El Infiltrado.

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Capítulo 8

Abrí los ojos de a poco, estos parecían pesar demasiado, y con lo poco que había dormido la noche anterior, era entendible. Contrario a todo lo que esperaba y deseaba, había despertado entre sudor y gritos en medio de la noche un par de veces, a causa de pesadillas. Todavía recordaba trozos de las pesadillas aunque hubiera preferido no recordar nada.

Recordaba llegar a la casa de Emma, que se encontraba rodeada de neblina. Me encontraba sola, y la calle se terminaba a metros de su casa, no estaba segura de lo que había luego de eso, quizás solo vacío. En la pesadilla, inmediatamente me dirigía a la puerta y tocaba, era ahí donde me percataba del arma que tenía en la mano. El arma que había en el abrigo de papá.

Pero eso no era lo peor. La puerta se abría y podía oír gritos, gritos que parecían de auxilio pero que se oían demasiado confusos a la vez.

Entonces veía al hombre que en la casa de Emma el día anterior me había “recibido”, de espaldas, parado, riendo viendo la pared. Cuando me acerqué un par de pasos, él se giró lentamente y ahí era donde me despertaba chillando. El hombre era mi papá.

Cerré mis ojos nuevamente y pasé mis manos por mi rostro, intentando despejar mis ideas, antes de levantarme e ir a asearme. Tenía solo algo en mente, tenía que haber una carta nueva.

Busqué por todos lados, debajo de la cama, en la cocina, en la sala, en el escritorio, en la caja... Nada, ningún papel sospechoso. Suspiré. En otra ocasión me habría sentido aliviada, habría pensado que lo del FBI había logrado espantar a los de la carta, pero teniendo en cuenta lo que habían sido capaz de hacer, no veía posible esa opción. De hecho, estaba asustada por no recibir una carta donde al menos me amenazaran.

Di por terminada la búsqueda al no hallar absolutamente nada de “Anónimo”.

Me recogí el cabello en una alta coleta de caballo y me apresuré a desayunar.

Me preparo café y lo bebí tan rápido como podía con lo caliente que estaba. El silencio era algo habitual en mi casa si no me encontraba limpiando o haciendo algo parecido, pero esa mañana parecía asfixiarme en tanto silencio. Yo, inconscientemente, estaba esperando que algo malo sucediera, y el silencio solo incrementaba aquello. Me sentía más atormentada de lo que me sentía cuando recibía una carta.

*

Estaba de camino a mi empresa, la radio se encontraba en volumen bajo, pero aun así se escuchaba la voz del conductor que estaba leyendo mensajes y poniendo canciones.

Llegué y saludé a los empleados con los que me cruzada. Ingresé al ascensor y me paré recta. Estaba sola, pero no estaba segura de sí era solo yo quien podía verlo todo allí. Miré nuevamente el pequeño punto negro en una de las esquinas del ascensor entre los mechones de cabello que caían a los costados de mi rostro. Tenía que averiguar que era aquello.

Pronto lo haría.

Salí del ascensor apenas las puertas se abrieron y caminé a mi oficina, oficina que estaba pensando cambiar. No soportaba imaginar a Robert muerto cada vez que ingresaba. Me pesaba en la consciencia, siempre lo haría.

Visualicé a James hablando con Connor de espaldas, cuando se dieron vuelta, ambos me saludaron, James con la mano y más enérgico, Connor con un asentimiento. Les devolví el saludo y saqué la llave de mi bolso para abrir la puerta. Al entrar cerré los ojos y avancé tanto como pude sin estrellarme con nada.

—Buenos días señorita Brooks —me saludó Amy, entrando a la oficina y cerrando la puerta.

—Buenos días Amy —respondí, no la había visto al llegar.

—¿Le traigo algo?

—No, estoy bien así, gracias —dije negando con la cabeza, ella asintió, me comentó sobre la conferencia que tenía ese día y que había sido aplazada del día anterior, cuando fui a casa de Emma.

Hoy tenía que dar una conferencia. Grandioso.

Cuando me acomodé en mi escritorio, a nada de ver los balances, noté algo por el rabillo del ojo.

El cajón del escritorio estaba algo abierto, y un papel sobresalía. Abrí el cajón completo y saqué el papel.

No sabía si suspirar de alivio o asustarme todavía más. Prefería suspirar aliviada al saber que no habría algo peor. Esperaba que al menos me lastimaran físicamente por hablar con el FBI.

La cogí y desdoblé antes de leer:

"Oh, linda, ¿no piensas terminar tu trabajo?

Una puerta secreta te espera en la casa de tu padre, y estoy muy ansioso esperando a que la abras y descubras que hay dentro.

Por cierto, tardaste en ir al FBI, creí que irías al ver la primera carta, es sorprendente.

Vigilándote,

Anónimo".

Observé la hoja fina entre mis dedos por un largo rato, pensando en cómo debería de tomarme aquello. Él hombre detrás de todo ya esperaba que hullera asustada al FBI desde el principio. Eso quiere decir nada más y nada menos, que no tenía miedo en lo absoluto. Y eso era malo, muy malo.



Verónica Taboada

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En el texto hay: romance, amenazas y mentiras

Editado: 20.04.2018

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