El Infiltrado.

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Capítulo 25

Bajé del coche sin fuerzas ni ganas.

Mi vista estaba levemente nublada por las lágrimas que volvían a aparecer, deseando acariciar mis mejillas al recorrerlas.

Entré a la casa de papá y subí las escaleras hasta el cuarto donde el piano me esperaba.

Apenas entré a la habitación me desplomé en el sofá junto al ventanal, sintiéndome tan perdida y destruida como me veía.

Mi camisa de trabajo se mojaba de a poco con las lágrimas que caían sin cesar.

Mi voz luchaba por salir y llenar el lugar.

Yo luchaba por gritar.

Enterré mi cabeza entre mis manos y sollocé libremente.

—Te necesito, mamá —susurré con la voz rota y rasposa.

Cerré mis ojos e intenté calmar mis nervios a flor de piel.

No quería pensar, ya no más. ¿Cuándo iba a acabar?

Me estremecí al recordar sus labios, sus palabras... toda una mentira de un buen actor.

No podía soportarlo, no podía soportar recordarnos juntos, y saber que todo fue falso de su parte.

Me enamoré de una mentira.

La sonrisa burlona de Jane llegó a mi mente. No pude evitar burlarme de mí también.

Era una idiota.

Era tan claro, tan claro... y lo peor, es que los indicios me los había dejado desde el principio, cuando me retuvo en el bar Rose. Había insistido en que me quedara y por encima, había estado atento a su móvil. Cuando llegué a casa esa noche, había encontrado la carta.

La primera carta de la mafia.

Era tan evidente, ¿cómo no supe verlo?

Y quizá, cuando asesinaron a Robert, Connor había dejado pasar a los sicarios que los mataron o quizá...

Quizá Connor mató a Robert.

Mi corazón se oprimió con fuerza. Connor no era así.

Pero... ¿qué sabía yo cómo era o no Connor? Todo lo que sabía de él era mentira, eso seguro.

Entonces... recordé el día en McDonald's y no pude evitar sentirme peor. Tal vez ese día fue planeado. El hombre de negro. Connor había llegado cuándo él apareció. Tal vez solo fue todo una distracción.

Sentí un nudo en mi garganta, estaba tan furiosa y resentida que golpeé el asiento sin pensarlo, sin meditarlo.

Y... y la chica con complejos de payaso que siempre se hacía presente, ¿era de la mafia también? La verdad, lo veía muy posible. Tal vez ella era la verdadera novia de Connor y...

¡No! ¡Basta!

Apreté aún más mis ojos cerrados. Y James… ¿Entonces finalmente sabía quién era Sellers? James tenía que serlo, no había otra renuncia reciente, ¿o sí? No había otra, ¿verdad?

Respiré hondo y sin quererlo realmente, abrí mis ojos.

Papá aún no volvía y a pesar de que me preocupaba por él... no me sentía dispuesta a verlo. Él me había ocultado tantas cosas... no sabía si podría verlo a la cara y fingir no saber todas sus mentiras.

Quité el rastro de lágrimas con violencia y dureza. Mi tristeza se iba opacando a causa de la rabia que empezaba a surgir. Necesitaba urgentemente golpear a Connor, gritarle a papá y exigirle la verdad solo para oírlo todo de sus labios.

Levanté mi mano en forma de puño para golpear el suelo con rabia, pero una mano sujetó la mía y evitó que lo lograse.

Me giré con rapidez, encontrándome con lo que creía que iba a encontrarme.

Sellers.

Sus ojos conectaron con los míos que se aguaron nuevamente, pero me prohibí llorar frente él.

Su mano seguía sujetando mi puño, pero con lentitud, lo soltó.

Me levanté del suelo y él también, pues había estado acuclillado.

Mi mirada furiosa, inquieta y llena de diferentes sentimientos fue directa a la suya cuando dio un paso atrás, tomando distancias, como si supiese que era lo necesitaba

No sabía qué hacer en ese momento. ¿Debía decirle algo como “hola James, que gusto ver de nuevo” y jugar con mi suerte?

Ladeo la cabeza notando el dilema en el que estaba metida.

—Te odio —murmuré—. Te odio porque me traicionaste, lo hiciste a pesar de todo. No quiero que regreses, ni siquiera que te asumes a mirar hacia mi casa o la de mi papá.

Su mirada se oscureció pero eso no bastó para mí, quería ver sus fracciones, quería poder ver sus gestos ante mi odio, y se me ocurrió algo.

Caminé hasta él y mis manos fueron a su máscara con rapidez, en un intento realmente frustrado de quitarle la máscara, pues sus manos cogieron mi muñeca y detuvieron mi intención con un rápido movimiento.

Sin ejercer tanta fuerza, me empujó contra él y apretó mis puños contra nuestros pechos, evitando que intentase nada más.

—Estoy intentando hacer bien las cosas —murmuró con una voz letal, carente de emoción, gruesa y masculina.

Me estremecí al oírlo en mi oído, con su cálido aliento rozando mi piel.

Empecé a agitarme con fuerza, intentando huir de sus brazos fuertes. Me sentía más cómoda de lo que podía aceptar.



Verónica Taboada

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En el texto hay: romance, amenazas y mentiras

Editado: 20.04.2018

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