El Infiltrado.

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Capítulo 28

Le observé con temor y duda, no podía creer que Connor llegara tan lejos.

Todavía tenía esperanzas de que todo sea mentira, un simple juego o una broma. Pero tenía que ser realista. Un mafioso no hacía bromas.

Se inclinó hacia mí y me observó con fijeza, sin expresión alguna en su rostro. Su mandíbula estaba apretada mientras su mano avanzaba hasta mi rostro.

Sin pensarlo dos veces alejé mi rostro de su tacto.

Me quedé quieta, sin realizar movimiento alguno más que el anterior. Sus ojos recorrían mi rostro una y otra vez, sin quedarse en algún lugar en específico.

Entrecerré los ojos y le fulminé con mi mirada.

No estaba dispuesta a que me tocara siquiera un fino cabello rojizo, no estaba dispuesta a permitir que se propasara.

Deseaba ese momento, lo quería... lo quería cuando conocía o creía conocer a Connor. Deseaba ese momento con el Connor tierno que fingió ser. No esperaba que sucediera así.

Me levanté de golpe, empujándolo, y caminé a la puerta de mi cuarto, no dispuesta a que hiciera algo sin que yo luchara por evitarlo.

―Detente ―gruñó, sujetándome del brazo con fuerza.

―¿Qué te sucede? ¿Crees que vas a lograr tu cometido, que vas a tenerme aquí, como idiota sin hacer nada? ―interrogué burlona pero furiosa a rabiar―. Vete de mi casa. Ahora.

Abrí la puerta con fuerza, soltándome de su agarre con brusquedad, señalándole la salida al pasillo.

Su mirada se mantuvo en la mía y él no avanzó siquiera un paso.

Con el paso de los segundos, vi como desvió la mirada a algún sitio en la habitación y observé hacia allí también, buscando lo que con tanta atención observaba, pero antes de descubrirlo, lo sentí abalanzarse sobre mí.

Su cuerpo me aprisionó contra la pared y su aliento cálido acarició mi mejilla, provocando que mi respiración se volviera errática.

―Aléjate, ahora ―exigí rogando por distancia entre nosotros.

Su mirada, quieta en mis labios entreabiertos, subió como una caricia lenta hasta mis ojos por unos segundos, antes de bajar de nuevo de la misma manera.

―Vete... ―susurró con lentitud, acercando sus labios a mis oídos―. Vete, ahora ―pidió, no, más bien ordenó. Su voz, carente de sentimientos, se sintió tan cálida para mí pero eliminé cada sentimiento de cariño por él, al menos para ese instante, intentado odiarlo con toda mi alma.

―¿Qué está pasando ahora? ―inquirí, sintiéndome inútil.

Sus ojos volvieron a recorrer mi rostro y pararon en los míos.

―No te incumbe en lo absoluto, ahora vete antes de que...

―Esta es mi casa Connor, y no me voy yo, sino tú ―reclamé. No iba a creer en sus palabras tan fácil. No cuando ya sabía de su verdadero rostro.

Su mirada se tornó oscura y sus manos, a mis costados, se volvieron puños apretados.

Las venas en sus brazos saltaron a la vista y me mantuvo la mirada.

―Vete, April, es la última vez que lo digo ―murmuró con calma que sabía que no sentía, su cuerpo y lo tenso que estaba lo delataba.

Se oyeron pasos en el pasillo y me apretó contra él. Su rostro se acercó al mío demasiado, tanto que nuestros labios casi se rozaban, y tomó mi rostro entre sus manos.

Intenté apartarme pero fue innecesario, él rápidamente se alejó y giró la cabeza hacia la puerta, que en ese momento se encontraba abierta. Antes no lo estaba.

Respiré hondo, intentando calmar mi acelerado corazón y mi pulso.

Su mirada al cabo de unos segundos se conectó con la mía. Sus ojos dilatados me observaban con remordimiento, pero, inmediatamente, volvió a levantar la muralla entre sus sentimiento y yo.

Suspiró y desvío la mirada.

Hizo el amago de acercarse pero lo evité levantando mi palma.

―No vuelvas a acercarte ―ordené con dureza.

E ignorando mis palabras cogió mi mano levantada, y entrelazó mis dedos con los suyos.

Mis manos volvieron a temblar a causa de su cercanía y permanecí parada sin poder reaccionar, pero con ganas de hacer tanto... gritarle, abrazarle y quizá darle una cachetada para que recapacitara. Quizá había destruido todo en mí, pero yo era una estúpida enamorada y no podría deshacerme de esos sentimientos tan pronto, a pesar de que deseaba tanto odiarlo.

Intento tragar el nudo que recientemente se había formado en mi garganta.

―¿Va a ser siempre así? ¿Tu intentado romper mis pedazos ya rotos?

―Así será... ―susurró, soltando mi mano.

Suspiré, decidiendo que no podía seguir así. No podía quedarme en la montaña rusa en la que estaba subida en ese instante. En un momento lloraba y en otro, me sentía feliz, completa. Tenía que detener todo, detener a Connor, a la mafia, al mundo entero si era necesario.

Miré a Connor por un momento, con los ojos entrecerrados, y decidí que era momento de irme. Quizá decidiría que era buen momento para terminar lo que estaba por empezar.



Verónica Taboada

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En el texto hay: romance, amenazas y mentiras

Editado: 20.04.2018

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