El Engaño

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La advertencia

Uno no siempre cuenta con las sorpresas imprevistas que le da la vida, como las llegadas tarde, las quejas de la maestra Elva, o el simple hecho que al autobús que abordaron Jessica y Marcela tuviese que explotarle un neumático y ahora se viesen obligadas a tener que tomar otro transporte y esperarlo en medio de un barrio que no conocen, con un hambre insaciable y en medio de una lluvia.

—¡No puede ser posible! —dijo Marcela—. Ya tenemos más de una hora esperando y no llega; ¿por qué simplemente no tomamos un taxi y ya? ¿Cuánto dinero tienes Jessica?

Habían transcurrido una semana desde que Alan destruyó a Enriqueta y ella todavía no lo asimilaba; no obtuvo mucho éxito cuando intentó repararla con pegamento (debido a que la mayoría de los trozos eran o muy pequeños o delgados) y cada vez que veía en su cama el fondo vacío, donde normalmente ella guardaba a EnriquetaJessica sentía un profundo deseo de desesperación.

Al final de la semana la muñeca terminó en la basura y Jessica no podía olvidarla; para Alan era solo un juguete, pero ella siempre la sintió como a una hermana de verdad a quien podría confiarle todo. Era un espacio que ella necesitaba llenar.

Transcurrieron otros treinta minutos y Jessica, con el fin de distraerse, se vio obligada a enfocar su mente en los colores de los autos que cruzaban las calles, o en el par de niños vagabundos que intentaban ocultarse de la lluvia dentro de una caja de cartón y usando periódicos viejos como cobertores; incluso pasó por su cabeza debatir con Marcela el tema de "cuantas tazas de azúcar se necesitan para llegar a la luna".

Era un momento sumamente aburrido, sin tomar en cuenta que ahora Jessica sentía la necesidad de ir a comprar un chocolate caliente al establecimiento más cercano y de esperar al camión desde un lugar techado y protegido por ventanas; pero todo estaba a punto de cambiar debido a la inesperada sorpresa que Jessica recibió, cuando enfocó su mirada hacia el aparador de una tienda de antigüedades.

—Y ¿qué me dices del taxi, Jessica...?, Jessica, ¿me escuchas?

—¿Qué-qué... decías?

—¿Que si traes dinero para un taxi?

—Ah, sí.

—Oye, ¿te sucede algo?

—¿Sabes Marce?, creo que voy a echarle un vistazo a aquella tienda.

—¿De qué hablas Jessy?, si el camión no tarda en llegar y ya estoy... Jessy... ¡Jessy! —Ya era muy tarde, para ese entonces Jessica ya había cruzado la calle— Con amigas como éstas, ¿quién necesita enemigas? En solo cuestión de segundos Jessica ya había cruzado la avenida de tres carriles y sin paso peatonal mientras se dejaba llevar por su deseo de saber si el objeto que había visto desde la parada era idéntico a lo que ella estaba buscando.

—No lo puedo creer... —dijo en el momento de llegada—, ¡es idéntica a Enriqueta!

El dichoso objeto resultó ser una muñeca cabeza de porcelana del siglo XVIII, con rizos color dorado y ojos azules; llevaba puesto un vestido blanco, zapatos tipo escolar y un curioso listón blanco adornando su cabello.

—Jessica, ¿acaso te has vuelto loca?; cruzaste esa avenida corriendo, como un zorro, ¿en qué estabas pensando?

—¡En esta muñeca, tienes que verla!, ¡es idéntica a Enriqueta!

Marcela no compartió el mismo punto de vista que su amiga, siendo que ella casi se mató cuando la siguió hasta el bazar; los autos todavía tenían luz verde y era plena hora pico.

—¿Nada más por eso corriste?

—Así es, ¿no es hermosa...? ¡Tiene que ser mía!

—¡Acaso te has vuelto loca! ¡Yo casi me maté siguiéndote mientras que tú solo te preocupabas por esa cosa! ¡Es que no tienes sentido común de lo que...! —Marcela creía que su amiga le hacía caso, pero antes de que terminara su frase ella ya había entrado a la tienda sin pensar qué clase de lugar era, algo que no le agradaba en lo absoluto—... ¡Aquí vamos de nuevo!

Después de que ambas chicas entraron, Marcela se dio cuenta de que el lugar parecía más un museo de antigüedades que una tienda debido a que, donde quiera que volteaba, podía encontrar artículos de diferentes sitios de la historia:

Máquinas de escribir antiguas, tocadiscos de manija, libros viejos, juegos de té de porcelana y hasta una rockola que reproducía discos grandes.

Para Marcela era como estar dentro del sótano de la casa de su bisabuela, ya que casi todo el lugar estaba repleto de cachivaches viejos y goteras, en cambio Jessica estaba más concentrada en encontrar al administrador del bazar y preguntarle por el precio de la muñeca. Lo malo era que nadie estaba atendiendo, solo había una anciana dormida detrás de un escritorio de madera junto con una campanita de oro como adorno principal.

—¡Hola! —dijo Jessica, notando que entre los labios de la señora solo se lograba escuchar el sonido de sus ronquidos—. ¿Usted trabaja aquí? —La mujer parecía estar sufriendo una especie de efecto secundario por exceso de medicamentos o haber ingerido alcohol con ellos (siendo que ella ni siquiera lograba abrir sus párpados)—. Señora...



C. M. Kenday

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Editado: 20.03.2018

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