El Infiltrado.

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Capítulo 18

Mi cabeza daba vueltas mientras veía los rostros en uno solo.

Y allí estaba... James. Con Connor. Y Rojito.

Sus ojos me traspasaban mientras en las penumbras sus rostros cambiaban. Un segundo era uno, y al siguiente otro.

Su mano apretaba mi brazo fuertemente y sus miradas, tan parecidas pero diferentes al mismo tiempo me observaban frías.

Los chillidos de dolor ya no se oían. ¡Mi papá! Él no podía morir... no...

Observé al hombre frente a mí.

Es mentira, es mentira... esto no es verdad. ¡No es posible que sea verdad!

Mis susurros llenaban mi mente, pero algo aún no encajaba. Yo no había dormido, esto... no podía ser un sueño. ¿Entonces era verdad?

Recordé lo sucedido en casa de Emma y me prometí luchar por despertar. ¿Si estaba inconsciente como soñaba?

Un dolor profundo se desató en mi pecho y grité antes de observar abajo, a mi pecho, donde el cuchillo que antes el hombre frente a mi sostenía, estaba incrustado. Su mano apretaba aún más fuerte mi mano, queriendo romperme entera de una vez por todas.

Mi ropa se mojaba lentamente, riéndose de mí mientras se bañaba en mi sangre.

Levanté la mirada sintiendo que iba a caer en poco tiempo. Sus ojos brillantes, maquiavélicos, se mantenían fijos en donde el cuchillo había estrellado. Mis piernas temblaron advirtiéndome de mi próxima caída, y sabía que cuando eso pasase, ya estaría totalmente rota.

Bajé la vista a mi brazo y bruscamente, casi con fuerza, tiré de mi brazo intentando salir de su agarre, agarre que él aumentó.

Solté un grito cargado de dolor, sufrimiento y rabia. La impotencia recorría cada parte de mi cuerpo. Mi cabeza iba a explotar en segundos. El dolor en mi pecho iba en aumento y el temblor en mis ya débiles piernas también.

Sin pensarlo mordí su mano y cuando aflojó el agarre al morderlo, me alejé tan violentamente que caí sobre el suelo golpeando mi cabeza. Gran movimiento, si me lo preguntan...

Mi corazón latía con fuerza cuando mis ojos se cerraron automáticamente y siendo consciente de lo que podía pasar con mi despiste, los abrí abruptamente esperando encontrarme con aquel hombre que tanto daño estaba causándome hasta en sueños, o lo que fuera aquello, pero... no había nadie.

Observé hacia abajo al no sentir dolor alguno y miré mis prendas sin sangre ni rajaduras. No tenía heridas.

Mi corazón seguía palpitando rápidamente.

Había despertado.

Cerré mis ojos recostándome contra una pared reteniendo mis lágrimas. Cubrí mi rostro con mis manos y las dejé allí haciéndome un ovillo.

Respiré hondo reiteradas veces sin poder evitar ese sentimiento inquietante en mi pecho.

Mis ojos estaban cristalizados de lágrimas que luchaban por salir. Me levanté y corrí pasando por el vaso roto y el charco de jugo hasta llegar a la cocina. Rápidamente lavé mi rostro y cogí otro vaso sirviendo más jugo al recordar que Connor aún estaba aquí.

Cuando logré calmarme caminé con el vaso de jugo y al llegar a la puerta alcé la mirada chocando con la de Connor. Paré abruptamente, casi derramando jugo. Mi corazón latió con fuerza nuevamente. Toda calma conseguida me abandonó.

Su mirada no era fría, más bien preocupada.

《Todo fue un sueño, nada fue real, todo fue un sueño, nada fue real

Mis susurros nuevamente llenaban mi mente, intentando calmar mi inquietud.

Sin poder evitarlo, sentí mi cuerpo entero sufrir temblores relativamente leves al tenerlo enfrente. No pude evitar sentir que de pronto me haría daño.

¿Qué sucedía si era real? ¿Qué sucedía si él, James o Rojito estaban detrás de todo?

Giré la cabeza a un lado con repulsión borrando todo contacto visual a la vez.

―¡Eh! ¿Qué sucede? ―preguntó confundido alzando la mano para acariciar mi mejilla, y aunque saber que esa era su intención aceleró aún más los latidos de mi corazón y mi ser ansiaba su tacto, acerqué rápidamente el vaso de jugo a su mano interceptando su camino.

―Tu jugo. —Fue todo lo que conseguí decir. Su mirada fue al vaso y luego a mi rostro intentando comprender lo que sucedía.

Pasé a su lado y caminé a la sala con intención de ir a tocar el piano, pero no podía dejarlo solo y...

―Necesito que te vayas ―fui directa al punto, necesitaba estar sola, poder soltar la rabia retenida y liberarme. No me importó pedirle que se retirara, aunque mi actitud me hiciera quedar como una loca.

Mi papá me necesitaba y yo no sabía qué hacer.

―Yo... ―su mirada me perforó, igual que hace minutos, antes de apuñalarme―. Está bien, ¿puedo ir al baño antes? ―asentí.

―Luego puedes irte. Ya conoces la salida ―murmuré y empecé a subir las escaleras alejándome de él y de todos los sentimientos que me causaba.

Antes de ir al cuarto con el piano, fui a una de las mesas de adorno del pasillo y abrí el cajón de esta. Saque una partitura que había dejado allí por demasiado tiempo. Yiruma.



Verónica Taboada

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En el texto hay: romance, amenazas y mentiras

Editado: 20.04.2018

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