El cronista de Shálayim: La Historia del Reino. Parte Il

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Capítulo IV La Infanta de Antagonia

Capítulo IV
La Infanta de Antagonia

La infanta Tze III, hija de Lord James o “Benjamín” del noble clan McFord e hija de Lady Fountaine, es uno de los seres más hermosos que pueden imaginarse y estaba siempre vestida con gran coquetería. Cuando vivió con su familia su abuelo materno Hugo Notoriux, este le nombraba “Eufrasia” o “Eufrosine” para hacer enojar a su madre. Afortunadamente, de toda la nobilísima Casa McFord, perteneciente al feudo del vado, aquella niña fue la única que escapó de las manos de Sir Hulking. Siendo expulsada de su propia casa y despojada de su casta, término vagando en las heladas calles, limosneando comida, empero, por el hado de God-ness incito el corazón del joven Jeremiah Benjamín. Cuando le encontró vagabundeando a aquella niña de grandes ojos hundidos, que ahora tenían ojeras y parecían apagados como las velas de santuario cuando la oración se ha acabado en desesperanza y hambre, abismales por el llanto diáfano en que se consumían día y noche al extrañar a su familia. aquella curvatura de la angustia perenne se había fijado en sus hermosos rojos labios delgados, morados ahora por el frío, como si la condena del rey a sus antepasados cayera cual grave enfermedad y por ello su propio desahucio. Su ropa ahora estaba constituida por un delgado harapo azul de lirio, otrora elegante y digno, ahora lleno de variados agujeros, que en aquel verano sombrío daba lástima y por el frío invernal que caía daba horror observarle. Tenía miedo o algún sentimiento parecido, ciertamente por encontrarse en las ahora fatuas sendas de la ciudad, se observaba en su mirada perdida, en su conducta y andar por aquellas lóbregas calles y callejones, era como una pequeña gata asustada, en el sonido de su voz se percibía aquel fatal terror que asomaba por su hombro para ver a los sicarios, de mirar entre las sombras y sentirse perseguida por fantasmas, lo que hacía que tartamudeara; permanecía por ello en un grave silencio, casi religioso, para ocultar a su persona, su origen y casta, también para que aquellas figuras en la oscuridad, que hace la mente jugando, no la persiguieran más. En el menor de sus gestos se notaba suma tristeza de saberse ya una niña de la calle, niña del pueblo, niña de todas las personas y de nadie.

 

Tze McFord- (Llorando) Me han enviado afuera a la oscuridad y a la penumbra, sola he sobrevivido a los cazadores y traidores. Me han conferido al crepúsculo que ha sido para mis nobles Casa y ciudad, esperare al amanecer que vendrá con la luz de la esperanza en Good-ness.

 

            Así estaba nuestra pequeña infanta en aquel gélido portón de la cochera de su casa, sentada, acurrucada perdidamente en aquella histórica esquina, llorando y gimiendo por estar en la calle. Cuando un grupo de infantes en la misma situación le encontró allí, los guardas les llamaban vándalos, aunque no lo eran, pues más vándalos fueron aquellos guardias y autoridades que les quitaron su futuro. Llamados por los sollozos de aquella pequeña, que yacía helada, con los labios amoratados por el frío, vestida solamente con aquel harapo raído que le llegaba a la rodilla.

 

Benjamín - ¡No temáis querida! ¡No debéis temer! ¡Estoy aquí! Es mi deber, mi búsqueda termina aquí. Voy ir a un mejor lugar que estas calles, donde tengáis abrigo y comida, aunque sea por algún tiempo. De repente estáis aquí, con un corazón latiente, cual combatiente.

 

            La niña se limpió con la mano la mucosidad y sus lágrimas de las mejillas.

 

Benjamín – Oídme, si aún queda luz en esta sombría ciudad, esa eres vos misma. El mundo cambiará, debes cambiar vuestro nombre y vuestra apariencia para que nadie pueda reconoceros.

 

Jack Howard- ¡Pobre pequeña! Os han dejado sin calzones hermana mía. Seguidnos.

 

            Este último infante, mayor que ella, le abrigo quitándose un enorme chal que traía al cuello, dejando descubierto su hombro derecho con la marca del Jaguar Negro, que contempló con asombro. Aquella niña reconocía el tatuaje y sabía muy bien quién era su portador, quedó absorta y enmudecida. Echando encima de sus delgados brazos el gigante rebozo, que parecía un gabán de gruesa lana blanca, que por el frío y el lodo parecía más el pelo de lobo, siempre uso esa prenda desde aquel día de alegría.

 

            Tal grado era su miseria y congelada que no tenía palabras para agradecer. Lloraba todavía, inclusive ante el descubrimiento de su aliado, eran las lágrimas de alegría y esperanza. Comentaba, mascullando, entre sollozos.



Mayito33dc

Editado: 20.07.2019

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