El Infiltrado.

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Capítulo 2

No pensaba quedarme allí a solas junto a Connor. Me negaba. Parecía una niña pequeña que no quería sentarse al lado de un niño, pero no era una niña pequeña. Podía decidir.

No haría un berrinche. Si no quería estar allí, pues simplemente me iba.

―Bien ―me levanté de mi asiento, dispuesta a largarme de aquel lugar―. Será mejor que yo también me retire.

― ¿Qué? ¿Por qué?

―No te ofendas Connor pero, el encuentro era con James. Si él no está no tiene gracia que yo me quede ―le dije lo menos directa posible. No quería decirle "me voy porque estoy incómoda estando aquí a solas contigo".

―Quédate, charlemos un rato, ¿no querrás perder la noche, o si? ―una sonrisa adornó su rostro y me giño un ojo― Digo... creo que debo conocer un poco a la jefa de la empresa en la que soy empleado.

―Ya es tarde Connor, debo irme a casa.

―Por favor, no desperdicies un encuentro.

Estaba intentando convencerme y yo solo podía pensar en que James se fue, me dejó sola con Connor cuando él debería de estar conmigo, ¡incluso se fue sin despedirse!

―Quédate, solo charlaremos ―rogó.

Suspiré.

― ¿Puedes quedarte, al menos un rato? ―hizo un puchero. Intentaba hacer una cara triste, sus ojos azules me miraban tratando de convencerme. ¡Que ternura!, pensé. No pude resistirme a esa mirada.

―Está bien ―bufé. No me agradaba mucho la idea de quedarme en el bar Rose hablando con un chico que acaba de empezar a trabajar en mi empresa. Y que además, me parece guapo. Unas copas demás y no quiero ni saber lo que podrá pasar, o las ridiculeces que podré decir.

―Genial ―sonrió. Otro dato de Connor, su sonrisa era hermosa. Rápidamente busqué recobrar la compostura, ya que había quedado atontada observando como en sus labios se formaba una sonrisa provocativa y resplandeciente.

― ¿Y bien? ―pregunté con violencia luego de unos largos segundos de silencio sintiendo como me escaneaba con la mirada y, ¡maldita sea! Me observaba como si supiera de mi más de lo que yo misma sabía.

―James me habló mucho de ti. Te gustan los batidos de frutilla, bailar y eres terca e insistente cuando te lo propones. Cuando duermes babeas y roncas.

¿James habló de mí con Connor?, me pregunté mientras sonreía de oreja a oreja hasta qué...

― ¿¡James dijo eso!? ―pregunté alzando la voz.

James era una gran amigo de la infancia y en ocasiones habíamos compartido habitación, él dormía en el sofá y yo en la cama, claro. Pero... yo no roncaba ni babeaba, ¿o sí?

Un suave rubor subió a mis mejillas a causa de la vergüenza.

Negó con la cabeza soltando carcajadas hasta que éstas pararon abruptamente. Frunció el ceño.

― ¿O sea que si has dormido con él? ―su pregunta sonó más a una afirmación. Sus ojos brillaban con enfado, al igual que su tono.

Esta vez fue mi turno de fruncir el ceño al escuchar su tono de voz al hablar. ¿Quién se creía para hablarme así?

― ¿Te importa? ―soné cínica y era justo lo que quería.

Él iba a hablar pero levanté la mano evitando que lo hiciera.

―Me voy.

Dicho eso, me levanté y empecé a caminar pero Connor me detuvo, de nuevo.

Observó su móvil y luego volvió su vista a mí.

―Solo quédate un momento más, por favor. Siento haberme comportado así.

Negué con la cabeza e intenté volver a avanzar hasta la salida pero me sujetó con más fuerza, juntándome a él y envolviéndome con los brazos.

¡Demonios! Estar entre sus brazos era... mágico. Definitivamente era mágico y único. Mi mano tocaba sus marcados abdominales y...

¿Por qué estoy pensando en eso? ¡Fuchi, fuchi pensamientos impuros!

Intenté apartarme, pero me apretó más contra sí.

―No voy a irme, suéltame ―susurré.

Asintió y lentamente me soltó. Cogió mi mano y me guio hasta la mesa que habíamos estado ocupando. Volvimos a tomar asiento.

Comenzamos a conversar de manera más amena.

Al principio me sentí incomoda pero de a poco esa incomodidad se esfumó.

Me contó que ejecutaba el piano, la batería y la guitarra. Pero dijo que no tenía mucho tiempo que dedicarle a dichos instrumentos. También me contó que sus padres habían muerto el mismo día, juntos, por un par de balas. Antes de que pudiera preguntar, me aclaró que los estaban asaltando, ellos pusieron resistencia y recibieron balazos a causa de eso.

―Yo... ¿estás bien? ―fue lo único que pude preguntar luego de escucharlo.

―Claro ―susurró, desviando la mirada con incomodidad.



Verónica Taboada

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En el texto hay: romance, amenazas y mentiras

Editado: 20.04.2018

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