El Infiltrado.

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Capítulo 1

Salí del ascensor cuando las puertas de éste se abrieron, caminé por los pasillos del último piso, el piso número 29, hasta mi oficina, pero antes de ingresar, mi secretaria; Amy, provocó que parase de caminar y la mirase.

—Señorita Brooks, hay un nuevo trabajador, Connor Jones. El señor Tanner lo contrató.

James Tanner era el vicepresidente de la empresa y un buen amigo, debía decir.

—Perfecto, gracias Amy —agradecí e ingresé a mi oficina para luego volver a salir —. Tráeme un café, por favor.

Mientras ingresaba —nuevamente— al cuarto, en mi mente podía imaginarme bebiendo todo el café del mundo, de hecho, sentía que si no bebía café en los siguientes minutos, caería en coma hasta que me hicieran vía intravenosa de café. Y no estaba exagerando, porque, además de amar el café con locura, no había dormido nada durante la noche.

Me senté como peso muerto en mi querida silla giratoria y me encargué de revisar los papeles que James me había dejado hasta que Amy llegó con mi café. Mi amado café...

Iba a beber un gran trago de mi delicioso cáliz de vida pero James ingresó a mi oficina demasiado guapo para mi bien y el suyo, dejé mi mano sosteniendo la taza de café suspendida en el aire mientras lo observaba como era debido. Su traje hecho a medida resaltaba sus preciosos ojos azules, pero claro, hasta metido en una bolsa resaltaba entre una multitud... quizá por estar metido en una bolsa, quizá no...

―¿En qué piensas que no me prestas atención? —preguntó James.

Créeme, cariño, toda mi atención está en ti, pensé mientras buscaba una respuesta coherente que darle.

―En nada ―le respondí con simpleza―. Nuevo trabajador, eh.

―Sí, mi nuevo secretario personal; la anterior era pésima trabajando.

Asentí con la cabeza, eso lo sabía a la perfección, por desgracia.

Ya estaba rezando para que le vaya bien con el nuevo, ¡era el sexto del año!

―Le pediré a Connor, mi secretario, que te traiga los papeles que faltan. Léelos y dime qué opinas.

Asentí nuevamente.

James se despidió, dispuesto a salir de mi oficina. Di la vuelta para sentarme en mi silla y beber mi café, pero él volvió a hablarme.

―April ―me llamó. Y, por un momento, amé mi nombre, o quizá la forma en la que sonaba cuando él lo decía.

―¿Sí?

―Deséame suerte. ― Pidió con un guiño. Siempre me pedía que lo hiciera cuando cambiaba de secretario, y siempre se iba antes de que pudiera hacerlo, ¿qué sentido tiene decirlo si no me oye?

De igual manera, sonreí burlona y susurré un "buena suerte" a la nada. Y por fin logré beber mi ―ya frío― café.

Después de almuerzo, cuando más hundida en archivos me encontraba, tocaron la puerta. Respondí con un simple "adelante" sin levantar la mirada oí a Amy:

―Señorita Brooks, el secretario del señor Tanner necesita entregarle el informe de la reunión con el señor McLuhan.

―Deja que pase.

Levanté la mirada, curiosa por saber de quién se trataba esta vez el secretario nuevo. Había conocido a personas demasiado extrañas y llamativas en lo que llevaba James en la empresa.

Un hombre con la cabeza gacha entró cargando papeles y lo observé con detalle, era alto, alrededor de los 1.90 y de cabello castaño oscuro. Levantó la vista, su rostro tenía rasgos muy masculinos y una acentuada mandíbula.

Cuando dejé caer el lapicero en la mesa, de manera distraída, su mirada azulada cayó en mí. Bonitos ojos, sí señor.

Bien, estaba pretendiendo retener mi comentario mental, pero dudo poder, así que aquí voy. Creo que me enamoré de su mandíbula.

Él estaba analizándome con una ceja levemente enarcada.

—No eres un viejo verde —afirmó de pronto, pero inmediatamente negó con la cabeza como reprendiéndose y se mordió el labio inferior—. Quiero decir, buenos días, em…

—April Brooks.

—Buenos días, señorita Brooks, soy Connor Jones, secretario de James. Aquí tengo los informes de la reunión de ayer —indica, mostrando leve incomodidad. Frunzo el ceño.

¿Secretario de James? ¿De dónde salió esa familiaridad?

―Lo sé ―me levanté y cogí los papeles sintiendo su mirada puesta en mí. Dejé los papeles en la mesa y volteé hacia él, recostando mi cuerpo en la mesa. Cuando levanté la vista lo pillé observándome fijamente. Enarqué una ceja, devolviéndole una mirada interrogante.

―Oh, olvidé decirle que me pidió que le informara que hoy, viernes, saldrás con él al bar Rose.

―Diablos... ―susurré, pues, tenía pensado llegar a casa, darme una ducha relajante, cenar y dormir. Aun así, esa vieja quejumbrosa de James se lo valía.

―¿Cómo dijo? ―preguntó y una sonrisa burlona se asomó en sus labios, aunque solo por un segundo. ¿Qué demonios le sucede a éste? ¿Con qué derecho, eh?



Verónica Taboada

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En el texto hay: romance, amenazas y mentiras

Editado: 20.04.2018

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