El Infiltrado.

Tamaño de fuente: - +

Capítulo 4

Desperté y vi la hora: 7:30. Aunque era domingo acostumbraba a levantarme temprano siempre.

Los pensamientos de la noche anterior rondaban por mi cabeza. La segunda carta. La ventana forzada. La imagen de Robert muerto en el piso, con un charco de sangre a su alrededor, era perturbador, la verdad. De pronto recordé lo mal que estaba Emma también, sabiendo que el padre de su hijo fue asesinado a sangre fría, verla fue la pura imagen del dolor, del sufrimiento, y no podría olvidarla jamás aunque lo quisiese. También me recordé que Emma se había quedado a dormir aquí, en el cuarto de invitados.

Antes de ir a ver si se encontraba bien, me tomé un tiempo para sentirme culpable, para respirar hondo e intentar no odiarme tanto. Quizá... quizá si no lo hubiese contratado él no habría muerto, no habría lastimado a sus familiares y conocidos, él seguiría viviendo... él vería a su hijo, jugaría con el... pero nada sería así, ya no.

Por mi culpa un hombre murió, por mi culpa.

Me odié por unos segundos, con ese pensamiento, pero, ¿por qué me buscaban a mí? ¿Era por la empresa? ¿El dinero?

Deseaba con todas mis fuerzas que acabara todo, pero sentía que ni siquiera había comenzado.

Cuando me sentí levemente calmada, aun sin respuestas, fui rumbo al cuarto de invitado. Abrí despacio la puerta, con tal de que no se escuchara el chirrido de ésta y despertara a Emma de mala manera.

No abrí la puerta por completo, solo lo justo y necesario para poder ver si estaba dormida, y lo estaba. Se encontraba tapada hasta el estómago con un brazo en su cara y el otro estirado.

No la desperté, solo la dejé dormir. Me quedé en pijama, podría cambiarme luego. Lo más importante era que Emma desayunara y empezara lo mejor posible el día. El futuro de su embarazo me preocupaba, no quería ser culpable de otra tragedia. Así que caminé hacia la cocina para preparar el desayuno, tanto como Emma como para mí.

Cuando llegué a la cocina, me encontré indecisa. No sabía que debían comer las embarazadas en un desayuno o en un almuerzo.

Cogí frutas, cereal y leche y me encargué de hacer algo presentable con eso. Lo dejé todo en una bandeja e hice mi desayuno, solo me hice un café y agarré unas galletas de agua de la alacena.

Antes de agarrar la bandeja, me metí una galleta entera a la boca. La iba masticando en el camino de la cocina hasta el cuarto de invitados. La bandeja casi se me cayó al subir las escaleras, pero logré llevar el desayuno sano y salvo al cuarto donde Emma estaba.

Ella, ya despierta, se encontraba sentada en el lado derecho de la cama recostando la espalda en la cabecera de esta acariciando con una mano su vientre casi plano —no había notado que realmente ya estaba creciendo a causa del embarazo—, su mirada se encontraba perdida mientras silenciosas lágrimas escapaban de sus ojos, mojando sus mejillas.

—Hey —susurré y fijo su mirada en mí. Le dediqué una pequeña sonrisa que a duras penas pude formuar y caminé hasta el lado izquierdo de la cama. Me senté a su lado y deje la bandeja en su regazo suavemente.

—Hey —murmuró y casi no la escuché. Su voz sonó ronca. Me fijé en su rostro, sus mejillas empapadas por las lágrimas, sus ojos hinchados y rojos y su pálida piel. Por momentos pequeñas lágrimas caían nuevamente y las escurría. El corazón se me oprimió e intente no llorar con ella.

Toda mi culpa, mi culpa.

—Vamos a desayunar juntas —le dije en un susurro ahogado. Hizo una mueca de disgusto pero asintió—. Espérame, vuelvo en un segundo, voy a buscar mi desayuno.

Ella asintió y volvió a mirar hacia otro lado.

Bajé nuevamente. Busqué una nueva bandeja y puse allí mi desayuno descuidadamente, aprovechando la soledad para respirar profundamente, intentando que las lágrimas no se me escaparan. Al subir de nuevo y abrir la puerta, me la encontré comiendo una rebanada de manzana.

—No era necesario —susurró.

—Quise hacerlo, Emma. Por cierto, hoy tienes cita con el doctor. Te acompañaré.

—No quiero que sientas pena por mí y... gracias —dijo con voz normal y metiéndose a la boca una cucharada de cereal.

—No siento pena... —Bueno, tal vez un poco. Pero verla así, destrozada y llorando en la cama producía pena, no de la mala, si no de la que te revuelve el corazón y te hace sentirte impotente y en mi caso, culpable—. Yo... siento mucho lo de Robert. Descubriremos quien ha sido. —Aun así, ya sabía quiénes habían sido.



Verónica Taboada

#3765 en Thriller
#2149 en Misterio
#1656 en Suspenso

En el texto hay: romance, amenazas y mentiras

Editado: 20.04.2018

Añadir a la biblioteca


Reportar