El fin de mi universo

Tamaño de fuente: - +

Capítulo 8: El comienzo de una nueva vida

Varias semanas habían pasado ya desde el cambio de residencia de las mujeres Freeman y por ende las firmas de los documentos del traspaso legal de las empresas. Los papeles ya habían pasado por centenares de abogados para confirmar la autenticidad de los documentos y el correcto proceso porque ambas partes querían evitar a futuro falsos problemas legales. Cuando el proceso dio por terminado las empresas pasaron a ser legalmente de Ariadna; al recibir la noticia por medio de Nathalie, que en ocasiones las visitaba para después informar a Andrew del estado de ambas, su padre decidió darle quince días libres antes de tomar el control de las empresas mientras él terminaba con su papeleo y negocios. No quería dejar nada pendiente que le correspondiera a él realizar, había tratos que aún no cerraba y consorcios que quería e iba a disolver antes de que pasaran a ser de Ariadna y su credibilidad descendiera.

Esos días Ariadna se pasaba las tardes leyendo, saliendo con sus amigas, asistiendo a sus últimas lecciones de música ya que iba a cancelarlas para centrarse en el trabajo, yendo a cine y otras actividades comunes entre las personas de su edad. Aunque no se escapaba de los cientos de reporteros que la buscaban día y noche hasta debajo de las piedras sólo para entrevistarla por la repentina decisión que se había tomado en cuanto a la dirección del conglomerado Freeman. Nadie comprendía el por qué de que su padre, Andrew Freeman, hubiera decidido simplemente delegar sus obligaciones y pasárselas a su primogénita para seguir tranquilamente con su carrera política. Se especulaban muchas cosas pero nadie de la familia decía algo conciso, lo cual confundía tanto a los medios como a los demás accionistas, socios y hasta a los mismos empleados que no sabían qué pensar sobre el futuro de sus trabajos.

Múltiples teorías habían sido creadas por los civiles. Unos creían que la mayoría de las empresas estaban en bancarrota y esa era la forma de Andrew de quitarse del problema para dejárselo a su hija y no afectar su carrera presidencial que iba en ascenso; otros decían que ahora que era probable que Andrew estuviera enfermo y quería enseñarle a su hija como se manejaba las empresas, porque uno nunca sabía cuando dejaba el mundo. Y habían muchas más, en unas Andrew era un monstruo, alíen o reptiliano mientras que en otras era el héroe que salvaba el día con una deslumbrante sonrisa.

El caso era que el traspaso había acarreado especial atención hacia las empresas que, desde ese día, Ariadna iba a poseer. Muchos dudaban de si ella podría mantener a flote todo por lo cual su padre se había sacrificado y partido el lomo por tantos años y la verdad era que Ariadna se había hecho las mismas preguntas frente al espejo desde el día en que le llegó el aviso diciendo que los traspasos habían sido correctamente desarrollados, intentando reflexionar sobre su vida y lo que hacía con ella.

Al final siempre llegaba a la misma conclusión, lo mejor era seguirle la corriente a su padre. Podía ser que, tal vez, con el tiempo le quedara gustando y no fuese necesariamente una obligación para con su sangre.

Ese día se había arreglado especialmente elegante, vestía un traje ejecutivo de dos piezas color gris, unos tacones de cinco centímetros color negro, un reloj bastante ostentoso regalo de Nerea por haber heredado el conglomerado que era acompañado por un anillo de oro con pequeños diamantes rosados incrustados, pendientes y un collar del mismo motivo.

Salió temprano para dejar a Nerea en la universidad, ese día tendría que dar clases así que aprovecharon y Ariadna le dio un aventón antes de seguir hasta el edificio central de la multinacional Freeman's & Freeman's (abreviada F & F), la favorita de su padre y la cual sería desde ese día su lugar de trabajo.

Desde el momento en que pasó la puerta principal de vidrio sintió todas las miradas clavarse en ella, eso la ponía nerviosa pero no demostraba ápice de temor en su aura. No se registró ni pidió ningún tipo de indicaciones, ya conocía ese lugar como la palma de su mano. Caminó directo al ascensor y marcó el dieciseisavo piso, al llegar miró a los alrededores. Todas las secretarias la examinaban de arriba a abajo con notoria curiosidad, a muy pocas personas se les permitía subir a ese piso sin llamar antes a la recepción secundaria del nivel ya que ahí se encontraba la oficina del CEO, COO y derivados.

Grande fue la sorpresa de todos al verla entrar a la oficina del CEO sin siquiera tocar la puerta, todos se escandalizaron pensando en el inminente despido colectivo que eso les acarrearía pero los gritos de reproche jamás fueron lanzados. Eso extrañó a todos los empleados, Andrew Freeman nunca perdía la oportunidad para reprocharles por algo y despedir a algunas personas. La subsecretaria del CEO pegó discretamente la oreja a la puerta que estaba cerrada intentando captar así fuera retazos de la conversación que se desarrollaba del otro lado de la gruesa madera aún cuando sus compañeros le rogaron e imploraron  para que no lo hiciera.

Del otro lado se encontraba Ariadna de brazos cruzados observando el respaldo de una silla de cuero negro. Éste giró mostrando a su padre que la examinaba de la misma forma que los empleados. Un abrumador silencio se instauró en el despacho hasta que Ariadna se resignó a hablar.

—Buenos días, padre.—Dijo de mala gana.

Detrás de la puerta la subsecretaria jadeó y miró a sus compañeros. Con los labios les dio a entender quién estaba en la oficina y, para su sorpresa, nadie se sobresaltó. Muchos ya se lo veían venir.

—Buenos días, Ariadna. —Contestó y volteó la silla para ver por el inmenso ventanal que decoraba el sobrio despacho, desde ese lugar se podía ver la ciudad en toda su extensión— Espero hayas tenido una espléndida noche y un sueño reparador porque desde el día de hoy no volverás a dormir con la misma facilidad.

—Gracias por preocuparte por mis horas de sueño, padre, pero estaré bien.



Luna

Editado: 31.10.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar