El Infiltrado.

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Capítulo 12

Los días habían pasado, pero la imagen de mamá rodeada de policías, las pruebas médicas y lo que papá aún ocultaba me abrumaban más con cada segundo que pasaba. Trabajar era toda una tortura, a causa de la poca concentración que tenía.

Ese día, sábado, me encontraba sentada en el asiento giratorio de mi oficina nueva, pues ya había cambiado de sitio para “mayor comodidad”, siguiendo un ritmo imaginario con los dedos sobre el escritorio mientras veía los papeles frente a mí, sin verlos realmente.

No pude evitar recordar todo lo que había descubierto. Había llegado una carta más, pero la había quemado sin pensarlo, y en ese instante, me arrepentía de ello. ¡Tal vez aquella carta contenía información valiosa!

Connor ingresó a la oficina y me observó.

―No se ve bien, señorita Brooks ―dijo e hizo una pequeña mueca en los labios. Jamás había respetado mi pedido de que tocara la puerta.

―Oh, ¡pues gracias, porque eso es exactamente lo que ama escuchar una mujer! ―destilé puro sarcasmo, aunque, tenía que admitir que su compañía en todos esos días horribles se había convertido en mi apoyo, sospechaba que sin su presencia habría perdido toda la poca cordura que me quedaba ―. No te ves bien ―susurré para mí misma intentando imitar su voz diciéndolo en forma de burla.

Él soltó una carcajada... ¡oh, sí! Canto de los Ángeles para mis oídos.

―Puedo… es decir, ¿no me despedirá si la invito a almorzar? ―susurró al preguntar aparentemente tímido.

―¿Disculpa? ―pregunté fingiendo no haberlo oído, mientras miraba la hora en el reloj de mi muñeca. Ya tocaba almorzar y no me había percatado.

―¿Bajaría conmigo a almorzar?

Fruncí el ceño, ¿debería?

―¿Qué?

―So... ―respondí inconscientemente, recordando que en el instituto lo hacía con mis amigos. Sonreí sin darme cuenta aunque inmediatamente borré la sonrisa de mis labios, pues me sentía una total demente.

Connor me observaba sin comprender. Que cabeza hueca, pensé. ¿Quién en su sano juicio no podía comprender tal “chiste”?

―Queso, tonto. —Rodé los ojos.

―Ah, es que no me enteré por lo infantil que es eso para todo lo maduro que soy.

Le miré con una ceja enarcada ante su respuesta.

―¿Qué? —volvió a preguntar con inocencia ante mi gesto.

―¿De qué? ―dije luego de morder mi lengua para no decir "so" así no me llamaba infantil de nuevo ―. Acepto tu invitación, pero como tú invitaste, tú pagas.

―¿Qué invitación? ―preguntó y mi sonrisa se borró de inmediato. ¿No me había invitado a salir entonces? ¡Estaba volviéndome malditamente loca!

―¿Qué...?

―So ―replicó burlón interrumpiéndome antes de empezar a reír como jamás ―. ¡Oh, señorita Brooks! ¡Tenía que ver su rostro tan cómico! ―dijo riendo aún más. Me mantuve sería, y fingiendo estar enojada, y creía que lo estaba pero no podía asegurarlo a causa de las tremendas ganas que sentía de reír junto a él. Y sin pensarlo, lo hice. Me uní a su risa.

―¿Quién es el infantil ahora? ―pregunté riendo aún más y dándole un manotazo en el hombro sin poder evitarlo. A veces era un tanto... violenta.

Su risa cesó abruptamente y observó su hombro, serio.

―¡Auch! A demás de infantil, violenta ―susurró queriendo aparentar estar enojado pero la pequeña sonrisa ladeada en sus labios me indicaba lo contrario. Sonreí ―. ¿Qué esperamos? Un delicioso almuerzo nos espera...

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―Esto está del asco ―murmuró Connor con una mueca en sus labios observando su carne poco cocida. Solté una carcajada, pues mi carne estaba lo suficientemente cocida. Me llevé un gran pedazo de carne a la boca provocándolo con mi deseosa comida.

Él observaba fijamente mientras mordía la deliciosa comida. Pero yo solo mordía y seguía mordiendo. Definitivamente, debía cortar un pedazo más pequeño la próxima vez.

Seguía mordiendo pero al observar de reojo hacia la puerta que llevaba directo a la cocina me percaté de algo crucial. Una cucaracha. ¡Una jodida cucaracha que salía de la cocina!

Temblé. Tenía una tremenda fobia a las cucarachas. Observé mi comida y sin pensarlo escupí la carne. ¡Tal vez mi comida fue recorrida por cucarachas!

Observé el vaso con gaseosa en la mesa y lo comprendí todo de golpe. El asqueroso y extraño olor en el vaso era de las... cu... cucarachas.

Observé a Connor por un segundo y me levanté mirando esa vez a la cucaracha que parecía ir directa hacia mí.

Corrí con mi bolso en la mano izquierda y abrí la puerta del restaurante con la derecha. Salí y crucé la calle. Ese maldito insecto horrible podría seguirme.

Saqué la lengua y la “limpié" con mi mano... ¡una pata de cucaracha podría haber estado en mi boca en ese instante! Me estremecí. La puerta del local se abrió y salió Connor apretando sus labios aparentemente para no reír. Cuando me vio limpiando mi lengua, no pudo evitarlo y empezó a reír como un desquiciado.



Verónica Taboada

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En el texto hay: romance, amenazas y mentiras

Editado: 20.04.2018

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