El corazón de la oscuridad

Tamaño de fuente: - +

Capítulo 3 - P2

—Así que, ¿planeaste todo esto, Mor? —preguntó Zyris odiando las circunstancias en las que se volvían encontrar. Desde que pudo escapar, había imaginado el día que volvería a ver a sus torturadores, sería una escena en los que mataría lentamente devolviendo cada golpe, cada corte, cada humillación que le habían propinado a él, no de la forma en que estaba pasando, no con él arrodillado... de nuevo.

—Parte sí, parte no. No necesitas saberlo, niño —con la espalda apuntándole Mor comenzó a dar vueltas a su alrededor —Mírate, todo un rey. Bastante parecido a tu padre, ¿no crees?

Zyris mordió tan fuerte su labio que pudo sentir el sabor amargo de la sangre, odiaba ser comparado con Ancon. Mor estuvo frente a él nuevamente y Zyris escupió a sus botas, lo que pareció molestarle al líder de los Naikel. Bien, se dijo a sí mismo.

—Nunca aprendiste tu maldito lugar, bastardo —espetó Mor mientras con la parte reversa del mango golpeaba a Zyris en el rostro. Por la fuerza del impacto, Zyris cayó hacia un lado y Mor aprovechó de patearle en el estómago. Zyris tosió y escupió un poco de sangre.

—Voy a matarte —masculló Zyris y Mor rió.

—Así como estás, no irás a ninguna parte, alteza  —Mor se acercó a Zyris y lo obligó a levantarse—Tú y yo vamos a dar una larga vuelta. Camina  —negándose a moverse, Zyris se mantuvo en su lugar, pero Mor puso la espada contra él y no tuvo más opción que obedecer mientras Mor lo dirigía lejos de la batalla.

Mientras Mor obligaba a caminar a Zyris, en la casona, Aghda cambiaba el vendaje de uno de los últimos heridos que habían llevado, el hombre había perdido su pierna y estaba cubierto de cortes, el hecho de que estuviera vivo era un milagro, pero Aghda no creía que fuese a sobrevivir la noche. Mientras revisaba las heridas en su pecho, ella pudo hacerse una idea de cómo era la batalla en el exterior, algo brutal y desproporcionado, aquellos cortes eran hechos con la intención de torturar y no de tomar una ofensiva en una guerra, era algo extraño pero había visto suficientes heridas para hacer esa distinción.

Tras terminar de atenderle, Aghda ordenó que lo trasladaran al interior de la casona. Con el curandero de la casona habían decidido que los enfermos de gravedad deberían ser llevados a las habitaciones del ala donde se alojaba el servicio, no había muchas camas disponibles por lo que aquella decisión recaía en Aghda, ella evaluaba la complejidad de las heridas y derivaba. Aquellos que estuvieran con heridas que no significarán un peligro inmediato, como fracturas o desgarros se quedaban en el patio interior de la casona sobre una de las camillas de tablilla y aquellos que tenía que coser tenían que ser monitoreados para controlar la fiebre, pero en muchos casos, sobrevivir resultaría peor que morir.

—¡Ayuda!  —unos gritos a las afueras de la casona alertaron a todos y Aghda acompañada de unos guardias se dirigieron a donde provenían los aullidos.

Cuatro hombres se encontraban sosteniendo una camilla hecha de forma provisional para un hombre oculto entre las espaldas de los hombres que iban al frente.  — Ayúdenlo, por favor  —   dijo uno de ellos —Lo encontramos así y no tenemos idea de cómo tratarlo.

—De acuerdo, llevémoslo adentro  — dijo Aghda, mirando que no hubiera señales del enemigo cerca que pudiera intentar emboscarlo.

Mientras lo llevaban dentro, Aghda vio el corte hecho por la espada en su abdomen y las quemaduras en sus brazos. Algo propio de los Naikel era herir con fuego, había visto las marcas de la varilla ardiente en la piel de Zyris, y aprendió de un ungüento para aliviar el ardor, así sabiendo que hacer, pidió que depositarán al hombre en el suelo. Mientras sacaba un frasco del bolsillo del delantal, envió a los guardias a buscar el vino caliente que había pedido antes para limpiar la herida del vientre y vendas, sin perder más tiempo aplicó con manos rápidas y movimientos circulares aplicó la sustancia de Nwasdle, un animal de la zona cuya sangre con unos hierbas eran útiles para ese tipo de heridas, en los brazos del hombre. Él no tenía más de treinta años y su piel aceitunada estaba manchada por el hollín del fuego que consumió Seapewl, probablemente los Naikel quemaron el lugar donde él se encontraba y quisieron terminar su trabajo con la herida del abdomen.

Un guardia llegó con el cuenco de vino y telas para vendar, Aghda rompió la camisa de lino que lo cubría pero el hombre débilmente tomó su mano y ella retrocedió, al ver la reacción del resto, se acercó nuevamente y vio que el hombre trataba de decirle algo.

—No, guarda tus fuerzas  —dijo ella, mientras limpiaba la herida y sentía como el hombre trataba de rehuir del toque. Pese a su advertencia, él volvió a intentarlo



Lina Hookings

#1219 en Ciencia ficción
#710 en Paranormal
#226 en Mística

En el texto hay: traiciones, realeza, lucha de clanes

Editado: 16.01.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar