El Daruma

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Una noche a cuestas

La lluvia caía constante pero suavemente mientras Edward pedaleaba en su bicicleta, desprovisto de protección e incrementando a cada nuevo giro del pedal, el esfuerzo que tenía que realizar para vencer la gravedad a medida que subía cada vez más por el empinado repecho de la Hinderton Road, transitando por la única zona un poco elevada que había en la ciudad de Liverpool, la cual se caracteriza por su planicie casi absoluta.

En ese momento sus pensamientos se encontraban totalmente invadidos por recuerdos de Francesca. Hacía días que sentía ganas de verla luego de ya largos meses que habían decidido terminar con su relación. Francesca había sido su gran amiga de la infancia en Preston, vecina del barrio, vivía a escasas dos manzanas de su casa. A su vez habían concurrido a la misma escuela a pesar de estar en diferentes grados, pues ella era cuatro años menor que él. También fueron compañeros durante casi toda la secundaria, hasta que los padres de Francesca se separaron. Momento en cual tuvo que mudarse a Liverpool para continuar sus estudios de contabilidad internacional.

Los antepasados de ella habían llegado a Liverpool desde el sur de Italia exiliados en la época de Benito Mussolini, en todo ese tiempo en Inglaterra habían vivido tantas cosas buenas y cosas malas, habían visto tantas guerras, habían estado tantas veces de un lado del mostrador y luego del otro que comprendieron que no todo aquello que parece ser malo es malo siempre. Aquellas personas, gobiernos o empresas malas hacen a veces cosas buenas que debemos reconocer. Y aquellos que son buenos, en ocasiones también se equivocan o hacen mal. Sin embargo lo que había provocado el exilio de aquella familia, como tantas otras, era el ego de quienes comandaban esas movidas políticas. El problema mayor de esa época, y también de cualquier otra época, radica cuando sus hombres no quieren ser útiles sino importantes.

Tiempo después de haber perdido el asiduo contacto que tenían durante la adolescencia, ya siendo adultos un día retomaron el trato pero en esta ocasión la amistad fue un poco más allá. Estuvieron en esa relación por casi un año, pero Francesca que para ese entonces ya había superado los treinta años anhelaba formar una familia con hijos y sentía que su tiempo se agotaba. Sin embargo Edward ya había concretado esa meta mucho tiempo atrás. Este hecho fue básicamente el que los llevó a que decidieron distanciarse al comprender que sus caminos deberían separarse para no malgastar el poco tiempo que ella tendría para cumplir con su meta. Decisión costosa debido al notorio deseo, sobretodo de ella de permanecer juntos. Una de las tantas veces que se planteaban el hecho de seguir juntos o separarse ella le había dicho:

—La culpa es tuya por ser tan buen partido.

—¡Ay, por favor Francesca! —Respondío sonrojado Edward.

—Es que si no me trataras tan bien no me enamoraría de ti y podríamos ser amigos —y le recriminó— sos un desperdicio. Y esas últimas palabras se convirtieron para Edward en el mayor elogio que imaginaba podría recibir alguna vez.

Luego de meses de ese alejamiento consensuado ella ya había asumido que aquella sería una relación casual y lo había aceptado de esa forma, o al menos se había resignado a ello con el único fin de mantener el vínculo de amistad que los unió durante casi toda sus vidas. De ese modo podía continuar nutriéndose de todo lo que Edward le daba cuando estaban juntos, alegría descontracturada en los momentos que la acompañaba, entusiasmo por vivir, una excusa para hacer deporte o beber una cerveza, pero sobre todo el ayudarla a valorarse a sí misma haciéndole entender todo lo que ella valía pero no sabía apreciar por alguna extraña combinación de factores dentro de su psiquis. El no saber valorarse a pesar de ser una mujer atractiva, joven, inteligente y económicamente independiente la condenaba a tener una muy baja autoestima desencadenante de tantas frustraciones a lo largo de su desafortunada vida.

Estaba absorto concentrado en esos recuerdos de tantos gratos momentos vividos junto a Francesca que después de pensar durante un largo rato en ella y de forma inesperada toma coraje y decide llamarla a pesar de la promesa que se había auto realizado de no llamarla más para no herirla más adelante:

—¡Hola Federica! —A modo de juego con su ascendencia italiana y española, Edward siempre se refería a Francesca llamándola Federica,  salvo cuando lo que iban a hablar era un tema serio y entonces si la llamaba por su verdadero nombre.

—¡Hola bonito! ¿Cómo estás?

—Bien, y gracias por el innecesario cumplido. Fede, ya estoy camino a tu casa como quedamos.

—¿A casa?

—Sí, compré los bizcochos para desayunar con el jugo de naranja que me ibas a preparar.

—¡Eh! No te entiendo, soy yo la que está en tu casa.



Carlos Silva Cardozo

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En el texto hay: japon, daruma, viajes

Editado: 30.05.2019

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