El Infiltrado.

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Capítulo 35

Me sentía a la deriva, soñando con recuerdos perdidos.

Las miradas de papá y Connor se endurecían cada vez más, sin poder no presenciar lo que tenían enfrente.

Sus manos acariciaban mi cuerpo sin cesar, mientras sus labios humedecían mi piel.

Ya no gritaba, ya no rogaba... ya no insistía.

Mi cuerpo se hallaba paralizado, mi mente bloqueada, y mis sentimientos ocultos. Mi mirada era vacía, tan vacía como me sentía yo. Sin esperanzas, hueca por dentro, llena de agujeros que con el tiempo, fueron creando en mí con decepciones, con traiciones y mentiras.

Y, a pesar de respirar, me sentía muerta. Y quizás después de todo, eso ya no se consideraba vivir.

Mi cuerpo temblaba, mis labios estaban hinchados por los besos bruscos de Iván. Observé impotente como se quitaba de sus vaqueros y luego me desataba para dejarme caer con fuerza al suelo.

Mis piernas no respondían a mis ruegos y mis ojos tampoco, porque, sin poder seguir evitándolo, desvíe la mirada a los dos hombres sujetos por cuerdas, y apenas los vi, cerré los ojos con fuerza.

Sentí como Iván rompía mi blusa con violencia y se posicionaba sobre mí.

Mi corazón latía desenfrenado, mis ojos, ya secos, ardían de igual forma. Subí mis manos a mis pechos, intentando cubrirme, pero, con fuerza, sujeto ambas y las apartó.

Sus ojos, cargados de deseo, recorrían mi cuerpo sin cesar, en un juego que parecía no acabar. Sus labios se entreabrieron y su lengua remojó sus labios.

Y supe que, en toda mi vida, jamás sentí tanto asco.

Su mano libre recorrió mi cuerpo, a la par que sus ojos, y un estremecimiento recorrió mi cuerpo entero.

No quería terminar así... no quería que me siguiera tocándome, ni que me mirara de nuevo. No lo quería cerca, no quería... no quería...

Mis brazos dolían, demasiado. Mis muñecas estaban rojas, y, en ciertas partes, había pequeños hilos de sangre.

Cerré los ojos.

—Mátame primero... por favor —rogué de manera casi inaudible, con esfuerzo.

Su mirada subió a la mía con rapidez, suponía que no se esperaba eso.

—La necrofilia no es lo mío —murmuró en respuesta y continuó con lo suyo, ignorando mis ruegos y gritos pidiendo auxilio.

—Es suficiente para ustedes —informó Iván, hablándoles a papá y Connor. Los dos hombres inmediatamente empezaron a empujarlos a la salida. Observé, con más temor que nunca, como se iban de a poco, desapareciendo en la oscuridad que ocultaba de mi vista lo que se hallaba al otro lado de la puerta.

Ambos se sacudían desenfrenados, mientras yo solo observaba, entregada al miedo que empezaba a llevarse cada parte de mí, tal y como los dos matones se llevaban a los dos hombres tan importantes en mi vida.

Quería gritar y lanzarme a los brazos de papá, tan solo para sentirme en casa, protegida, pero mi cuerpo no respondía a mis órdenes.

Desvíe la mirada de Connor cuando la suya paró en mí, desesperado, furioso e inquieto.

Y. antes de perderlo de vista por completo, mis labios se movieron formulando dos palabras, que a pesar de que para muchos no significaba tanto, para mí valía demasiado en ese momento, y tanto, que no podía expresar con palabras, pensamientos ni besos, la cantidad. Pero sabía que mi mirada había sido suficiente para él.

"Adiós, amor."

Su rostro cambió totalmente cuando leyó lo que mis labios formularon, y no me permití descubrir si era para bien o no, por miedo. Aparté la mirada a mi papá, él no me miraba.

Esperé a que sus ojos me vieran, y me expresaran lo que durante toda mi vida me había enseñado. "Sé fuerte, cariño, porque nada ni nadie podrá contra ti, siempre estaré para cuidarte, protegerte y acompañarte".

Pero no me miró.

Una pequeña gota salada cayó directa al suelo.

Si cerraba los ojos, hasta podía imaginar que estaba en un mejor lugar, quizá en un infinito y más allá, donde no hubiera un final, y el comienzo ya no se pudiese vislumbrar a causa de la lejanía. Un lugar donde el pasado, no se viera.

Pero, cuando sus manos volvieron a mi cuerpo, supe que no había posibilidad alguna de imaginarme en otro lugar.

No quería ser débil, no quería llorar y mucho menos haber conocido a Iván, pero era débil. Y ya no podía cambiar nada. No podía borrar mis lágrimas o lo que las causaron, ya no podía borrar a Iván de mi vida, aunque quisiese.

Sus manos descendían en mi cuerpo, hasta que, de pronto, una voz retumbó en el pequeño y sucio cuarto, provocando que se detuviera; estaba casi segura de no conocer la voz.

—Apártese de ella en este instante.



Verónica Taboada

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En el texto hay: romance, amenazas y mentiras

Editado: 20.04.2018

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