El Dia

Tamaño de fuente: - +

XII

Logré realizar el trabajo, en poco me corrigió mi jefe, además me sorprendió su forma de explicarme, sus análisis eran agudos, con palabras precisas; en definitiva esa mujer era un excelente profesional.

- El próximo también lo harás tú.

Los días avanzaron, sin interrupción. El viernes estábamos en horario de almuerzo. Desde la última plática había notado a Lisa bastante callada.

- ¿Qué te ocurre? –le pregunté a medio almuerzo.

- Nada.

- No me digas mentiras, mejor dime que no quieres decirme.

Elevó la vista observándome de una forma inquisidora, luego sonrió.

- Eres imposible.

- No, me gusta la sinceridad. Así soy yo.

- Si. Me he dado cuenta –tomó jugo– solo he estado pensativa, tus palabras.

- No te lo dije para que te sintieras mal. Si no para que cambies tu manera de ver la vida. Yo pasé o mejor dicho estoy pasando por cambios en mi vida.

- Lo sé. Haz cambiado bastante tu carácter… me alegra que haya sido para bien, puesto que era igual que el de Digna –riendo.

- Jajaja… muy graciosa ella… pero puede que sí, mi carácter era pésimo. Pero me di cuenta del error en el que estaba, decidí cambiar ello y trato de no volver a caer en esos pensamientos grises que me amargaban.

- Eso quiero, créeme Kari pero no es tan fácil.

- Lo sé… pero si quieres ayuda aquí me tienes.

- Si. Lo sé… gracias amiga.

Así terminó mi hora. A eso de las cuatro de la tarde tenía que irle a entregar unos documentos al contador general, cuando llegué Lisa no se encontraba y la información era urgente, por lo que decidí golpear la puerta, una voz respondió que pasase, lo cual hice.

- Buenas tardes –dije saludando.

- Buenas tardes –contestó el hombre cortésmente, contaría con unos treinta y tantos en un rango del 31 al 35, de ojos coquetos por sus largas y crespas pestañas, ojos marrones claros, cabello castaño, piel morena clara, alto, delgado– pase, siéntese.

La oficina era bastante acogedora, las paredes estaban pintadas de un tono morado pastel, con una ventana de cortinas desplegadas, que al estar en el segundo piso daba una bonita vista, era al primero que observa que tenía las cortinas recogidas, un sofá en una esquina con una mesilla con un helecho.

- Licenciado venía para decirle que…

- Valla cuanto formalismo –dijo con una sonrisa– tú eres la asistente de Digna ¿verdad?

- Si… así es.

- Ya tienes rato en la nómina, pero muy poco te he visto… bueno es natural normalmente todo es a través de Lisa.

Solo lo quedé mirando, no sabía a qué venía el comentario, por lo que no supe que contestar.

- Bueno, dígame.

- La licenciada necesita una lista de estos…

Le expliqué lo que mi jefe requería; pude notar que de cuando en cuando me miraba con fijeza, pero trate de no ponerle mente.

- ¿Eso es todo?

- Si.

- Bueno señorita, dígale que en un momento tendrá la información.

- De acuerdo.

Salí de la oficina, aunque debo de añadir que sentí que me veía, cerré la puerta rápidamente, ahí ya estaba Narváez.

- ¿Y eso tú con el jefe? –con una mirada picara, aunque yo le contesté con una expresión de total seriedad– uy no pues, solo era una broma.

- Solo vine a solicitarle lo que necesita mi jefe.

- Ya veo… pero sonreí.

Lo hice y así me alejé…

Al día siguiente, estaba apurada, ya que era sábado y salíamos a las dos de la tarde, en eso apareció Lisa muy sonriente, al acercarse me hizo un guiño, yo la quedé reparando con una expresión sin entender.

- Óyeme ¿Qué le hiciste a mi jefe que te ha estado preguntando?

Con sinceridad esas palabras me sorprendieron.

- ¿Yo? Nada.

- Así, como no.

- Hay vamos es enserio.

- Mmmm… pues creo que lo pescaste.

- ¿Por qué lo dices?

- Mmm… ahorita no tengo tiempo… ¿tienes tiempo después de la salida?

- Sí, pero para hablar meramente de eso, no quiero desperdiciarlo –Lisa al escucharme tornó los ojos hasta ponerlos en blanco.

- Ya déjate de ser aguafiestas, ¿tienes o no tienes?

- Tengo.

- Bueno nos vemos a la salida.

La observé alejarse, moví la cabeza negativamente –qué historia querrá inventarse para contarme– me dije. Me dispuse a seguir trabajando. Cuando toda la jornada concluyó salí del edificio Narváez ya me esperaba allí.

Así detuvo un taxi que nos llevó a un restaurante de comida china, a mí esos lugares no me gustaban mucho ya que en sus platos me costaba saber que me estaba comiendo, aunque sabía que era mejor así.



Katherine G. Alaniz

#9838 en Novela romántica
#6252 en Otros

En el texto hay: felicidad, libro, amor y llanto

Editado: 28.08.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar