El Daruma

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Dunken

Tal era esta situación últimamente de fusionarse en un tercero y tanto se agudizaba ante cada nueva experiencia que una de las tantas veces que se entregó al amuleto acabó por transformarse en lo que inmediatamente identificó como Dunken, su perro de la juventud.

Dunken era un ovejero alemán de manto negro y con pedigrí tal que podía observarse en su paladar las manchas negras características de esta raza de perros tan de moda en una época pero luego un tanto olvidada o sustituida por los labradores.

Lo había traído desde Liverpool su padre cuando tenía apenas cuarenta días de nacido y de inmediato se convirtió en su más fiel amigo de la adolescencia. La conexión que se da entre los perros y los niños o adolescentes es más fuerte generalmente que la que se da con los adultos, probablemente en esa etapa menos contaminada de nuestras vidas sabemos cómo comportarnos de forma menos sofisticada cosa que es percibida por los animales quienes en seguida se entregan a una relación mucho más sincera, inocente y desinteresada que con los adultos que, no digo siempre pero generalmente, requieren como retribución por parte del animal sometimiento, compañía incondicional, respeto, protección, obediencia o cualquier otra cosa que un niño o adolescente sin embargo no espera recibir de su compañero.

Jugaban juntos cada vez que regresaba a su casa ya sea del liceo o de estudiar o jugar con amigos, durante horas pasaban peleando enroscados en el pasto o simplemente tirados un al lado del otro haciéndose mutua compañía sin nada más que agregar, sin hablarse y sin mirarse. Solo incorporándose cuando un ruido o un movimiento dentro de la casa llamaba su atención, pero si no llegaba esa interrupción podían pasar horas en ese mismo estado.

Tal era el vínculo entre ambos que cuando Dunken cumplió su primer año una tarde de febrero Edward decidió hacerle una torta de cumpleaños cosa que obviamente no contó con la aprobación de su madre quien lo criticó por desperdiciar todos los ingredientes que utilizó para hacerla, ni tampoco contó con la aprobación de su padre que cuando regresó a la noche de trabajar y al enterarse de lo sucedido castigó a Edward por el acto de irresponsabilidad de darle dulces a un perro provocando el riesgo que se le fueran a carear los dientes. Algo que Edward desestimó, conocía muy bien a su amigo y sabía que mordiendo cualquier hueso que encontrara por allí iba a limpiarse los dientes de una forma sumamente natural.

Así transcurrieron varios años de afecto incremental entre niño y perro hasta que un día Dunken no apareció cuando lo llamaron para comer. Lo buscaron por todos lados pero no estaba, fueron a la playa donde solía escaparse para jugar un rato en las olas pero tampoco estaba. Y así se consumió la tarde sin que pudieran encontrarlo. Bajo llantos de su hermana y desolación y desconsuelo del resto de la familia, Dunken pasaba su primera noche fuera del hogar. Temían lo peor, que algún auto lo hubiera atropellado al intentar cruzar la rambla rumbo a la playa, o que alguien lo hubiera raptado para venderlo en el mercado negro.

Largos días pasaron sin saber nada de él hasta que un buen día a escasas cuadras de su domicilio lo encontraron atado en el fondo de una humilde casita de madera. No sin antes discutir con los vecinos sobre quién era el dueño del animal lograron desatarlo y llevarlo de nuevo a su hogar. Llevarlo es un decir, porque Dunken fue solo. Segundos después de que lo habían liberado de las cadenas y el collar que lo oprimían, mientras sus dueños seguían discutiendo con los fortuitos nuevos dueños él ya se había perdido por la Saint Vincents Road rumbo a su hogar.

Pero la relación entre Edward y Dunken desde entonces ya no fue la misma, nunca se supo por qué. Tal vez porque en la psiquis del animal algo había cambiado o simplemente porque algo en la vida del niño había cambiado. Ya no era un niño sino un adolescente, ya no solamente jugaba al fútbol con sus amigos en cualquier campito que encontraran sino que tenía novia, ya no pasaba todo el día sin responsabilidades sino que estudiaba preparando exámenes ya en el Blackburn High School y no en el Preston Collegue de su ciudad, y eso indefectiblemente cambia la relación que podía tener con el perro, mayormente en cuanto a dedicación.

Luego de ese suceso era evidente que Dunken y Edward ya no tenían la misma conexión, jugaban si pero ya no era igual. Y pasaban días sin que uno viera al otro, o simplemente se observaban desde la distancia de la ventana de su dormitorio, uno estudiando y el otro echado sobre el césped anhelando los viejos momentos compartidos.

El viaje en el que Edward se reencarnó en su perro pudo sentir la desolación de quien se creía abandonado a partir del mencionado episodio en el que se perdió de su hogar por varios días y luego ya en el fin de sus días descaderado como casi todos los animales de esa raza se sentía relegado sin un lugar en la familia que antes lo había tratado como a un integrante más. Al sentir eso en carne propia, esta vez siendo ahora el perro y ya no el niño, aprovechando la oportunidad que esta nueva realidad le brindaba, trató desde ese lugar de perro cambiar al muchacho que lo había abandonado. Se percató que el abandono era en gran medida debido a que el muchacho desde que se puso de novio estaba más interesado en esa relación que en jugar a la pelota con él. Tenía que aceptar que la relación entre ellos ya no podría ser igual a cuando era un niño y jugaban durante horas en el patio del fondo de su casa en Preston.



Carlos Silva Cardozo

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En el texto hay: japon, daruma, viajes

Editado: 30.05.2019

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