El corazón del Dragón Dorado

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Capítulo VI

 

El rumor de que Prigona había sido bombardeada, saqueada y conquistada por un reino traidor se esparció en menos de una semana por todo Prigothiel.

Y por tal tragedia, para que los reinos de La Estrella Padre pudieran salvaguardarse de sus propios hermanos, los reyes de cada reino decidieron forjar alianzas militares a la vez que, en un secreto a voces, se alzaba la guerra armamentista. Así, de la mano a ello, a los ejércitos se les impuso un entrenamiento aún más crudo y duro, pues se les preparaba con el estandarte del triunfo y la inclemencia. Los reyes habían ordenado que se instruyera en el arte de la guerra y la victoria a cada uno de sus soldados de caballería, lanceros e infantes. No podían permitirse el lujo de la ignorancia en sus tropas. En otras palabras, todos debieron empezar a aprender a desconfiar.

Por otro lado, los estrategas, quienes antes se habían mantenido ocultos y callados para mantener sus cabezas, empezaron a ser muy cotizados, pues éstos ilustres sabedores de la traición y el cinismo siempre escaseaban; Pero tan pronto como compraban la lealtad de alguno de ellos, éstos comenzaban a pensar e idear valerosos y peligrosos ataques en caso de conflicto e inquina, procurando minimizar las bajas y expandir las tierras y campamentos de resistencia de sus correspondientes bandos. De lo contrario, se arriesgaban a que la ira de los Reyes acabara con sus vidas.

Tan sabido como que la primavera presidía al invierno, o como que la luna salvaguarda la oscuridad de la noche, ya nadie sabía en quién confiar. O si tan solo podían arriesgarse a hacerlo sin asumir las consecuencias. La paz de vivir menguaba con cada ocaso sobre sus cabezas en desvelo. Y como se desconocía al reino traidor, ya no cabía ni siquiera la esperanza de unificarse para combatir, reconquistar y someter a un enemigo en común. Sin embargo, había algo que acaparaba en totalidad los pensamientos de los altos mandos. Ellos, los estrategas, los jefes de guerra y los Reyes, bien sabían que, dado la incertidumbre y el miedo reinante en cada rincón de Prigothiel, no sería de extrañar que alguno de los reinos alzase los clamores de guerra sin tener fundamentos.

La impulsividad del miedo y la ignorancia amenazaban con saludar. Era algo inevitable.

Evatla, sin embargo, tenía una vasta teoría para suponer cómo procederían los demás reinos. Dado que era Prigona, el reino que había sido considerado como el fundador de los demás países monárquicos, no se atreverían a cuestionar las decisiones internas. Y allí era donde caían sus suposiciones. Mas no por error suyo, sino por la posición actual de su reino.

Tras haber hablado largamente con Levent sobre ir hacia el sur, como había propuesto el juicio de Kiev, a quien su padre había encaminado y favorecido antes de fallecer, Evatla había llegado a la conclusión de que, si bien la situación no la animaba a continuar con su deber, al menos cumpliría con el último deseo de su padre, el Rey.

Debía hacerlo. Todos esperaban algo de ella. Siempre había sido así. No había cómo cambiarlo. La corona sobre su cabeza pesaba más que su propia conciencia.

La Princesa suspiró apesadumbrada, mirando hacia el frente, a la robusta espalda de Sir Kiev, a quien Sariel acompañaba en la larga caminata, dando brinquitos animadamente para apurar el paso.

—¿Se encuentra bien, Princesa? Podemos parar a descansar si así lo desea.

—No, Levent. No quiero descansar más. Gracias. Solo quiero llegar pronto a Iris.

Levent mantuvo silencio, guardándose las molestias. Llevaban viajando hacia el Sur durante cuatro días seguidos desde la catástrofe en el Reino, y las preciosas y cristalinas aguas limpias del bondadoso río que nacía desde Rhodes aún no se vislumbraban por entre el follaje de los árboles del bosque.

Evatla miró hacia el cielo desesperanzada. Vislumbró, en la insaciable lejanía, los nebulosos caminos del humo que provenía desde su asaltado reino.

—¿Qué es lo que busca tan desesperadamente en Sacia, Princesa?—preguntó Eudor, quien se había volteado completamente para verla, caminando hacia atrás, a poco espacio de estar espalda contra espalda con Ceel. Éste último, ni siquiera se inmutó.

Evatla le dedicó una lánguida sonrisa al lacayo.

—Miro hacia Prigona. O más bien hacia el humo que emana desde allí. Me preguntaba qué estará pasando en el trono, o tan solo si es que queda uno. Espero que aún no se esté quemando todo. Mucho menos todos.

—No se está quemando ninguna tierra en este instante, Princesa—comentó Ceel despreocupadamente, fuerte y claro, mas no se volteó a verlos.

—¿Y cómo podemos cerciorarnos de que apostar a tus palabras es confiar en la probable verdad?—inquirió el Guarda con venenosa apatía, dejando relucir su desconfianza y distancias para con el hombre.

Ceel detuvo su andar, girándose hacia ellos con tranquilidad. Su rostro no reflejaba ninguna expresión en concreto. Quizás despreocupación o indiferencia, si se cavilaba mucho. Evatla pensó que él era demasiado sereno para con la vida y sus horrores.



Gerónimo Le Goff

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En el texto hay: drama, tragedia, aventura

Editado: 11.06.2018

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