El Infiltrado.

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Capítulo 17

Lo observé y negué. No podía comprender su comportamiento, ¿estaba actuando como un amigo o como alguien que se preocupa por otra persona porque le gusta?

Connor se alejó de a poco y fabriqué una sonrisa leve cuando me miró, esperando a que dijera algo.

―Creo que necesito un café cargado, ha sido un día largo y apenas empieza. —Me alejé por completo de él y me giré hacia el escritorio.

Connor se paró frente a mí.

―April, mírame, por favor. Sé que... Las cosas están difíciles, estás en peligro y yo…

―Lo entiendo. No quieres morir por estar relacionado conmigo. Lo entiendo, en verdad, ahora ve a por ese café cargado que te pedí, por favor ―pedí nuevamente, avergonzada de verlo, él tenía razón. Tonta carta que leyó, pensé que había creído lo de la broma. Tonta yo por ser tan descuidada.

―¡No me imp...! ―Su rostro se arrugó en desesperación pero llevé mi dedo a sus suaves labios callándolo.

―No es tu culpa querer vivir. No hables de esto, ni de la carta con nadie. Te lo agradecería ―rogué con suavidad―. Ahora ve por mi café.

Su rostro decayó al girarse para caminar a la puerta.

Levanté levemente la mirada para ver su espalda recta. Mi corazón latía con tanta rapidez como podía. Quería echarme a llorar nuevamente y no parar hasta ser una pasa andante. Mis pensamientos estaban revueltos como si los hubiese batido y eso empezaba a desesperarme. ¿Qué debía hacer? Ni siquiera podía decidir si me sentía bien con Connor yéndose, pero debía, aunque no quisiese, sentirme bien. Él solo quería seguridad, y estando conmigo quizás solo conseguiría la muerte.

Entonces, solo me quedó dejarlo ir.

Cogí mi bolso guardé la foto, la carta, mi móvil y salí de la oficina antes de que Connor llegara. Le comuniqué a la secretaria del edificio que me retiraba por motivos personales y que si alguien preguntaba por mí, se lo informara.

Cogí las llaves de mi coche y caminé hasta el.

―¡April, espera! ―Me llamó Connor, corriendo con una rapidez sorprendente. Todos sus rasgos demostraban el coraje que sentía. Yo solo esperaba no ser la causante de ese sentimiento.

Sin pensármelo dos veces me lancé al asiento del coche y cerré la puerta trancándola. Sus pasos rápidos y largos eran cada vez más rápidos y mis manos temblaban mientras intentaba encender el coche sin tener éxito al insertar la llave. Connor intentó abrir la puerta y al no poder hacerlo se paró frente al coche, con mi café en mano.

―April, espera. Lo que tengo que decirte no tomará mucho tiempo, ni siquiera vas a tener que salir del coche. Baja el vidrio de la ventana, por favor ―suplicó alzando la voz para que le oyese. Tomé una respiración profunda. Inserté por fin la llave y bajé la ventana tan solo lo necesario. ¿Estaba haciendo lo correcto?

Su profunda mirada me taladraba y me pedía miles de cosas que desconocía, mientras se acercaba a la ventana.

Cuando se encontró a mi lado, entendí que no podía huir de él, no porque no pudiese realmente, sino porque no quería.

―April, esto no se trata de ti, o de mí. Hay algo más grande entre nosotros. ¿Crees… que no noto las chispas cuando estamos juntos? Me encantaría disfrutar de ellas, pero tú… Soy tu empleado, April.

Posé mis manos sobre el volante y asentí.

—Lo sé, lo sé. Tan solo… a veces no puedo controlar mis impulsos.

―Mi intención nunca fue jugar contigo.

―Simplemente... no hablemos de eso —respondí intentando ignorar lo bien que se sentía oír eso, pero también lo mal que se sentía no poder conocernos de otro modo.

Él me observó detenidamente por unos segundos luego de mi respuesta y asintió lentamente.

—¿Crees que podría subir? —preguntó con timidez.

Le miré ladeando la cabeza. Sus ojos me observaban casi juguetones, llenos de brillo. Asentí dudosa, aunque sabía que eso también estaba mal.

Rápidamente rodeó el coche, desbloqueé las puertas y se adentró con elegancia. Noté que rápidamente analizó el “ambiente”, cosa que parecía característica en él, puesto que siempre lo hacía.

Puse en marcha el coche e intenté calmar mis nervios. De reojo miré su expresión relajada y pensativa. Suspiré intentando calmar mis nervios de una vez.

―Entonces, ¿vamos a ser amigos? ―preguntó observándome nuevamente, luego de minutos de silencio.

―¿Y si no quiero? ―pregunté con una sonrisa leve, más calmada. Aun así su potente presencia junto a mí por momentos me sacaba suspiros nerviosos.

―Pues, señorita jefa, trabajo para usted, más le vale llevarse bien con los trabajadores, ¿o no? ―murmuró con los labios estirados en una sonrisa, junto a su fingida voz de trabajador profesional.

Mordí mis labios intentando no reír.

―¿Está usted amenazándome? ―inquirí con fingida sorpresa e indignación.



Verónica Taboada

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En el texto hay: romance, amenazas y mentiras

Editado: 20.04.2018

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