El corazón de la oscuridad

Tamaño de fuente: - +

Prefacio

Su andar era calmado, un paso tras otro, sabía que aumentar el ritmo de su marcha no haría que el ansia de su corazón se apaciguara, iba a disfrutar cada segundo del recorrido que seguía. A medida que avanzaba, era consciente de las miradas de odio que caían sobre él, las había recibido desde niño y esa situación jamás lo abandonaría, sin embargo, ahora debía prestar más atención, cada gesto, cada palabra, podía significar una posible rebelión en su contra, alguna amenaza o incluso una orden de muerte. Pero como había quienes intentarían todo con tal de quitarle su puesto, había algunos que harían lo que fuera para mantenerle a salvo, pese a ello, no podía permitirse confiar, solo sería un obstáculo en su tarea y el fracaso no era una opción.

La música se detuvo, y los hombres que encabezaban la marcha se hicieron a un lado, abriéndole el paso, revelando al anciano que esperaba con los elementos que demandaba el ritual. Había llegado la hora.

Como se le había entrenado, se hincó sobre su rodilla y con la cabeza gacha, esperó pacientemente a que el anciano lo bendijera con el agua sagrada del Rio Emisse, y pusiera sobre él el manto del antiguo Santemauc, primer guardián del pueblo Antoqach. Una vez que el hombre marcó en su piel el símbolo sagrado de su pueblo, el que volvía legitima su posición, se puso de pie y se giró a ver a la multitud que aguardaba por sus palabras.

—¡Mi gente, personas que hemos padecidos de los crueles actos de los Naikel, que sufrimos por quienes hemos perdido. Hoy, de pie frente a usted, prometo cumplir con lo que mis predecesores no pudieron, pondré fin a la Guerra Maldita con la victoria de nuestro pueblo! Caiga quien caiga, nuestros muertos serán vengados, la sangre derramada por los inocentes reclamara a los asesinos y serán la prueba de lo que hoy os juro, ¡todo aquel que vaya en contra de Antoqach, deberá enfrentarse a la insufrible oscuridad! —la gente comenzó aplaudir y a vitorear ante las palabras de su nuevo líder, lo que le hizo levantar su mano y golpear el aire —¡Porque yo soy la oscuridad! —gritó.

Cada uno de los presentes bramaba su apoyo, pero bastó uno, para que Antoqach se uniera en una sola frase: —¡Larga vida al rey!

Mientras Zyris miraba a los hombres y mujeres que lo respaldaban, comenzó a trazar su siguiente movimiento. Sería complicado y arriesgado, pero él sabía lo que costaría cuando aceptó el trono, sólo importaba el fin.

Zyris era la oscuridad y Antoqach moriría con él.



Lina Hookings

#1222 en Ciencia ficción
#717 en Paranormal
#233 en Mística

En el texto hay: traiciones, realeza, lucha de clanes

Editado: 16.01.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar