El Infiltrado.

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Capítulo 29

Observé el pasillo en penumbras y oí un par de voces abajo, en la primera planta. Un escalofrío me recorrió y tragué saliva con fuerza.

Avancé con lentitud y pisadas suaves, en puntillas. La puerta del cuarto de invitados me recibió y no dudé en abrirla, con precaución.

Dentro todo estaba en penumbras también, pero aparentemente no había nadie dentro.

Recorrí un par de veces el cuarto con mi mirada y luego, decidí huir por la ventana. Retiré la cortina blanca y abrí la ventana con cuidado para no hacer ruido alguno.

Observé hacia afuera, pero al hacerlo, cerré los ojos con fuerza. ¿Cómo pensaba escapar por la ventana? ¿Lanzándome del segundo piso para tan solo caer y romperme algo?

Negué reiteradas veces y me volteé sin saber qué hacer. Abajo no iba a ir, en definitiva.

Di vueltas por el cuarto, nerviosa, asustada y desesperada.

Me recosté contra una de las paredes junto a la ventana y cerré los ojos. La cabeza empezaba a dolerme.

Sentí sus brazos rodearme, su aliento cálido dedicándole una suave caricia a mi piel y sus ojos azules observándome con amor.

Y entonces... abrí los ojos. El suave tacto que había sentido, el calor de su cuerpo, su rostro junto al mío... todo, todo desapareció con tan solo abrir los ojos.

Connor...

―No te muevas ni un centímetro ―habló una voz tétrica, ronca e inexpresiva, haciendo que me sobresaltara.

Observé en su dirección con el cuerpo hecho una gelatina.

Una sombra negra yacía bajo el marco de la puerta y una pistola era sostenida por sus manos con firmeza. Sus ojos brillaban gracias a la luz proveniente de la ventana, haciéndolo más terrorífico.

Quedé paralizada en mi sitio, sin saber muy bien que hacer.

Sus ojos me escaneaban por completo con una mirada seria y calculadora.

Volví a tragar saliva.

―¿Decidió no violarte? Que imbécil, quiero descubrir que es lo que se perdió ―murmuró, lamiéndose el labio con la lengua, con los ojos aún más brillosos. Un antifaz cubría parte de su rostro y ese factor, junto a la sonrisa macabra que se tenía en su rostro, lograron espantarme aún más.

Me moví hacia la ventana al verlo acercarse. No sabía qué hacía realmente.

Dio un paso y luego otro pero yo no hice más que tocar el borde de la ventana, temblando de miedo.

―¡No te lances! ―ladró en un grito y se me ocurrió una idea ideal para el momento.

Sabía perfectamente lo que iba a hacer, pero nada aseguraba que saliera bien.

Observé la ventana a mis espaldas y en el momento exacto en el que dio otro paso apurado, me volteé y estiré hacia la ventana, saltando a través de ella, escuchando un balazo a mis espaldas.

Al caer, no pude evitar pensar en que prefería romperme algo a tener que vivir con el recuerdo de una violación toda mi vida.

El viento sacudía mi cabello y no podía observar nada. Aunque era mejor no ver.

Cuando pensé que iba a estrellarme contra el suelo, un par de brazos me sujetaron con fuerza y sentí como la persona que me cogió empezaba a correr.

Quien sea que me tuviese iba a llevarme con aquél hombre e iban... iban a...

Empecé a agitarme más y más. Nada iba a hacer que me detuviera en mi intento de escape... por el momento.

Oí como una puerta de coche se abría y sentí que me dejaban en un asiento.

Retiré el cabello de mi rostro al fin, y observé a mí alrededor alerta.

Otra puerta se abrió, dejándome a la vista a un hombre.

―Sellers... tú... ¿qué haces aquí? ―inquirí sin aire. No pude evitar sentir la paz que me transmitía con su sola presencia y eso estaba muy mal.

―Debo estar aquí ―murmuró, aún sin mirarme.

Suspiré y él puso el coche en marcha y mientras avanzábamos oímos un par de gritos que dejamos atrás.

―¿Dónde me llevas? ―pregunté observando su rostro, o lo poco que podía ver con su máscara puesta.

―A un lugar seguro.

―¿Por qué tú no quieres hacerme daño? ―Las palabras brotaron de entre mis labios sin que pudiera evitarlo y su mirada, por primera vez desde que subimos al coche, se desvió hacia la mía.

—Nada te asegura que no quiera hacerte daño.

Cuando estaba a nada de responder el tono de un móvil en todo el coche se oyó.

El tono de mi móvil. Busqué su ubicación y lo encontré en el asiento trasero, en mi bolso, y gracias a eso caí en la cuenta de que estábamos en mi coche.

Tomé el aparato entre mis dedos y contesté sin mirar.

―¡Desaparecida! Hola, nena, estamos en el restaurante de siempre, ¿te vienes? Josefino y Landon quieren verte ―habló apresurado Ethan apenas contesté.

Una sonrisa leve surgió en mis labios sin permiso.

Me hubiera encantado poder ir, sonreírles y reír con sus bromas y boberías. Amaría poder tener una vida sin mafias o FBI. Sin misterios o mentiras horribles que desmentir.

Suspiré mirando a mis piernas.



Verónica Taboada

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En el texto hay: romance, amenazas y mentiras

Editado: 20.04.2018

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