El corazón de la oscuridad

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Capítulo 1 - P1

Erase la historia de un niño de ojos grises que merodeaba por los caminos de un viejo asentamiento próximo al río Emisse, las temperaturas eran bajas y la amenaza de una tormenta era latente mientras la gente trataba de resguardar a los animales y sus hogares para no verse afectados por el mal clima. Todos estaban tan concentrados en sus tareas que nadie prestaba atención al pequeño que caminaba desprovisto de un lugar para alojar la noche que se avecinaba. Si algún hombre chocaba con él lo golpeaban para que se alejara de su camino y si era alguna de las damas, éstas lo miraban disgustadas y seguían con el trabajo que estaban haciendo.

El niño tenía tanta hambre que decidió robar a uno de los mercaderes que se encontraba cerca de la plaza principal donde el mensajero daba las últimas noticias o se discutía los asuntos políticos de la comunidad. El joven tomó apenas un pan y lo partió en tantos pedazos pudo para mantenerlo todo el tiempo que le fuera posible, mientras guardaba las migajas en el único bolsillo intacto de la camisa que llevaba, el dueño de la carreta se percató de su pequeña infracción y se acercó a él para atacarlo por su falta. El niño no vio al hombre que se acercaba para darle un escarmiento, probablemente ni siquiera se hubiese dado cuenta que alguien pretendía lastimarlo, él era invisible para todos, pero una mano en su hombro le demostró que después de todo había alguien que sí le prestaba atención, el hombre que lo tocó lo puso detrás de su espalda y le habló al mercader con voz fuerte y con la advertencia de una amenaza en sus palabras.

—¿Acaso pretendía lastimar a este niño?

—No, mi señor,por supuesto que no. Es solo que.... mío.... ladrón.... yo… —el mercader habló tan rápido que la oración se trabó a medio camino, la presencia del sujeto le inquietaba. Se notaba que era un hombre de buena cuna, el cabello perfectamente peinado y sus ropas bien podrían costar el valor de la pequeña choza que tenía en la periferia del camino principal. Una palabra fuera de lugar, y probablemente nadie volvería a saber de él.

El recién llegado sacó unas monedas de plata de su bolsillo y se las tiró al suelo. De forma instintiva el mercader se lanzó a recogerlas y el noble lo miró con desprecio: — La comida se puede pagar, pero la dignidad y la humanidad... no hay fortuna que pueda compensar esa falta moral —declaró el hombre y se volvió al niño que lo miraba sorprendido— Aquí tienes —le entregó una bolsa de monedas —Reúne a los que puedas y busca un refugio. Esta será la última noche que podrás llamar a este lugar hogar, si es que alguna vez pudiste hacerlo, pequeño.

Con los ojos desorbitados, el niño lo miró y sacudió la cabeza. —No puedo aceptarlo, mi señor.

El hombre no hizo caso a las palabras mientras se quitaba la capa y con ella cubría al pequeño. —Cuida a tu gente, pequeño, cuida aquellos que realmente lo necesitan.

No queriendo ofender al hombre que le ayudaba, el pequeño asintió y se atrevió a preguntar: — ¿Cómo debo llamarlo, señor?

El hombre no dijo nada hasta que comenzó a caminar y cuando estuvo a un par de metros de distancias, sin girarse, pronunció: —Santemauc.

El niño obedeció al hombre y reunió a la gente que pudo para llevarlas a un  lugar donde resguardarse. Cuando la noche cayó, un diluvio azotó el pueblo y arrasó con las casas, los negocios y en su paso quitó la vida de los pobladores que no quisieron escuchar la advertencia del niño, sólo aquellos que lo siguieron, quizás por curiosidad o por la promesa de un lugar más hospitalario, pudieron escapar del tortuoso destino, la gente agradecida bendijo al niño y le dieron un nuevo nombre, el mismo nombre del hombre que los ayudó en primer lugar.

Santemauc.

Esa era la historia que les contaban desde que eran niños para enseñar lo que era la humildad y la gracia de los ancestros que desde la refundación han guiado al pueblo de Antoqach. Por años, Zyris había escuchado y vivido el mito; sin embargo, el Primero nunca llegó y tuvo que aprender a defenderse de aquellos que lo querían muerto por su linaje.

Zyris sacudió la cabeza ante el repentino pensamiento y se concentró en la imagen que tenía en frente. Desde los ventanales del castillo, se podía ver el valle de Loatle donde las flores exóticas de Antoqach crecían para el deleite de la Casa de Molinsdhe, la familia real de Antoqach, el último bastión de las tierras de Merssdeio, que significó la resistencia contra los Naikel, el pueblo de las bestias, que a través de la sangre habían logrado conquistar casi toda la zona y que controlando Antoqach manejaríian la principal fuente de mantención de Merssdeio. Odiaba a los Naikel, pero más despreciaba a Antoqach.



Lina Hookings

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En el texto hay: traiciones, realeza, lucha de clanes

Editado: 16.01.2019

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