El Infiltrado.

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Capítulo 10

POV ANÓNIMO.

La vi tropezar y caer antes de entrar a su coche, reprimí las ganas de burlarme cruelmente mientras la veía quejarse y maldecir.

Se levantó, cogió su bolso de la acera y sacudió su ropa para luego entrar al coche y marcharse.

Ella parecía tan normal, como si no pasase nada cuando estaba siendo acosada, manipulada. Admiraba su valentía y fortaleza.

Pero eso no implicaba sentirme culpable, porque eso jamás sucedería. Su padre merecía pagar por sus actos. Y lo haría, y yo me divertiría haciéndole pagar por todo, era una “lástima” que fuese por medio de su preciosa hija.

Cogí mi teléfono y llame a C, era uno de mis mejores amigos y torturadores, después de todo, esa era su especialidad.

—Va para allá, vigila sus pasos, quiero que todo salga como lo habíamos planeado.

—La estoy siguiendo en la carretera —dijo en respuesta.

Asentí aunque no podía verme y corté la llamada. Era todo lo que necesitaba saber.

POV APRIL.

La carretera estaba casi vacía, exceptuando un par de coches.

Paré en un semáforo en rojo y empecé a cambiar la emisora de la radio hasta que escuché las llantas de un coche chillar contra el asfalto a causa de la forma brusca con la que frenó, levanté la mirada y no me encontré con nada agradable.

Demonios.

Al menos cinco coches negros estaban rodeando el mío. Hombres armados bajaron de estos, llevaban antifaz para tapar sus rostros. Solté una carcajada sin poder evitarlo pero rápidamente una mueca se formó en mis labios. El hecho de verlos con esos ridículos antifaces que estoy segura ellos creían era algo discreto, había hecho que mis ganas de reír aumentaran, pero lo nervios ganaban la batalla.

Estaba nerviosa. Bajé del coche lentamente mientras veía puntos rojos en mi pecho. Francotiradores.

Oh, demonios.

Los hombres enmascarados me apuntaban mientras que uno se acercaba.

—Hola —dije y quise pegarme, ¿quién dice hola cuándo está por morir?

—Quiero que te subas a ese coche.

Dijo el hombre y me señalo el coche del que salió. Lo observé fijamente y me percaté de algo. Ojos claros. Parecían verdes, pero a la vez azules. Parecían conocidos. ¿Conocía a alguien de ojos verdes, acaso?

—¿Y si no quiero? —pregunté más nerviosa, siendo sincera, prefería morir ahí a que me torturaran en un cuarto oscuro.

En respuesta escuché como los hombres que nos rodeaban le quitaban el seguro a sus armas. Maldición. Claro que no quería morir, pero si tenía que suceder en algún lugar, seria ahí, y rápido.

E iba ser dignamente. Saqué mi espíritu de jefa a flote, pues ya no tenía que perder.

—Ustedes quieren algo de mí —dije lo obvio y terminé de hablar —y yo, muchachos, quiero algo de ustedes.

El hombre frente a mi achicó los ojos y habló. Me observaba con burla y superioridad.

—Sube al coche —su voz sonó dura, pero también un tanto forzada. Aun así era ronca y tenebrosa.

Me encogí de miedo pero me recompuse. Morir dignamente, morir dignamente, morir dignamente.

—¿Me quieren muerta? Pues, antes de morir deseo saber quién me quiere muerta y porque. Es simple, respondan y obtendrán mi cabeza.

Uno de ellos soltó una carcajada horrible que me provocó una mueca.

El chico que estaba frente a mi respondió.

—¿Y si te quiero a ti entera? —susurró solo para que yo pudiera escucharlo. Una sonrisa ladeada llena de dientes blancos y relucientes se formó en su rostro. No pude evitar sentir el estremecimiento que recorrió mi espalda cuando terminó de hablar.

Su voz... era tan malditamente ronca y atractiva, que si no la hubiese usado con ese tipo de frases, no me hubiera dado miedo... pero ya la había escuchado en algún lugar. ¡En todas las propagandas de la televisión! Joder, ¿qué hacía aquí cuando podía ser locutor? Tenía la voz.

Pero aparte de eso, sus palabras me enojaron, yo no era ningún juguetito y sin poder siquiera reconsiderarlo y con las manos temblándome, le golpeé. Eso podía ser considerado como suicidio. La verdad es que no me veía como suicida, pero ahí estábamos.

El retrocedió sorprendido y los hombres me apuntaron listos para disparar. Algo me decía que estaba acabando con sus paciencias. Y lo confirmé cuando oí un gruñido entre los hombres que me rodeaban.

Tocó su mejilla y yo toqué mi puño.

—Auch —susurré y acaricié mi puño dolorido mientras que veía a un vehículo retomar el camino por el cual había llegado a nosotros, largándose como un cobarde. ¿Nadie pensaba ayudarme?

Él me observó con rudeza y antes de que pudiera correr, me cargó como una bolsa de patatas sobre su hombro y me llevó hasta el coche. Pataleé y luego le di golpes en el trasero, rápidamente me respondió al golpe con una palmada en mi trasero.



Verónica Taboada

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En el texto hay: romance, amenazas y mentiras

Editado: 20.04.2018

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