...?

Ha descubierto tu última adquisición, comprendes su asombro porque continúas maravillándote cada vez que la observas. Tu hogar no le hace justicia a la pintura que descansa arriba de una mesa rota. Sabes que en algún momento tendrás que mudarte para conservar tus obras de arte en buen estado, pero no quieres pensar en eso.

—Maldición, Ezra... —espeta Milo—. ¡Deja de pintar esas tontas sirenas y hazme caso!

Frunces el entrecejo, consideras correrlo del estudio ¡Estas tontas sirenas le han hecho mejorar el estilo de vida de toda su familia!

—El pescador y la sirena de Frederic...

—Leighton —interrumpe, anonadado—. ¿Cómo la conseguiste? Pertenecía a un coleccionista privado.

—La compré.

Regresas la atención a tu última pintura, a tu sirena. El pincel danza arriba del lienzo, al ritmo de caricias coloridas, sobre el mar que cobija a la hermosa mujer mitad pez.

Milo pregunta y pregunta, siempre hace eso. Sólo te parece bueno para preguntar y vender tus obras.

—¡Debes de haber gastado casi todas tus ganancias en la pintura!

Asientes, no te importa. Es un regalo para Gala, tu musa, la mujer de delicadas facciones que se multiplica en cada cuadro.

—¡Eran millones! —añade, como si no lo supieras—. ¡Millones, Ezra...! ¡El mundo en cualquier momento se hartará de tus mujeres pescado y ya no comprarán las obras! Pudiste mudarte a la ciudad como gente decente... ¡Aquí pareces pordiosero!

Siempre fuiste pobre... ¿Por qué cambiar ahora? Tu cuenta bancaria se infló con demasiados ceros que te aburriste de contar, lo usaste para comprarle un regalo digno a Gala, es suficiente.

—Eres la persona más rara que he conocido —opina Milo, a tu lado, contempla la obra que pintas—. ¿Alguna vez me revelarás cómo crear ese color?

—Es el color sin nombre —contestas y analizas las escamas sobre la cola de la sirena que emerge del mar en el lienzo.

Milo ya conoce esa respuesta. El mundo del arte ovacionó tus obras cuando las llevó a la capital, ese misterioso tono imposible de reproducir... ¡Ni si quiera digitalmente!

—¿Trajiste lo que te pedí?

Responde que sí, con desgano, y se aleja hacia la cocina, sube varias bolsas de compras a la mesa del centro y dibuja una mueca de asco.

—Sólo comes pescado...

Sonríes, la humanidad de Milo, que puede ser odiosa, también sirve como ancla para la realidad; es por él que no te pierdes en los ojos color sin nombre de tus sirenas.

Milo recoge sus consejos sin destinatario y se marcha un rato después. En la soledad, contemplas a Gala sonriendo en medio del mar falso de tu lienzo... ¿Hace cuánto que no la ves sonreír?

Te dominan unas ansías adictivas por verla; interrumpes tu pintura, ella es primero.

Revisas las bolsas de compras, decides que hoy cenarán salmón. Comes solo, a grandes bocados desesperados, a tragos largos de vino; quieres devorar tu comida y ver a Gala.

Colocas otro filete de salmón crudo en el mejor plato que tienes. Sonríes, te gusta este pequeño ritual de llevarle la comida en la bandeja. Te diriges a la habitación del fondo. Llevas la pintura bajo la bandeja, como si fuera cualquier cosa, y abres la puerta con una ligera patada.

Enciendes la luz, dejas la comida en la única mesa de la habitación y te aproximas a la piscina que ocupa casi todo el lugar. Escuchas a Gala moverse dentro del agua, debe estar recluyéndose al rincón de la piscina desmontable.

—¿Recuerdas la pintura de la que te hable? —preguntas, mitad niño risueño y mitad hombre enamorado—. La he comprado para ti, Gala.

Miras el agua verdosa de la piscina, vislumbras su cuerpo en el rincón, la larga aleta del color sin nombre que te recuerda a un pez león. Su cabello blanco flota a su alrededor, como un aura de tranquilidad perdida.

Es hermosa, piensas, la criatura más hermosa que existe sobre la tierra.

—La dejaré aquí —anuncias y regresas a la mesa, buscas el ángulo indicado para que pueda contemplarla sin dificultades.



Lena Mossy

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En el texto hay: sirenas, pintor, psicopata

Editado: 06.07.2019

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