El hijo de la guerra

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Prefacio

La decoración de pinturas doradas estaba siendo plasmada en los imponentes muros del palacio del reino, los artesanos repartían unas pequeñas coronas de flores silvestres para mantener entretenidos a los niños mientras se secaba el dibujo.

En el salón principal, los guerreros formaron filas cerca de los asientos para la coronación del nuevo rey de Vanaheim: Harald.

Las mujeres dejaron el vino en otra sala, donde se haría la cena formal junto a los líderes de los pueblos pequeños, y alguna visita de otros mundos.

Por fin, todo estaba saliendo de manera correcta para darle la bienvenida que se merecía. Pues, para que Harald fuese aprobado debía ir a Asgard para hablar con el padre de todo, pedir su consentimiento para declararse señor de esas tierras.

James apenas cumplió sus 18 años, estaba viviendo una de las mejores etapas de su vida al ser considerado “mentor” a tan temprana edad. El dios de la guerra: Tyr, se presentó en el salón de entrenamientos para declarar que el joven estaba listo para dejar de ser alumno, que sus conocimientos debían transmitirse a los demás. También uno de sus mejores amigos estaba a punto de consagrarse rey.

El muchacho no respetaba a raja tabla todas las normativas, sus maestros no entendieron cuando se lo nombró con semejante título. Rondaba por el palacio, buscando, hambriento, algo que pudiera satisfacerle. Las señoras en vano trataron de controlar al muchacho, pues él ya corría hacia el gran salón con una bandeja enorme de panes caseros; probablemente recién salidos del horno de barro por el vapor que salía de ellos.

Pensó que llegaría tarde para la coronación, pero escuchó su nombre ante un silencio funesto por parte del resto de los habitantes. La bandeja cayó al suelo, dejando que los bollos de hogaza rodaran por debajo de los asientos, mientras él sostenía uno entre sus dientes.

—Así es. La primera misión será encabezada por James —anunció una vez más, el rey—. Midgard es una tierra que promete mucho, sería una fuerte alianza para comenzar a volver próspero a Vanaheim.

James permaneció pétreo ante semejante barbarie, no esperaba que el primer mandato de su mejor amigo fuese algo tan aberrante.

Midgard había ganado la fama de secuestrar a cada guerrero que iba a una misión. Se consideraba suicidio. Todos temían a lo que no se conocía. Y James no era una excepción a esas creencias.

Su tigresa apareció detrás de él, erizando su pelaje blanco ante el pavor de su dueño.

El joven miró a su alrededor, sin moverse del lugar donde estaba parado. No lo pensó dos veces, y echo a correr en dirección al bosque de los devastadores. Los guardias del palacio no le siguieron, tomaron a su Fylgja en brazos y torcieron una de sus patas, lo que ocasionó que la pierna de James se doblara de la misma manera.

—Cobarde —mustió Harald.



Gabrielle Dess

Editado: 18.12.2019

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