El Crimen Que Nos Une

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Lentamente y Lamentablemente

No hay manera de explicar esa extraña y dolorosa sensación de que sentía que el tiempo se agotaba. La desesperación creció de forma rara en mi interior que no logré controlarla. Era ¿coraje? ¿Miedo?... Dolor. Era el peligroso sonido de que todo acabaría mal y el tortuoso pensamiento de que la siguiente muerte se encontraba a la vuelta de la esquina esperándonos.

Con pocas palabras para explicar la situación pero con varios sentimientos en contra, le dije lo que pude a Pablo e inmediatamente salimos de la casa. Fue una carrera a contra tiempo en el auto de Pablo, él manejaba de una manera de la cual no había hecho antes, pude notar que sus manos apretaban el volante y sólo podía mantener la vista enfrente, con el violento sonido de las llantas arrasando contra el pavimento, aunque tenía el cinturón puesto era como si volará por la velocidad a la que iba, me aferre al asiento, sin darnos cuenta o sin tomar la suficiente importancia evitó algunos semáforos, y haciendo caso omiso de los autos detrás de él que hacían sonar su claxon.

Me percaté de que llevaba tiempo apretando la mandíbula cuando el sabor a sangre tocó mi lengua. Mis ojos estaban cristalizados. Respiraba deprisa sintiendo la desesperación. Miles de pensamientos atacaron en los interiores de mi cabeza que provocó un dolor fuerte, no lograba concentrarme en una sola cosa. Fue lo mismo con los sentimientos: eran bastantes que golpearon directo en mi corazón y así sentí como se doblaba esa parte de mi cuerpo.

No sabía si Lucero moriría, eso me temía. Sin embargo, la idea que gobernaba era que yo diera mi vida por Lucero; es más valiosa mi cabeza para el asesino si nos referimos a todo lo que ha pasado desde el inicio. Estaba en esa delgada línea de vida o muerte.

De pronto, en mi mente se producían los recuerdos recientes que tenía con Lucero, no podía creer que la tenía enfrente de mi está mañana y ahora se encuentra tan lejos de mi alcance.

Llegamos al lugar citado, la carnicería abandonada a las afueras de la ciudad. Había un súper mercado al lado de ella que igual permanecía cerrado por razones que desconozco. Ninguna sola alma que merodearan las avenidas. Pablo frenó el auto de manera brusca que se escuchó el chillido de las llantas, él y yo nos movimos un poco hacía adelante y regresamos a los asientos de un golpe. Desabroche el cinturón de seguridad, abrí la puerta del auto y salí disparada sin cerrarla. Detrás de mi el mismo sonido de la puerta abriéndose llegó a mis oídos, me detengo y doy media vuelta.

-¡Tú te quedas aquí! -le grité a Pablo. 

Pablo ya estaba fuera del auto cuando le grité, se detuvo en seco con una expresión de confusión en su rostro.

-Pero...

-¡Que te quedes! -lo interrumpí gritando, presa del pánico y presión.- Si algo más sucede necesitaré tu ayuda aquí afuera.

Me miro fijamente, apretó sus labios y relajó la expresión facial.

-De acuerdo -dijo haciendo una seña con su cabeza indicando que me fuera. 

Retomé mi camino siguiendo hacía adelante. Corrí lo más que pude con la carnicería en mis narices. Al estar a unos pasos de distancia, me detuve, observé que la puerta principal permanecía abierta con un letrero que decía "Cerrado"; la puerta lucía como si fuera forzada, alguien ya había entrado. Di pequeños pasos hasta llegar a los adentros de la carnicería, miré por todos los ángulos: las ventanas estaban tapadas por anuncios y papeles por lo que no entraba mucha luz, el olor a polvo entró fácilmente a las fosas nasales, sillas y mesas en descomposición con el metal oxidado, ninguna presencia humana. Seguí caminando por aquella escena de una película de terror, me dirigí al mostrador que solamente tenía una caja de cartón encima, miré más allá por detrás del mostrador y me di cuenta que había una puerta que llevaba a otra habitación. Apoyé mis manos sobre el mostrador, subí un pie y después el otro para poder pasar al otro lado, arrastré mis rodillas y bajé mis pies al otro lado, cuando despegue mis manos noté que en sus palmas se había impregnado el polvo y suciedad, las limpie pasándolas por mi pantalón. Caminé para llegar a la siguiente puerta que tenía un letrero de "acceso a personal", utilice mis dos manos para empujar la puerta y abrirla. Supongo que en esa habitación es donde se encargaban de preparar la carne de los animales para venderla a la clientela. No hay ni un solo rayo de luz, todo permanecía oscuro y eso causaba más miedo en mi. Al avanzar tres pasos al frente, atrás de mi la puerta se cerró, y se encendieron las luces de la habitación, di un pequeño brinco hacía atrás por el impacto del miedo y sintiendo como mi corazón se aceleró. Descubrí, gracias a la luz, que la habitación se encontraba dividida en dos mitades por una barrera de vidrio, de mi lado no había gran cosa y únicamente había una puerta enlazada a la pared de vidrio que daba acceso directo al otro lado, aquellas cuatro paredes permanecían de un color blanco, al otro lado sólo había ganchos y mesas de metal, supongo que ahí colocaban las carnes, y otra puerta del otro lado de la habitación.



Juana Laura L. M.

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En el texto hay: crimen, misterio, juvenil

Editado: 27.07.2018

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