El Consejo

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II. ABIGAIL

Sofocada por la luz agobiante del sol de mediodía, Abigail había salido de su colegio y se dirigía, como de costumbre, a su casa. Se despidió de su mejor amiga Mariana y de otras compañeras de clase y subió a su bicicleta morada con destellos plateados en su torso. Iba distraída, pensando cuán lejos le parecía en ese momento que se encontraba su casa. De pronto se detuvo en una esquina a esperar que los carros despejaran la vía para poder cruzar por medio de la glorieta que se encontraba camino a su hogar. Se detuvo, al mismo compas que lo hicieron sus ojos, fijos en aquella panadería donde se encontraba un muchacho que sin pensarlo causaría un efecto especial en ella.

Él se encontraba sosteniendo en su mano derecha una bolsa con panes de queso que le encantaban a su consejero. Ella lo observó desde la distancia, vestía con una bermuda de color azul rey y una camiseta blanca, tenía puestos aún sus zapatos blancos del colegio, al igual que su amigo, el que lo acompañaba. El tráfico disminuyó y Abigail de inmediato cruzó la cuadra, y mientras daba la vuelta en la glorieta observaba con esmero a Marcus.

El escarabajo de la curiosidad la sorprendió y le inyectó un poco de atracción en ese momento, nunca pensó que fuese a sentirse así por un muchacho lánguido, de tez blanca y cabello negro, nunca pensó que estaría a punto de descubrir un sinfín de sensaciones nuevas, pues así como a Marcus la frescura del primer amor se posó sobre ella, calmando un poco el calor que llevaba. Notó de pronto que el muchacho levantó la mirada y se ruborizó de inmediato, entonces con el orgullo de mujer que poseía desde pequeña, apartó su mirada de la panadería y la fijó en el camino. Fue en ese momento donde Marcus la observó por primera vez, fue ese el momento en el que ella lo ignoró también por vez primera, y siguió su camino, con el corazón a mil y la sonrisa nerviosa.

Llegó a su casa, puso su bicicleta recostada sobre el árbol de oití que estaba en la terraza y se guardó aquello consigo misma, solo para ella, y se rio de la estupidez que le pareció lo que vivió hace instantes. Solo que dentro de su inexperiencia no sabía que enamorarse era precisamente un acto de estupidez que nos lleva a darlo todo sin pensar en las demás cosas. Cayó de pronto rendida en su cama hasta que su madre la despertó para almorzar.

Terminó de hacerlo y el sueño se esfumó, decidió empezar a hacer las tareas que tenía pendiente para el siguiente día de clases y se encerró en el estudio de su casa. No demoró mucho su concentración al escuchar cómo su madre gritaba desesperada desde la terraza, un ladrón había hurtado la bicicleta de Abigail hacía pocos instantes, su madre se dio cuenta de lo que ocurrió y salió desde la cocina formando el alboroto. La chica salió del estudio a ver qué ocurría y se dio cuenta del suceso, entonces lloró porque recordó que no le puso seguro a la bici y se lamentó del error cometido.

Trataron de seguir al ladrón, sin embargo, y pese a la ayuda brindada por los vecinos que socorrieron a la mujer, no lograron alcanzarlo. Se robó la bicicleta de Abigail, y le dejó a ella un fuerte regaño de sus padres.

Al siguiente día fue llevada al colegio en la Harley de su padre. Él siempre se enorgulleció de haberla conseguido justo antes de mudarse de nuevo al pueblo, y de tenerla en un ambiente poco usual para este tipo de vehículos.

No se fijó nunca que en el trayecto Marcus los seguía, llegaron a su destino, y se despidió con un beso de su padre, entonces posó su mirada sobre el muchacho y se le congelaron los huesos, la apartó tan rápido que él no se volvió a dar cuenta de que ella lo había visto de nuevo, y se sonrojó otra vez, tanto que su padre lo notó y le preguntó que le sucedía. Ella negó con su cabeza y se fue directo a la entrada de la escuela, saludó a la directora con unos fugaces buenos días y entró finalmente. Volteó a mitad de camino a ver si aún él estaba ahí y lo observó subido al carro vendedor de frutas y verduras, y soltó una carcajada que le alivianó los nervios.

Esa mañana mientras él pensaba en ella, la chica hacía lo mismo con él, ninguno de los dos imaginaba que la mente de ambos se posaba en los recuerdos escasos que tenía el uno del otro, imaginándose cómo eran, escudriñando vagamente el sonido de sus voces y distrayéndose de prestar atención a todas las clases de la jornada. Mariana lo notó y en seguida le preguntó a la chica que le sucedía, ella no dijo nada, sin embargo, la otra chica sabía que algo ocurría, entonces la invitó a almorzar ese día a su casa en cuanto salieran de la escuela.

Esperaron a que el padre de Abigail llegara a recogerla y con astucia Mariana logró que le diera permiso de ir. Almorzaron y como relámpago salieron corriendo a encerrarse en la habitación de la amiga, entonces Abigail le contó lo que había ocurrido con el muchacho y cómo no podía ser casualidad de que estuviera observándola esa mañana en la escuela.



Luis F. Sarmiento

#8580 en Novela romántica

En el texto hay: consejos, drama, primer amor

Editado: 30.04.2019

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