El diario de la abuela Carlin

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PARTE 11

13 de Octubre del 2018.

¡Perdí a Mr. Diario!

Así es, Mr. Word. Perdí a mi mejor amigo, mi confidente, mi compañero de aventuras y todo lo que era ese bendito cuadernito que compré en promoción. ¡Me muero! ¡Juro que me muero! Es que si supieras, todos los secretos que guardaba hasta tú querrás salir de esa computadora y darme un tirón de pelo para acordarme donde he dejado el bendito diario. Si eso llega a las manos equivocadas ¿qué va a ser de mí, Mr. Word?

Sí, ya sé que te estás preguntado cómo es que he perdido ese objeto tan fundamental de mi vida y es que ni siquiera yo lo sé. Salí esta mañana y estoy segura que iba conmigo en mi bolso, estuve a punto de rozar la histeria cuando lo busqué para contarle un suceso muy particular de mi vida y ¡No estaba! Después de dar vueltas como loca por toda la casa y entrar en pánico solo de imaginarme que pude dejarlo en las oficinas del doctor buenote. Corrí hasta hacia su consultorio y no, no estaba ahí.

Mr. Diario realmente estaba perdido.

Busqué en mi cuarto, debajo de mi cama, en cada uno de los cajones, entre mi ropa interior (que es donde usualmente lo guardo) pero ¡nada! Mr. Word ¡Nada! ¡Había perdido a mi baúl de secretos! Ya me comenzaba a sentir mareada, me daba el ictus, se me paraba el corazón y de pronto miraba hasta aquella luz de la que tanto hablan que te conduce a tu otra vida.

¡Entré en pánico! ¿Qué tal si alguno de mis hijos lo había encontrado? Me moría de la vergüenza. Así que para salir de dudas me fui directo al viñedo, mis hijos trabajaban en nuestro negocio familiar todo el día, así que no era nada raro que yo llegara a verlos de vez en cuando. No quería ni pensar que tal vez me los encontraría leyendo mi diario y todas mis alarmas se encendieron cuando ellos me miraron serios y ni siquiera me dijeron hola.

Ay madre ay madre, ya lo venía venir.

—Mamá —dijo Fran, me quedé quieta. Tragué saliva y los miré a todos con resignación ¿ahora qué me inventaba? Diré que me he lanzado a la escritura de romance erótico—. ¿A qué horas llegaste anoche? ¿Sabes que pudo haberte pasado? Andar por ahí sola ¡A tu edad!

¡Bah! que todos mis hijos me trataban como una verdadera anciana y eso a mí no me hace nada de gracia.

—Solo fui a dar una vuelta con mis amigos.

—¿Los delincuentes del otro día?

—Fran, déjate de prejuicios, que aquí tu madre soy yo y no vas a tratarme como si tengo dieciséis años. Yo salgo con mis amigos si me da la gana, sean delincuentes o no lo sean. —Todos me miraron en ese momento, tenía que dejarlo claro. Además, soy yo quien los ha educado a ellos, no ellos a mí—. ¿Alguien aquí encontró mi diario?

Me temía lo peor, cuando todos hasta mi nieto Walter me miraron curiosos.

—¿Cuál diario?

Ahí respiré aliviada Mr. Word, eso significaba que no los tenían y me tranquilicé por un momento, solo por un ratito pequeño porque después pensé en mi diario y en que puede estar en cualquier parte del mundo.

Esto era algo así como un castigo divino, lo sé. Por haberme alegrado de lo que me contó Joaquín el otro día, no está bien reír de una desgracia ajena, Mr. Word. Ahora me siento en la necesidad de contártelo, pero no me juzgues. Verás, la cosa va así:

Ayer, como ya te diste cuenta, me fui a un bar con mi escuadrón de bombones, tú no los conoces todavía pero son unos dioses griegos que conocí en el gym. Sí, no te sorprendas, voy al gym, levanto pesas con hombres musculosos y uno de ellos, con quién hasta llegué a imaginarme una vida de fornicación, se folló en mi piscina a un policía estríper que yo misma pagué, pero bueno, no era eso lo que quería decirte Mr. Word, si no,  lo que me contó el sexy jardinero —quién no es gay, te lo aclaro—.

Cuando la música estaba en pleno apogeo, con mi traguito de vodka en la mano y moviendo los hombros al son de aquel bullicio que llamaban música electrónica, miré a Joaquín. Claro que era Joaquín, mi sexy jardinero. Por un momento pensé que era una jugada de mi alcoholizado cerebro pero de eso nada, que cuando intenté acercarme él me miró y se asombró tanto como yo.

—Lydia —me dijo. Y yo… solo levanté la mano para saludar y perdí el equilibrio. Él se levantó y corrió hacia mí, vale, que nuestros encuentros han sido tan malos, pero al menos de este no me acuerdo mucho—. ¿Está usted bien?

—De maravilla, muchacho, de maravilla —logré articular, la lengua me pesaba un kilo y no te estoy exagerando nada.



Roxana Aguirre

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En el texto hay: humor con chicas, humor comedia risas, abuelitas locas

Editado: 04.06.2019

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