El Color Perfecto

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Capítulo 11. Ahora tienes dueño

- Tengo muchísima hambre. Tantas emociones...

 

- Lo se, yo estoy igual. Pero era muy peligroso comer antes.

 

Ambos rieron y salieron caminando del parque de atracciones. Llegaron hasta donde habían dejado el carro de Carlos Alberto, a esa hora solo quedan unos pocos vehículos.  Al Llegara un lugar de comidas rápidas de manga, donde preparan unas excelentes hamburguesas, las devoran con impaciencia, casi con desespero. Era casi media noche y desde el almuerzo no habían probado nada. Al terminar suben al auto y a una velocidad muy baja desandan el camino a casa de Paulina.

 

- ¿A dónde quieres ir? - pregunta en un tono casi inexpresivo. Paulina no podía leer lo que él pensaba en ese momento.

 

- ¿A dónde quieres que vayamos? - su tono había sido muy insinuante, esto provoca que Carlos Alberto frene y lleve el carro a una orilla de la calle.

 

- No me hagas esto. No te imaginas cómo he tenido que controlarme para no besarte en todo el día. Si me lo dices en ese tono , no voy a poder controlarme más.

 

- No lo hagas. Yo no quiero hacerlo. - La voz de Paulina era baja y estaba llena de temor, pero también de deseo.

 

El auto subió al segundo piso del parqueadero de un edificio en Castillo Grande, un elegante edificio que tenía una hermosa vista. En el ascensor a penas hablaron. 

 

- ¿Vives aquí?

 

- Podría decir que así es. 

 

- ¿ En qué trabajas? Aún no me has dicho.

 

- Ya lo sabes, soy ingeniero industrial y trabajo en Mamonal.

 

- Mmmm OK. Eres tan elocuente.

 

Las puertas del ascensor se abrieron en el último piso y daban directamente al interior de un grandísimo apartamento, un Pent House. Paulina pudo notar que era tres o cuatro veces el tamaño del suyo. Estaba decorado de forma elegante y moderna. Habían plantas hermosas en un balcón y unas pinturas bien dispuestas en algunas paredes. En un pequeña sala estaba un sillón en cuero negro y frente a él una gran pecera con muchos peces de colores. Eran peces marinos en tonos azul, verde, amarillo, naranja. Había un pequeño arrecife allí. Hermoso. 

 

- Este es mi lugar favorito. - Dijo cuando estaba justo detrás de ella. 

 

- Creo que el mío  también.

 

Las manos de Carlos Alberto estaban sudando y Paulina no podía moverse del lugar. La toma por la cintura y gira su cuerpo, en ese momento, de frente pudieron decir con sus cuerpos lo que jamás podrían decir con palabras. El ritmo de sus caricias era para nada constante y con sus ojos pudieron expresar lo que aún no se había dicho. La noche aún no terminaba y sus labios habían explorado sus cuerpos de muchas formas. Hubo mucha ternura, mucha pasión, mucho erotismo, mucho fuego. La habitación se tiñó de mil colores y uno a uno fueron provocando nuevas sensaciones en los nuevos amantes.

 

Una sensación de plenitud los invadió, dejándolos sumidos por completo en el más profundo y placentero sueño. El contraste del color de sus pieles era realmente hermoso. Esa mezcla de piernas blancas y canela, ofrecía una pieza en gran medida erótica. 

 

Con la luz del amanecer la habitación se vistió de un nuevo color. La piel de Paulina se volvió más dorada y él pudo observar su cuerpo  en toda su magnitud. Desnuda entre las sábanas se ve realmente hermosa. La ropa que usa no deja dimensionar lo que hay bajo ella. Tiene un cuerpo hermoso. Dos embarazos habían  dejado algunas huellas en su vientre, pero aún así todo lo que él observaba en ese momento era perfecto.

Al abrir los ojos, Paulina recuerda la noche anterior y cada detalle vuelve a su mente. Al cerrarlos de nuevo intenta transportarse a su casa. No puede. Se da la vuelta en la cama buscando su ropa y se encuentra con la mirada fija de Carlos Alberto que, sentado en un sillón, la detalla sin ningún reparo.

 

- Buenos días mi hermosa dama.- dice con voz ronca y dulce.

 

- Buenos días caballero.

 

Dos tazas de café, bien dispuestas en la mesa de noche sobre una charola negra, son lo que captan la atención de Paulina. Carlos Alberto se levanta de su silla y se sienta en la cama, llevando las dos tazas. Paulina toma una y prueba su contenido. Un excelente café recién hecho. Lo toman en silencio, mirándose a los ojos, explorando sus miradas. Él caricia su cabello y pasa la mano por su nuca. Lo que despierta algo en ella, la reacción es evidente y un ligero gemido se le escapa. La pasión vuelve a encenderse entre ellos y esta vez, a la luz del dia, se entregan mutuamente sin reservas. El éxtasis del momento fue recibido con avidez por ambos y dejaron que sus cuerpos se expresaran sin oponer resistencia. Esta experiencia había sido aún más placentera, sus cuerpos hablaron y se compaginaron irremediablemente.

 

Abrazados en la cama, desnudos, se amoldan a la perfección. No hay un milímetro que no encuentre el espacio ideal. Una alarma del celular de Paulina los trae de vuelta a la realidad. Es lunes, 6:30 a.m. Paulina debe trabajar, es la última semana del año y debe entregar los informes académicos de los estudiantes que se van a graduar.



escano1717

Editado: 13.12.2018

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