El Hijo de las Sombras #01 — El Manto de la Oscuridad

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La cabaña de los retratos vivientes

Erín

 

No sabía por qué, pero sentía que estaba secuestrado.

Se dio cuenta que Tía H había asegurado la única ventana que había en la habitación, ya no dejaba la puerta abierta por las noches. Aquello se volvió una rutina desde el incidente de hacía tres días atrás. Lo bueno de la situación era que aún se mantenía cuerdo, aún recordaba quién era y por qué debía de seguir adelante. Encontraría a su madre con vida… ¿A quién engañaba? Erín no podía ser tan positivo; sabía que su madre ya no estaría viva, había pasado demasiado tiempo.

Lo bueno para Tía H era que habían avanzado rápido con el retrato de Erín… o al menos el niño creía que era algo bueno, ya que siempre que terminan la sesión Tía H dibuja una sonrisa en su rostro y eso era lo más aliviador para el chico, pues temía lo que le podía pasar si hacía enojar a la viejecilla. Lo malo era que al culminar cada sesión, Erín se sentía agotado; casi como la vez que entró al cuarto lleno de cuadros.

Tía H se compadeció del niño y le dio aquel día de descanso, incluso dejó que saliera de la habitación y le preparó un montón de postres. Pero Erín no se permitiría una tregua, en lugar de aquello, se encargaría de encontrar el retrato de la niña hermosa y tal vez cumpliría su deseo. Sin embargo, la mujer no lo dejó ni un minuto solo. Después de dos horas, se rindió, intentó jugar pero seguía distraído.

—¿A dónde vas? —preguntó Tía H al ver que Erín se levantaba del suelo.

—A-Al baño —musitó. Al principio la viejita lo miraba despectivamente, aun así lo dejó.

Rápidamente se dirigió al baño y cuando terminó trató de cerrar la puerta lo más silenciosamente posible, luego se fue velozmente hacia el pasillo donde había visto al cuadro la primera vez… ya no estaba ahí. Erín se giró sobre sí mismo mientras revisaba por todas partes, pero fue inútil, el cuadro ya no estaba. Blasfemó azotando su pie al suelo, y cuando escuchó que Tía H lo llamaba se dio cuenta de su error. Por un momento deseó no ser tan impulsivo. La mujer llegó a paso veloz, estaba molesta y le preguntaba con desesperación si había tocado uno de los cuadros, entonces negó rápidamente. La señora suspiró aliviada, tomó a Erín del brazo y lo condujo a su habitación.

—Veo que no entiendes, cariño. No me queda más remedio que encerrarte —dijo a la vez que lo soltaba con rudeza—. Oye, no quiero que me odies, ¿sí? Tienes que aprender qué es bueno y qué es malo.

Erín no levantó la mirada, tenía miedo de ver la mirada enloquecida de la mujer. Ésta salió suspirando, claramente estaba cansada de vivir la misma situación siempre, y antes de cerrar la puerta le dijo: —Mañana acabaremos con el retrato, sólo nos faltan unos retoques.

—¡No! —exclamó. Cada vez se sentía más débil, su corazón volvió a latir con fuerza.

—¿Perdón? —se volvió.

—Yo… —dijo, jadeante—. No quiero seguir con esta locura…

Tía H sonrió, incrédula. Cerró la puerta ignorando lo que el niño le había dicho.

Entonces, Erín se dirigió lentamente hacia la cama, tambaleándose sin poder sostenerse de nada en particular. Se sentó y cerró los ojos, intentando soportar ese inquietante dolor en el pecho.

«¡¿Pero qué demonios trataste de hacer?!», lo regañó una voz conocida. Abrió demasiado los ojos y buscó por todas partes pero no encontró al dueño de la voz. «¡Estoy aquí, ¡tonta!», fue así como él se giró ciento ochenta grados y vio al cuadro de la niña rubia; Erín dio un paso hacia atrás y casi se caía.

—¿C-Cómo? —preguntó tartamudeando mientras señalaba al retrato con su mano temblorosa.

—Agh… —se quejó. Casi parecía que el pequeño viera como la niñita ponía los ojos en blanco—. No me digas que eres una de esas niñas que se asustan por cualquier tontería.

Erín frunció el ceño. Sí, él era un miedoso; pero, ¡vamos! ¿No se le permitía asustarse porque un cuadro parlante se traslade de un lado a otro? Quería decirlo, pero pensó que no era el momento adecuado para discutir con una niñita.



Abs Gyl

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En el texto hay: magia y aventura

Editado: 18.05.2019

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