El eco de su sombra

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Capítulo X

—No debió haber mencionado a Dylan —dijo Thomas mientras se dirigían, una vez más, a la casa del apuntado.

—No estábamos obteniendo nada; y creí oportuno lanzar una moneda al aire y aguardar el resultado.

—¿Y qué obtuvimos? Además de un dato que de seguro usted sabía de sobra y se olvidó de mencionar.

—Si Austin lo culpaba con vehemencia podía ser un intento desesperado por desviar nuestra atención; la búsqueda de un chivo expiatorio mientras ideaba la forma de limpiar su culpa —hablaba el sheriff con movimientos ampulosos de sus manos—; o tal vez, incluso, una forma de refrescar su memoria, no olvide que es hijo del cantinero y ya no se habla de otra cosa que de la pequeña Keira.

—Ya estoy cansado de ir de casa en casa escuchando mentiras —se quejó mirando los kilómetros de campo que se extendían infinitos a través de la ventanilla.

—¿Te rindes?

—Llegó el momento de abandonar la bondad; dejar de jugar a los policías buenos y presionar en las heridas abiertas.

—¿Qué quiere decir?

—Si el culpable no se revela por motu propio, entonces nosotros debemos obligarlo a salir de su guarida.

—¿Y cómo piensa hacer eso? —preguntó frunciendo el ceño—. Suponiendo que el responsable todavía se encuentre en el pueblo, qué palabras, qué situación o circunstancia lo haría salir de su escondite, echando por la borda las molestias que se tomó al borrar sus huellas.

—Ya verá comisario, solo abra sus ojos y encienda sus antenas; está por ver una película que nunca olvidará.

Con aquella frase enigmática, acompañada por una sonrisa burlona, los investigadores aceleraron a toda marcha rumbo al domicilio de un hombre atormentado que lejos de poder gritar su libertad, corría con la desventaja de no controlar sus impulsos más siniestros y era precisamente ese instante, en el que la diestra se duerme para dejar paso a la siniestra lo que lo volvía tan especial, tan peligroso, tan blanco perfecto para una mente maestra.

Visiblemente cansado de tanto trajín, de tanto ajetreo al que no estaban acostumbrados, los policías prefirieron aguardar en la patrulla mientras le daban cuerda y vía libre a un individuo igual de misterioso que la situación que los abrumaba.

En ese contexto, las expectativas de obtener avances a la brevedad estaban sujetas a lo que aquel forastero pudiera arrancarle a las palabras calladas de las bocas cerradas que se morían por gritar al viento lo que fuera por salir del punto de mira. Nadie quería ser acusado de tan indescriptible aberración. Las miradas se volverían asfixiantes, los cotilleos insoportables y al final, en ese instante en que se apaga la llama encendida de una vela partida, la conciencia confundida y acorralada apuntaría la artillería contra su propio corazón que se desangraba ante el solitario y helado desamparo.

Ese era el plan. No importaban inocencia o culpabilidad; testigos, cómplices o criminales, lo único que perseguía Thomas Weiz era la estela indisimulable que dejan los fantasmas del miedo y la desesperación cada vez que los sospechosos enfrentaban un nuevo interrogatorio.

—¿Detective? —preguntó frunciendo el ceño, con los ojos desorbitados—, no pensaba volver a verlo por aquí; creía que todo estaba aclarado.

—Surgieron nuevas preguntas Dylan —respondió ingresando al domicilio sin permiso.

—¿Puedo ofrecerlo algo de beber?

—No gracias, estoy bien así.

—Póngase cómodo, está en su casa —dijo realizando un ademán con su brazo.

—La primera vez que lo visitamos usted dijo tener poca relación con los padres de Keira.

—Sí, lo recuerdo bien.

—Nos mintió Dylan —dijo sin dejar de contemplar los retratos familiares que reposaban sobre los muebles del comedor.

—No sé qué le habrán contado las cotorras de este pueblo maldito pero le juro que apenas si tengo contacto con nadie.

—Pero lo tuvo ¿no es verdad? —preguntó mientras se dirigía hacia el fondo de la vivienda.

—¿Puede ser más específico? —preguntó titubeante—. Siento que quiere decirme algo pero me pone nervioso que no lo haga.

—¿Siempre ha vivido aquí, cierto?

—Correcto.

—Y conoce al señor Marshall y la señora Duncan desde que eran niños…

—No lo recuerdo.



Sebastian L

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En el texto hay: misterio, romance, criminales

Editado: 05.12.2018

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