El Día Que Decidí Morir

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XVIII

Me arrastro rápidamente sobre mis manos hacia atrás, hasta chocar con el otro extremo del bunker. Veo en las paredes metálicas la cara de una persona que me aterra: un loco, con sangre en la cara, que acababa de hacer algo terrible. Por supuesto, era yo.

     Recordé al criado y a la oportunidad que le prometí. Me lancé al cuerpo inerte y comencé a bombear su corazón. No sé en qué signo vital se base el detonador, si sólo en el latido, la temperatura, otro signo o la totalidad. Pero no puedo dejar de bombear. Una mujer embarazada no puede caminar tan rápido si es que no obtuvieron el auto o si están detenidos ante una gran barranca que antes no existía.

     Bombeo, bombeo, bombeo.

     No vi a mi madre entre los muertos. Me pregunto dónde estará.

     Bombeo, bombeo, bombeo.

     Tampoco a mi padre, ni a al animal, ni a sus compinches.

     Bombeo, bombeo, bombeo.

     ¿Qué será de ellos? ¿Se habrán alejado por si el dueño no sobrevivió? Es tonto, pero no quiero que ellos mueran. Ni siquiera la caridad de ser un “no humano” me hace poder desear sus muertes. Quiero que huyan y se transformen, que tengan también una oportunidad. Y si eso le hace felices, que sigan. Ahora comprendo a una persona afectivamente masoquista: aunque sea insano, si amo a esa persona, debo permitirle hacer aquello que le satisface, así sea que esté yo en su camino. Y si su felicidad sea agresiva, no es que lo aplauda, pero lo entiendo.

     Bombeo, bombeo, bombeo.

     Seguro que esto sólo tiene que ver con mi inminente muerte. No mato a los crueles, incluso los justifico, e intento prolongar la no vida de otros, filosofía que había abandonado por completo… hasta que la niña apareció.

     Bombeo, bombeo, bombeo.

     ¿Alba podría perdonarme por enamorarme, sobretodo siendo de un bicho sucio y traicionero, que apenas parece mujer y apenas parece humana? Alba tan envidiablemente bella, inteligente, bondadosa. Claro, ella nunca vivió aquí. ¿Será que tuvo suerte, mala suerte, o para el caso, yo estoy maldito y ella es un daño colateral?

     Bombeo, bombeo, bombeo.

     Ella nunca fue egoísta. Si yo hubiese muerto, quizá habría dicho mientras caía “Alba nunca me olvides” con el objetivo de que jamás se volviera a enamorar. Mientras que ella, en el último momento de su comprensión, con certeza dijo “Sé feliz, no me veas caer”, o algún pensamiento, con seguridad, más complejo de lo que soy capaz de crear yo.

     Bombeo, bombeo, bombeo.

     Mis brazos comienzan a cansarse. ¿Por qué le doy la oportunidad de huir? Quizá porque tiene con quién correr, porque valora su vida, porque no quiere morir. No sé por qué realmente. Con sólo dejar de hacer esto lo abrazaría el mismo infierno que me envolverá a mí. Quizá porque conozco mi penitencia personal, no deseo que nadie pase por lo que pasé. A excepción del dueño, creo.

     Bombeo, bombeo, bombeo.

     Amigo, te queda poco tiempo. Niña, no te quedes sentada, no mires hacia aquí. Da la vuelta y sé feliz, como yo nunca lo seré. Ve roba, aliméntate y desarrolla pechos de nuevo; o ya sé, conquista y engaña a un pederasta; pero vive, tú que a pesar de las pruebas sigues pensando en sueños y en posibilidades. ¡Corre!

     Bombeo, bombeo, bombeo.

     Hago un último inventario de mi cuerpo y no hay lugar que no esté dañado de algún modo. Si hubiese algo del otro lado, ¿a dónde iría? Todo lo que hice fue propiciado por las circunstancias. Incluso el pastor más fiel a Dios, mataría en defensa propia, y hasta toma sus partes nobles y las manipula para el placer. El algoritmo de castigos de Dios debe ser muy complejo. No puede haber cosas simplemente dichas, debe haber atenuantes y apremiantes, más allá de lo que podemos siquiera pensar. Cada pensamiento traicionero demuestra la calidad de personas que somos, aunque en esencia todo fue puesto por él. Y si fue la evolución, no hay castigo posible, sólo causa-efecto. Nuestras capacidades naturales, en concordancia con el ambiente, crearon un contexto que hace reaccionar de un modo particular a un miembro de nuestra especie, poco apta cuya conducta es para sobrevivir en un mundo en que este tipo de comportamiento gregario es ineficaz, pues lleva a la violencia y a la muerte. Sólo pasa. Con seguridad nos extinguiremos o sólo lograrán superarlo aquellos que puedan aprender a vivir en paz, a compartir y a ser compasivos.



Sergio Vergara

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En el texto hay: apocalipsis, muerte, fin del mundo

Editado: 04.09.2018

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