El Día Que Decidí Morir

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III

 

Un segundo más para el antílope.

     ¡Qué yerro más grande he cometido! Permití que el ciclo de la no vida continuara. La lluvia escampó y mi oportunidad de terminar con esta infame existencia se fue por el caño de la suerte caprichosa. El suelo húmedo bajo nosotros escose un poco nuestra piel, pero la mayor parte de las propiedades asesinas del agua se fugaron tierra adentro.

     Los perros salvajes siguen merodeando como hienas, olisqueando para encontrar más presas y saciar su hambre. Hace tiempo los perros pasaron de ser mascotas y ayudantes, a ser comida y presa, y más tarde a ser fieros cazadores. El olor acre del ambiente da la impresión de un hambre constante y el paisaje desolador incita a comer cuando hay oportunidad, pues no sabes cuánto tiempo pasarás sin hacerlo de nuevo. Hasta los perros entienden esto, por eso son siempre peligrosos.

     Este mundo está lleno de seres famélicos e insatisfechos, incapaces de retrasar nada, si algo parece comestible lo comerá, aunque se sienta lleno. La mejor manera de sobrevivir es matar y comer de inmediato. Ya nada nace de la tierra y hay pocos lugares donde los alimentos se puedan preservar, ya sea por la constante rapiña o la pronta putrefacción de las cosas. Las heridas pequeñas pueden ser mortales si no se tratan y no es inteligente enfrentarse a los perros por esa razón. Por todo esto, el alcohol es lo único que nunca falta en mi arsenal, lo aplico sin remilgo en las pequeñas heridas cotidianas. Tengo muchos frascos enterrados y distribuidos por esta zona.

     Veo a los objetos que cargué en mi arranque de felicidad. Ahora comprendo por qué se me ha quitado el privilegio de sentir, sólo hago estupideces cuando siento algo. “¿Qué hago ahora conmigo, con la niña, con el fiambre?”, me inquiero. Como si no tuviera suficiente con mi maldita persona, con mi infelicidad, con mi odio por este mundo y por ese par que aún conoce lo que es el aprecio. Tal vez debería alzar al fiambre sobre mis hombros y sacarla de la hondonada para que ruede a la carretera, así la niña correría tras él y los perros tendrían suficiente distracción, así todos ganamos: los perros se alimentan, la muerta cumple con una última utilidad, la niña muere por alguien —tal como quería, dándole sentido a su vida y a su muerte—, mientras yo feliz buscaré una muerte más agradable. Pero no, mi cuerpo no se mueve, parece como si le diera una orden a medias que no puede entender. La niña espía, los perros andan cerca pero no nos hallan. Es probable que su olfato se haya dañado por causa de los vapores ácidos que salen de la tierra cuando rastrean. Se alejan, poco a poco, la niña parece respirar por primera vez desde que la cargué.

     Sonríe al mirarme. Ahora el destino se empeña en mostrarme cuán miserable soy, más de lo que pensaba. Mucho más. Hasta el cadáver tiene el espectro de una sonrisa. Me mira incrédula y cuestiona:

     —¿Por qué lo hiciste?

     —No lo sé —respondo sin mirarla y hago un mohín—. Pero deberías estar agradecida, niña tonta. ¡Ahora, lárgate! Agradéceme no molestando.

     Me pongo en pie y emprendo mi andar con recelo, porque los atacantes pueden seguir erráticos por aquí y la luz comienza a escasear demasiado rápido. Me alejo sin poder evitar mirar el cuadro que dejo, ni poder dejar de pensar en aquella pregunta en el aire, de la cual desconozco la respuesta: “¿Por qué lo hice?”.

     De pronto me percato de que mi corazón se vuelve a nublar, tal como había estado desde aquel fatídico día. Un sentimiento se coló para que lo sintiera por un momento, provocando sólo que notara que ya no estaba nuevamente. Se fue… ni siquiera puedo decir cuál era. Pero trajo un recuerdo, que se vuelve tangible, como si entrara en ese mundo olvidado. Viene a mí ese día en que…

     Mis pensamientos se cortan bruscamente por un sonido. Escucho algo peculiar que reconozco, mi corazón se estremece y mi piel comienza a sudar y a erizarse. A mis espaldas, entre la hondonada y yo, un perro gruñe. Volteo lentamente, girando sobre mis talones intentando no adelantar el ataque, no tengo nada con qué defenderme, mis ojos recorren rápidamente el paisaje, a la búsqueda de un arma, pero no la hay. La niña está fuera de vista, dentro del hoyo en la tierra. El perro no es muy grande, pero sus incisivos muestran sangre, si logra herirme estoy perdido, aunque lo mate con mis manos, pues la lesión se infectará. Si logra llamar la atención de sus secuaces, también.

     Me descubro preocupándome porque la niña no salga, no quiero que le hagan nada, aunque hace unos momentos planeé su muerte a detalle. Ya no me entiendo, ni me entenderé. Uno de sus maltratados cabellos comienza a asomarse de la tierra, lentamente. “No hagas nada estúpido”, pienso con vehemencia. El perro comienza a acercarse lentamente, rompiendo la distancia que me daba seguridad, retrocedo con cautela y adelanto las manos, si salta a mi cara o intenta morder mis piernas, lo puedo sujetar del cuello y apretarlo hasta que no se mueva. Es mi última esperanza.



Sergio Vergara

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En el texto hay: apocalipsis, muerte, fin del mundo

Editado: 04.09.2018

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