El Color Perfecto

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Capítulo 9. La cena

El lugar era muy bonito, un restaurante del centro histórico de la ciudad, había cruzado muchas veces frente a él, pero nunca había imaginado que entraría a cenar allí. Carlos había dejado su carro parqueado a unas cuadras, así que la corta caminata había sido, sin duda, muy agradable. 

Cartagena nocturna es muy diferente a la que se puede apreciar en el día, es tan romántica, tan acogedora, se siente con un color muy diferente. Es casi como si se viera con unos ojos diferentes.

La comida fue exquisita, pero lo mejor de la velada fue la compañía. Carlos es un hombre muy gentil, galante, siempre atento al mas mínimo detalle. Paulina se sentía como en un sueño, nunca alguien la había tratado de esa manera.

- Veo que te gustó la comida. Espero estés igualmente dispuesta para el postre. 

- ¿En serio? Estoy llenísima. No se si pueda...

El vino que seleccionó Carlos fue muy bueno, quería hacerla sentir bien. Paulina en la segunda copa se sentía algo mareada por lo que le dijo que no quería más. El postre llegó y fue consumido con tanta sensualidad que parecía afrodisíaco. Paulina sintió algo que hacia mucho no percibía, deseo. Deseó besar nuevamente los labios de Carlos, esos labios dulces y suaves y firmes y sexis y sensuales. Sus pensamientos parecieron evidentes durante un instante, Carlos la miraba casi con el mismo deseo que ella estaba sintiendo.

- Quiero irme a casa. - Dijo de repente y sin aparente justificación.

- ¿Hice algo mal? No entiendo. Es muy temprano aún.- Con cara de desconcierto y escudriñando su rostro para ver si había una pista de lo que pasaba por su mente.

- Nada. Solo necesito irme. No debería estar aquí. Esto no es para mí. - Decía en voz casi inaudible. Tratando de tomar su cartera.

Carlos Alberto se levanta de la silla y la ayuda a ponerse de pie. Se da cuenta que ella está algo mareada y la sostiene por la cintura. Caminan juntos hasta la entrada. Le pide que la espere mientras cancela la cuenta. No tarda mucho y salen juntos de aquel hermoso y acogedor lugar. Pasan frente al hotel Santa Clara y caminan en hacia una calle contigua al prestigioso hotel, buscaron el carro. No dijeron palabra alguna durante el recorrido.

Ya en el interior del vehículo, él le ayuda a colocarse el cinturón de seguridad, sus manos se ocupan de manera hábil de dicha tarea y sin tocarla de forma significativa termina de hacerlo.

- Lo siento. No debería estar aquí. - Dice sin mirarlo. - no creo que pueda darte lo que tú esperas.

- ¿Qué espero? - con tono de preocupación y tan dulcemente que ella se incomoda.

- No lo sé.

- Entonces deberías quedarte y esperar, así los dos, juntos, podríamos decidir si puedes o no, darme lo que espero.

- Yo nunca...

- Nunca...

Traga saliva y toma un momento para responder, respira profundo y se gira en la silla del copiloto para mirarlo, entonces, en tono calmado y triste le dice lo que piensa.

- Después de Heriberto, he conocido a algunos hombres, hombres que parecen querer solo una cosa. Es tan evidente. Por eso siempre estoy sola. Una mujer separada es como un panal repleto de miel. Tras unos años de separada mis amigas y hermanas me presentaron a algunos hombres, ellos creen que separada es igual que disponible para tener sexo sin compromiso. Yo no quiero una pareja sexual, si se da sería maravilloso, pero en realidad lo que yo quiero es una persona con la cual pueda compartir tiempo de calidad, mis alegrías, mis triunfos, mis sueños, mis tristezas y preocupaciones y las de él de la misma manera. Quiero ser feliz con alguien y pelear con él cuando no esté de acuerdo. Quiero un brazo donde apoyarme, un hombro donde llorar, un pecho donde dormir. Se que soy muy exigente, creo que nadie me puede dar tanto, pero es lo que quiero. No quiero ser usada, ni abandonada, ni maltratada o burlada. Es cierto, después de Heriberto nunca he tenido sexo con nadie y tal vez pase mucho para eso, pero prefiero eso a no sentirme bien conmigo misma.

Un suspiro después de este monólogo y un silencio abrumador que hizo que fuera casi imposible respirar. Carlos Alberto no quitaba la vista del rostro entristecido de Paulina. Su boca no decía nada pero sus ojos gritaban con desesperación y con ternura que quería abrazarla. Se armó de valor y se bajó del carro, lo rodeo y abrió la puerta donde estaba sentada Paulina, con rapidez le quitó el cinturón de seguridad y le tendió la mano. Desconcertada aceptó y salió del auto.

La abrazó con mucha ternura, ella se dejó abrazar, él besó su frente, ella cerró sus ojos. Allí estuvieron media eternidad, sin decir palabra, sin soltarse. Sintiendo su calor y oliendo la fragancia del otro.

- Desde que te vi en ese baño sabía que eres especial.-Susurró en el oído de Paulina.

- En mis pensamientos eres el hombre del baño.

Ambos rieron y se miraron fijamente. Un beso lleno de deseo los unió por un momento más.

- No puedo dejar que te vayas ahora. Creo que eres la mujer que he estado esperando toda mi vida. Quiero conocerte mejor y que me conozcas. Quiero que probemos juntos que puede pasar y que pase.

- No lo se. Yo tengo dos hijos, debo pensar en ellos primero.



escano1717

Editado: 13.12.2018

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