El Hijo de las Sombras #01 — El Manto de la Oscuridad

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VI

La caja está hecha de madera

Erín

 

“Tengo miedo a la claridad. Odio la oscuridad. No entendía por qué me encontraba en ese entonces allí. ¿Saldría a la claridad? ¿O acaso me quedaría en la oscuridad por siempre?...”

 

La gran caja de madera se movía incesantemente mientras que de los ojos de Erín brotaban lágrimas. Grandes, pequeñas. Lloró porque el sacrificio de todas aquellas personas que alguna vez la amaron tanto, que la ayudaron a escapar. Todo fue en vano.

El camino era muy largo. Ella no lo sabía con claridad, pero juraría que ya habían pasado muchas horas desde que habían comenzado a andar, desde que había comenzado a llorar. Se maldijo por haber olvidado a su madre y permanecer al lado de esa Tía Histérica.

De repente un rayito de luz se asomó en una abertura circular de la caja, de dos pulgadas de diámetro aproximadamente. Su color era de un azulado tan hermoso y sin igual que era muy atrayente. Entonces, quiso tocarlo, pero le fue imposible ya que ésta le traspasaba. Lo pensó bien, deseaba ver lo que había afuera —si ya estaba secuestrada, tenía que aprovecharlo—. Asomó su ojito y pudo ver nuevamente a la esfera blanquizca del otro día, no le había prestado mucha atención en ese entonces, pero ahora que la veía le parecía muy hermosa. A su lado, unos puntitos blancos decoraban el escenario violeta que se extendía por toda la región.

«Así que los humanos también poseen la oscuridad», pensó al frotarse los ojos. A decir verdad estaba feliz, sentía como la malicia recorría sus pensamientos. Le agradaba la idea de que ellos también sufrieran un poquito entre las sombras. Aunque, debe de admitir que el paisaje la hipnotizó, pues quería seguir viendo por más tiempo y lo hizo. Observó todo aquello que le era nuevo. No obstante, su disfrute fue interrumpido al escuchar un crujido cercano.

Erín se giró un poco alarmada, entonces pudo ver a un hombre que se erguía después de despertar de un largo sueño. Parecía un poco viejo y tenía el cabello hasta los hombros. Por un momento Erín se emocionó de pensar que aquel hombre era una sombra —al menos alguien amigable con quien pasar el rato—, pero se negó a aceptarlo; aquel hombre no olía como alguien que hubiese estado en la Comunidad Oscura, aunque tenía cierto olor a sangre. Erín se enfureció de sólo pensar que ese señor pudo haber atacado a sus amigos, luego reaccionó. No era posible que eso hubiese pasado, hacía dos semanas que el incidente había ocurrido; además, ¿por qué los monstruos encarcelarían a uno de los suyos?

—Hola —enunció el hombre, con cierta simpatía.

Erín se alejó lo más que pudo. Seguramente él era humano, un monstruo; al pensar en ello, tiritó.

— Oye, ¿te duele algo?

No contestó. Sólo se mantuvo mirando al hombre mientras trataba de protegerse de no ser atacada, y para su suerte, él ni se movió.

—Ya no volverás a ver a tu familia, ¿no estás ni un poco triste?

Aquella pregunta le tomó por sorpresa.

Tenía razón. Erín ya no podría volver, no volvería a ver a su madre… nunca regresaría a la Comunidad Oscura. Aunque, a decir verdad, si fuese por ella, no lo haría, pero tampoco quería ir donde habitaban los seres de luz.

Se rio de la ironía de la situación. Siempre quiso ir al mundo humano para conocer la luz, y sólo hasta ese momento lo comprendió… la verdadera luz de su vida era su familia, estar junto a su madre, jugar junto a Tim y esperar ansiosamente cada siete de diciembre ¡no tenía por qué salir al exterior, si la felicidad la tenía en la palma de su mano!

—¿No me escuchaste? —insistió el sujeto de voz potente.

Erín asintió tenuemente, tenía miedo de no contestar y ser devorada a causa de ello. El monstruo comenzó a reírse a carcajadas y cuando se detuvo, su aspecto parecía sombrío.

—Si te soy sincero, yo tampoco podré regresar a casa por un buen rato.

Erín notó que la voz le temblaba con cada palabra que éste decía.

El silencio reinó. Fue tan incómodo que la niña optó por fijarse nuevamente en el agujero. Volvió a colocar su ojo y vio la esfera, pero esta vez estaba cubierta por un manto blanquecino y opaco, envolviendo el fulgor de aquella circunferencia.

Un manto blanco.

«¿Por qué tuve que nacer como uno de los Oscuros?», se preguntó mientras formaba un puño tan fuerte que sus largas uñas quedaron marcadas en la palma de su mano. «¿Por qué no tuve la oportunidad de ver el brillo del amanecer cada mañana junto a mi madre? ¿Por qué los monstruos tienen la dicha de disfrutar ese paisaje junto a sus familias?...»



Abs Gyl

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En el texto hay: magia y aventura

Editado: 18.05.2019

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