El eco de su sombra

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Capítulo VI

—¿Tiene hijos señor Weiz? —preguntó temblando, con su vaso de vodka todavía sin probar.

—No —respondió tragando saliva.

—Entonces no sabe lo que se siente.

—Tal vez usted pueda ilustrarme —respondió cruzándose de piernas, reclinándose sobre los cómodos sillones de la sala.

—Estoy muerta —dijo con una sonrisa forzada dibujada en el rostro.

«Todo lo que alguna vez fui, lo que soñé, todo se fue con ella. Los fines de semana solía despertarme llenándome de besos en las mejillas. Su sonrisa retumbando como un eco mientras correteaba por los pasillos. Sus ojos encendiéndose cual rayos en la tormenta cada vez que su padre y yo discutíamos. Ya nada queda; solo el recuerdo mentiroso de lo que mi alma pretende en vano aprisionar.

—¿Qué cree que ocurrió? —preguntó frunciendo el ceño.

—Pensaba que dar esa respuesta era su trabajo.

—No soy policía —dijo elevando las pestañas como quien dice una obviedad olvidada—; y no le pregunté acerca de las certezas imposibles, sino de lo que su corazón de madre le dicta.

—Creo que no la veré otra vez —respondió mientras dejaba caer un par de lágrimas traviesas por sus mejillas—. ¿Por qué se involucró en esto?

—¿Soy sospechoso?

—No lo sé; un hombre misterioso aparece de la nada una madrugada de tormenta y se pone al frente de la investigación…

—Admito que había imaginado mi estadía en este desolado pueblo mucho más amena. Tal vez el destino me puso adrede en aquel sendero; son intrincados los caminos del Señor.

—No lo tome a mal pero creo que no debiera perder mi tiempo con usted —dijo dándose envión con los brazos para ponerse de pie.

—¿Cree que el Sheriff y su séquito de alegres arlequines aparecerán tocando su puerta con las respuestas que busca?

—¿Insinúa que usted lo haría mejor?

—Ni mejor ni peor; simplemente lo haría.

—¿Quién es usted?

—Un don nadie con aires de grandeza.

—Solo está dándome evasivas; si voy a poner la vida o muerte de mi hija en sus manos, me gustaría conocerlo mejor —replicó con enfado.

—Este es el trato —dijo inclinándose hacia adelante—; usted es absolutamente sincera conmigo y yo le diré, antes de que el tiempo nos consuma y la vida nos olvide, qué demonios ocurrió con la pequeña Keira.

—Entonces no va a decirme quién es…

—No es relevante.

—Lo haremos a su manera; después de todo, ya no tengo más nada que perder —dijo dejando caer su espalda contra el respaldo.

—Sí lo tiene —dijo oteando cada uno de los muebles que los rodeaban.

—¿Acaso cree que me importa lo material? —preguntó frunciendo el ceño—. Se me hiela la sangre cada vez que respiro y pienso que mi hija tal vez no pueda hacerlo.

—Hábleme de la relación con su esposo.

—Insiste en qué somos culpables —sonrió.

—Solo quiero conocerlos más.

—¿Quiere saber si somos un matrimonio feliz? —preguntó elevando las pestañas—. Acertó señor forastero; no lo somos. Llevamos años luchando contra los fantasmas que se adueñaron de nuestra habitación y colonizan cada momento que pretendemos disfrutar en pareja.

«Dicen que los años matan la pasión y que cada vez cuesta más retomar la senda del noviazgo; esa que te vuelve estúpido, ciego, todopoderoso. Hemos dejado que el amor se muera, simplemente lo abandonamos; lo relegamos tanto que olvidamos lo que nos trajo hasta aquí en primer lugar.

—Está mintiéndome de forma descarada —dijo Thomas poniéndose de pie—; creía que pensaba colaborar.

—¿A qué se refiere? Le he dicho la verdad.

—Tiene 27 años Hayley —le recriminó—, está hablándome como si tuviera veinte de casada y pensara que fue la peor decisión de tu vida.

—¿Quieres la verdad, quieres que te diga que mi marido me engaña con todas sus secretarias en la oficina; eso quieres? —preguntó con vehemencia con las lágrimas a flor de piel.



Sebastian L

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En el texto hay: misterio, romance, criminales

Editado: 05.12.2018

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