El enfermo

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El enfermo

El coche se paró en seco frente al semáforo. Dentro, Sara y Jesús compartían un tenso silencio solamente roto por las ocasionales veces en las que Sara le indicaba a su novio Jesús la ruta hacia su destino.

—Ahora hacia la derecha. — Sin contestar Jesús siguió la orden a regañadientes. No le hacia ninguna gracia ir a ver a ese desgraciado de Roberto, de hecho, se contenía por no dejarle el coche a su novia y largarse de vuelta a su casa andando. Por culpa de Roberto “el enfermo” probablemente tendría que tirarse una buena temporada en la empresa sin ascender. Ese era el precio por haber recomendado tan encarecidamente a alguien como él, su antiguo compañero de universidad. Una persona que siempre estaba mala, aunque Jesús tenía la certeza de que lo hacía por gusto y no por su mala salud. Por desgracia su novia Sara, cuya gran virtud pero también debilidad era su gran corazón, había sentido pena de Roberto desde la universidad donde se hicieron amigos. Años después Roberto era incapaz de encontrar un trabajo  así que Sara acabo pidiéndole a Jesús que medrara con sus jefes para conseguirle un puesto en la empresa al “pobre” Roberto. No duro demasiado por sus continuas bajas y fue rápidamente despedido.

 Tras estos hechos los tres siguieron en contacto por el antiguo grupo de la universidad pero en las últimas semanas Roberto dejo de responder. Sara le llamo varias veces pero su móvil se encontraba siempre apagado. Preocupada consiguió la dirección gracias a una amiga suya en recursos humanos y ambos fueron a visitarle una tarde que tenían libre. Tras decirle que solamente quedaban un par de calles Jesús decidió por fin hablar:

—No sé por qué hacemos esto—

—Estoy preocupada por el cari y sé que tú también a pesar de tus refunfuños.

—Yo la verdad es que no tengo ganas de ver de nuevo a ese gilipollas. Por su culpa el jefe me ha hecho la cruz.

—No digas eso es una persona que necesita que la ayuden.

—Que le ayude su familia.

—Ya sabes que no tiene mucha.

—Cierto lo olvidaba—dijo mirando a un hueco donde aparco el coche. Ambos bajaron y se dirigieron al pequeño bloque de apartamentos parándose junto a la puerta.

—Es el 4ºD— dijo Sara. Jesús comenzó a ojear el telefonillo pero antes de pulsar la tecla una vecina mayor abrió la puerta y les pregunto:

— ¿Entran?

—Si—Y justo cuando iban a entrar Sara no se resistió a preguntar— ¿Disculpe, conoce a Roberto García?

— ¿Roberto?—dijo el hombre dudando un instante— ¡ah! El de la tos. ¿Son familiares de él?

—No somos amigos. ¿Le ha visto últimamente?

—Hace tres días me cruce con él al comprar el pan. ¿Ha pasado algo?

—No, no que sepamos.  Estamos solo de visita.

—Bueno pues que tengan un buen día

—Adiós

Ambos procedieron a entrar en el rellano y subir al ascensor.

—Así que está perfectamente y el cabron no se ha dignado a cogernos el teléfono—maldijo Jesús mientras ascendía en el ascensor. La puerta se abrió y con paso rápido se dirigieron a la puerta. Sara toco el timbre sin respuesta. Tras unos tensos segundos Jesús toco varias veces de manera violenta el timbre.  Paso un minuto sin aparente respuesta.

—El tío no abre—dijo Jesús y añadió. —Quizás deberíamos irnos.

Sara volvió a llamar pero no obtuvo respuesta salvo por unos breves sonidos de tos al fondo.

—Es él— dijo Jesús y comenzó a aporrear la puerta— ¡Abre! Sabemos que estás ahí.

Se oyeron unos lentos pasos acompañados de una serie de toses dirigirse hacia la puerta. Entonces notaron que alguien miraba por la mirilla

—Somos nosotros, ábrenos de una vez joder—exclamo Jesús.

Se empezaron a escuchar ruidos metálicos procedentes de la puerta, multitud de cerrojos y cerraduras empezaron a hablar en una conversación que no parecía tener final hasta que la pesada puerta blindada finalmente se abrió.

—No esperaba visita—Dijo Roberto para acto seguido toser—Y mucho menos la vuestra.

—Estábamos preocupados— afirmo Sara, Jesús estaba atrás callado.

—No tenías que haberlo estado—Dijo mientras les  invitaba a pasar.—Esto es solo una pequeña neumonía.

El pequeño apartamento estaba oscuro. Las ventanas estaban abiertas y hacia bastante frio. La ropa estaba tendida en el pequeño salón con muebles de estilo moderno. Sobre una mesa descansaba un libro de enfermedades pulmonares y otro de astrología junto a varias velas sin estrenar y al lado, una papelera llena de pañuelos usados, algunos de ellos ensangrentados. En una silla se hallaba  un martillo con una caja de clavos al lado junto a varias tablas de madera. También había varias cajas de cartón por toda la casa que parecían contener latas de conservas y botellas de agua.

—Que frio hace aquí ¿vives así?—dijo Sara de ipso facto. — ¿Podríamos cerrar las ventanas?



Hermes Sam

Editado: 31.01.2019

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