El Infiltrado.

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Capítulo 33

Y entonces... la palma de su mano se estrelló contra mi mejilla con fuerza. Mi rostro se giró con violencia ante semejante golpe y con rapidez, llevé mi mano a la mejilla afectada. Ardía, y mucho.

Una mueca adornó mi rostro.

Iván me miró detenidamente, con la mandíbula apretada y una vena marcada en el cuello. Sus manos, con rapidez, sujetaron las mías y las alzó.

—No intentes jugar conmigo, zorra, porque créeme, saldrás perdiendo. Sellers, sujeta sus manos. —Mantuve la mirada fija en él, en sus movimientos y en sus ojos, demostrándole que no iba a dar el brazo a torcer.

Sellers volvió a acercarse y cogió mis manos, alzadas a más no poder, y juntas, mientras Iván liaba la soga en mis muñecas, para luego hacer un nudo realmente apretado.

Cerré los ojos con fuerza al ver a uno de los matones acercarse con el látigo, para pasárselo a Iván.

Un nudo se formó en mi garganta mientras mi corazón latía desenfrenado. Ya no tenía el control, nunca lo tuve.

Podía ver mi comienzo, y mi final.

Mis tristezas y las lágrimas derramadas, mis alegrías y las sonrisas regaladas proyectadas en mi mente... en mi corazón.

Deseaba, anhelaba estar con mis amigos, con mi papá. Deseaba despertar y reír de la locura de pesadilla que había tenido.

Deseaba ver a los hijos de Emma, porque aún creía que serían gemelos, o quizá mellizos.

Deseaba que James no se hubiese largado y esperaba que no lo encontrase allí como un mafioso más.

Deseaba ver a mamá y tocar el piano una última vez.

Tantas cosas deseaba, pero ya nada volvería. Yo no volvería.

Sé... que estoy cerca de mi viaje... de mi escapada de la realidad.

Pero no quería largarme. Quería tener hijos, esposo... una familia. Quería vivir.

Y, a pesar de que no quería, una lágrima salada cayó, recorrió mi rostro con delicadeza, suavidad, realizando un viaje lento hasta caer al suelo. La última caricia que sentiría.

Iván observaba todo con tanta felicidad, que me sentí patética, ridícula.

Levantó el látigo y se ubicó a mis espaldas. Arqueé mi espalda inconscientemente, esperando el golpe.

Hasta que llegó...

Un grito brotó de entre mis labios llenando la habitación. Dejé de respirar por un momento, sintiendo mí espalda arder.

Otra lágrima cayó. Por papá, porque sabía que estaba bien en ese momento.

El látigo volvió a herir mi espalda, con fuerza, dureza.

Jadeé, adolorida, sufriendo entre lágrimas.

Los latigazos se hicieron más seguidos, hasta que mis jadeos se convirtieron en chillidos cortos, leves, y éstos, en pequeñas muecas, mientras podía sentir la sangre mojar mi blusa, y resbalar en mi piel.

Mi respiración era entrecortada, dolía respirar. Dolía pensar, creer y tener esperanza. Dolía que aún esperaba que Connor llegase y me dijese que me amaba, que no iba a dejarme morir sola, que no iba a abandonarme ni en mis últimos suspiros.

Dolía, tanto, tanto, que ni el dolor que me causaba cada latigazo, o el ardor intenso que producía podía alcanzarlo.

—Y esto no es nada perrita —habló burlón lanzando el látigo a un costado. Se paró frente a mí y llevó sus manos a mis mejillas, apretando mi cara a pesar de los movimientos bruscos que daba para alejarme de su repugnante tacto.

—Me das asco —murmuré con rabia y la voz tan ronca a causa de mis gritos anteriores.

Y entonces, alejó sus manos para luego darme una cachetada.

Cerré mis ojos con fuerza, y cuando los abrí pude ver como Sellers sostenía la mano de Iván, que se aproximaba para herirme de nuevo.

La rabia que reflejaba asustaba, la mirada de odio, furia y rabia con la que observaba a Iván indicaba que ya se había aburrido de ver cómo me lastimaban, ya deseaba que el show terminara.

—Es suficiente —gruñó Sellers.

Bajé la mirada, furiosa a rabiar. Maldito infeliz.

Ambos. No, todos en la sala.

—Yo decido cuando es suficiente, Sellers, sabes de buena fuente que odio que me interrumpan y me ordenen, sal de aquí en este puto instante —vociferó Iván.

Sellers sujetó con más fuerza la mano de Iván, con una vena saltándole en el cuello.

—No voy a largarme.

—Entonces no te quejes. Iba a ponerte como guardia, pero es evidente que eres demasiado blando, un buen culo y caes. No me sirves aquí. John, sin embargo...

—¿Ya está aquí la zorra? —preguntó una chica entrando con brusquedad... la chica con complejos de payaso. Un par de chicas la seguían, obedientes.

Cuando me vio, atada, herida, goteando sangre y sudor, sonrió victoriosa y caminó con sus zapatos de tacón. Me observó con una mirada malvada.

—Querida... yo solo estoy aquí por algo... o alguien. Si no fuera por él, estaría en el spa, no en este asqueroso lugar. No voy a amenazarte, pero... Connor es mío, solo mío, así que... si aparece por aquí, ni se te ocurra siquiera mirarlo, porque voy a descubrirlo y vas a pagarlo caro, ¿entendido?



Verónica Taboada

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En el texto hay: romance, amenazas y mentiras

Editado: 20.04.2018

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