El Engaño

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Un Ángel Caído

Con el paso del tiempo los ensayos de la obra mejoraban, al igual que la vida de Jessica; Alan había perdido todos sus permisos para ir al cine o a jugar fútbol y la profesora Elva optó por darle a Jessica una última oportunidad para acreditar su materia. Ya ni estaba segura de que cada vez que veía a Amanda atrapada dentro del traje de caballo o con el cabello desgreñado era en la vida real o a través de un sitio web.

—¿De qué se están riendo todos? —Eran las reacciones que tenía hacia la gente—, ¿qué nunca se les ha perdido el zipper de un traje?

—Una vez me ocurrió a mí —contestó un joven, desde las bancas del auditorio—, solo que en mi caso fuiste tú la que subió el video a internet.

Era como si la fuerza del karma por primera vez en mucho tiempo, decidiese ayudar a Jessica en todo lo que necesitara.

Era la alumna más respetable del club de teatro, una de las mejores jugadoras del equipo de la entrenadora Elva y todo su cuerpo estaba libre de granos y manchas.

—Muy bien Amanda, deja de hacerte la payasa —comentó la profe Sandra—, si bien sabes que no quiero teatritos en mi clase.

—Pero miss, el disfraz...

—Pero nada, Amanda, ¿o qué?, ¿no piensas acreditar mi materia?

—Miss, le hablo en serio. Yo...

—¡Ya fue suficiente!; lo único que haces es interrumpir mi clase, así que si tanto quieres hablar conmigo será mejor que me esperes en las butacas, todos los demás ya se pueden ir. Les permito tomar el resto de mi hora como descanso.

—Gracias profe —contestó el alumnado.

—No me dejo de imaginar la cara de Amanda —comentó Marcela—. En verdad que es una tonta.

—Lo sé —continuó Jessica—. Verle la cara y el cabello...

Y aparte, los ojos enfurecidos.

—Y que lo digas; ya me imagino lo que dirá cuando se entere que los videos que subieron de ella a internet están a punto de llegar al millón de reproducciones, ¡se volverá loca!

Jessica y Marcela permanecieron en la cafetería durante los pocos minutos que faltaban para la última hora de clases, y no era necesario ver la televisión para no aburrirse, ya que la mayoría de los clientes, tanto alumnos como maestros, no dejaban de reírse de los videos que los jóvenes del club de teatro habían subido a las redes sociales desde sus celulares.

—Ahora dime, ¿quién es la tonta? —Dejarse llevar por sus deseos vengativos provocó que en Jessica hubiese un pequeño cambio en su forma de ser con respecto a Amanda.

Ella se sentía segura consigo misma y no le extrañaba que ahora fuese Amanda quien tuviese que ser expulsada de la clase de teatro; ella se sentiría liberada de todo mal. Pero eso no iría a cambiar la inesperada sorpresa que Jessica se llevó cuando las puertas de la cafetería se abrieron, delante de sus ojos, para darle la entrada a un apuesto joven, cuya figura la dejo anonadada.

—¡No puede ser!

Era un muchacho alto vestido con camisa blanca, chaqueta de piel negra y jeans de mezclilla quien estaba ingresando al comedor de la escuela en cámara lenta, dando la impresión de ser un muchacho rudo.

Parecía ser el hombre que Jessica creía haber visto en sueños, su cuerpo mostraba el dibujo de un adolescente de su misma edad, con una cola de caballo larga como peinado y portando un curioso tono verdoso en sus ojos; Jessica no sabía quién era, solo que era guapo y que se estaba aproximando a su mesa.

—Hola —comentó el muchacho, rompiendo el silencio—. ¿Está ocupado este lugar?

—No... cla... ro que... no, siéntate.

Jessica no supo describirlo, pero se sentía igual que en una primera cita debido a que estaba delante de un muchacho que cumplía con todas sus expectativas del hombre perfecto.

—Oye, ¿te encuentras bien?

—¿Qué... qué...? Perdona, está algo distraída.

—Lo entiendo, ¿tú eres Jessica Ortiz, cierto?

—Sí, pero ¿quién te dijo mi nombre?

—Tú foto estaba en la pared de la entrada... apareces en el cuadro de honor, ¿no es así?

—Sí, mi amor... ¿qué dije? Quise decir... ¡corazón...! ¡Perdón!, creo que tú lo entiendes; ¿qué?, ¿me decías algo?

—Nada importante.

—Ok, solo que...

—Lo que mi amiga —interrumpió Marcela— ...quiere decir es: ¿cómo te llamas?

—Me llamo Rigoberto Sandoval, pero puedes llamarme Rody.

—Rody, mucho gusto.

Marcela no quiso verse muy entrometida pero ver la reacción de su amiga, vociferando y queriendo pronunciar frases cortas que no tuviesen palabras penosas como "amor" o "cariño", la obligó seguir de interferida con temas bobos de la actualidad: redes sociales, bandas musicales o películas exitosas.

No fue una idea muy inteligente que digamos, pero ayudó a Jessica a tener más confianza en sí misma y a hablarle a Rody sin el temor de que gritase: "¿quieres ser mi novio?".

—... ¿Y qué tal la película de piratas?, ¡esa sí que tuvo mucho éxito!



C. M. Kenday

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Editado: 20.03.2018

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