El Dia

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XI

Sentir aquella mirada tan penetrante empezó a poner nerviosa a Karina, era penetrante, pero también era dominante y apacible, extraña combinación. La chica volteó al frente no pudo sostener más aquella mirada, en mente deseó que una de las farmacéuticas le atendieran de una buena vez, pero habían bastante esperando, ¿qué podía hacer? Irse, eso no era lógico, esa farmacia era la más grande según su ruta sin desviarse además de tener excelentes precios, para ir a otra tendría que alejarse; además se vería raro irse al poco rato de haberle visto.

Por otro lado Mairena aun la miraba, sin embargó notó que algo le pasó a la chica –quizás recuerdos del porqué de la renuncia – pensó– o quizás otro motivo – no tenía una certeza, volvió su cara y de cuando en cuando la veía de soslayo. La joven ni se dignaba a volverle a ver, estaba con la vista al frente.

Dilataron varios minutos así, hasta que una de las farmacéuticas atendió a Galeano, la chica le pasó una receta.

- Todo lo que está aquí.

- Si.

Otra principió a atender a Mairena, él también pasó una receta, el punto es que al final ambos fueron atendidos a un mismo tiempo, así mismo salieron al mismo tiempo pero como iban en sentido opuesto a dirigirse casi tropiezan, pero ambos se apartaron a un mismo lado y otra vez, entonces se quedaron mirando.

- Mejor yo me hago a un lado –dijo Mairena– no me gusta bailar.

- Si tiene razón –contestó con timidez.

En lo que él curvó algo se le calló, pero él no se percató avanzó con paso ligero, sin embargo Karina si se enteró, se agachó para recoger, era una tarjeta de débito. La chica volteó a ver a su alrededor pero no visualizaba al hombre, caminó en dirección donde vio que él se alejó –pero ¿en qué estoy haciendo? Él tiene vehículo, ya debe ir muy lejos –se dijo mentalmente, pero siguió avanzando, lo hizo en dirección al parqueo, cabe mencionar que dicha farmacia estaba en unos de los mercados populares. Estaba a pocos pasos de entrar al parqueadero cuando distinguió a Mairena comprando unos aguacates.

Caminé más rápido para llegar hasta donde él estaba, pero cuando ya estaba cerca el viró quedando frente a frente mío observé que se sorprendió al verme.

- Me seguía –soltó.

- Bueno… –dije dudando un poco de mis palabras, pero pensé que diantres me pasaba, simplemente estaba devolviendo algo que se había caído, además yo no solía ser de las personas que titubearan mucho al hablar, además no pensaba iniciar con él– pues sí.

- Se puede saber ¿Por qué?

- Claro, mire se le calló esto, simplemente le busqué para devolvérselo.

Él puso su vista en mi mano que sostenía la tarjeta, con una mano buscó su cartera, la revisó, parece notó que realmente le faltaba la dichosa tarjeta, subió su vista hasta la mía.

- Al parecer si –extendió la mano para tomarla– muchas gracias.

- De nada.

Me dispuse a retirarme, cuando di la media vuelta percibí su voz así que me volví.

- Me dijo algo.

- Ehm… nuevamente gracias.

- ¡Ah! Si, descuide.

Con pasos elásticos me alejé del hombre, no sabía por qué pero me ponía nerviosa verle. Quizás por el estúpido sueño que había tenido, pero verlo me lo recordaba, eso me puso furiosa, era tan tonto. Subí al transporte, por suerte conseguí asiento, traté de calmarme en el recorrido, recosté la cabeza contra el asiento delantero –en definitiva parece que me estoy enloqueciendo– pensé.

 

Llegué a casa, me senté en una silla recostando mi cabeza a la mesa, en eso apareció mi madre, traté de platicar con ella, en eso también apareció una de mis tías, así las tres armamos un parloteo; la plática estaba muy amena en un momento comencé a lanzar carcajadas como una desquiciada, mi tía se puso de pie para salir corriendo al baño para que el 1 no la alcanzara, vi a mamá roja de tanto reirá.

Mi mente voló en reflexión, cuantas cosas me perdía por mi actitud amargada, como es posible que con el paso del tiempo esas actitudes negativas te van consumiendo hasta convertirte en un ser tan antipático. Agradecí a mi tía Clara por ayudarme a romper esa pared negra que me encerraba.

Con los cachetes adoloridos de tanto reír me fui a la cama, el día siguiente me reparaba mucho trabajo.

 

Eran las nueve de la mañana, estaba haciendo el reporte diario de banco, para observar los últimos movimientos en el banco y la cantidad de cheques flotantes que aún no habían sido cobrados. El teléfono sonó, era el directo, en definitiva mi jefe.



Katherine G. Alaniz

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En el texto hay: felicidad, libro, amor y llanto

Editado: 28.08.2019

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