El invierno del Ángel [libro 2]

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Capítulo 24: el día siguiente.

Anthony jamás había pensado que, en su estado de humano, pudiera encontrarse con algún otro ángel. Después de conversar aquella noche con su jefe, estuvo repitiendo fragmentos de la reciente conversación de manera inocente en sueños. Analizaba que Basil tenía razón, ninguno de esos seres anda por allí buscando la manera de sobrevivir en la tierra al mismo tiempo que revela su condición anterior, sería una catástrofe, no todos los humanos están preparados para recibir una noticia como esa y además interfería con el orden natural de las cosas, y se supone que los ángeles no deben interferir. Anthony luchaba en sus sueños por tener un orden en las imágenes que veía, por momentos estaba en la heladería charlando sorprendido con Basil y de pronto se encontraba corriendo en un ambiente de caos, solo veía pies descalzos, túnicas blancas y gritos que no lograba distinguir.

La mañana siguiente Anthony despertó tan ajetreado como si hubiera estado corriendo en un maratón y le hubieran ordenado de manera inesperada que se detuviera. Las imágenes de su sueño había sido tan reales que durante unos pocos segundos tuvo dificultades para reconocer dónde se encontraba. Recordó la conversación con su jefe y juró que todo había sido parte del sueño. Varios minutos tuvieron que transcurrir para que Anthony aceptara que su estado de ángel sí había sido descubierto por un hombre anciano de cabello blanco llamado Basil, y que era dueño de la tienda de helados en dónde trabajaba.

Anthony se alistó para ir a trabajar, pero le tomó más tiempo del acostumbrado y tuvo problemas para desayunar.

Justo antes de salir se asomó a la ventana como si tuviera miedo e enfrentar el mundo. Con la frente pegada al cristal comenzó a observar con detenimiento hasta donde le alcanzaba la vista. Una presión se adueñaba de su pecho al tiempo que recordaba las imágenes de su sueño, los gritos que no lograba entender y la desesperación que se respiraba en aquel lugar.

—Eso ya es pasado, deja de recordarlo —se dijo a sí mismo.

Despegó su frente de la ventana con problemas, como si tuviera pegamento, por un momento creyó que nunca había experimentado tantas emociones juntas.

Salió del apartamento y al pisar la nieve con sus zapatos tuvo una extraña sensación de estar vivo, le parecía estar respirando por primera vez. Hacía frió, pero le dio la impresión de que era menor al acostumbrado y se dio cuenta de que en definitiva aquella conversación le había afectado demasiado.

—Tony, Tony, ¡Hey Anthony!

—¿Ah?

Se encontraba en la barra limpiando con un pañito un poco de helado que se había derramado, y la voz de Isaac se escuchaba tan lejana que parecía no ser real.

—Hombre, ¿estás bien? —preguntó Isaac acercándose.

—¿Yo? Sí, sí estoy bien —aseguró en un tono de voz que ni él mismo se creía.

—Anda, vamos, tienes toda la mañana perdido —insistió, el hombre de piel oscura no pareció tampoco convencido de esa respuesta.

—¿Cómo que perdido?, no me he movido de aquí —respondió señalando el área detrás de la barra.

—Me refiero a tu mente, andas como en otro mundo.

—¿Tú crees?

—Anthony, ¡vamos!, ¡te equivocaste al servir tres helados!, ¡el último cliente dijo claramente que quería chispas de chocolate y tú te empeñaste el colocarle almendras! —explicó en un tono de voz que parecía gritar pero sin alzar la voz para que los clientes no lo notaran.

—¿Almendras? —respondió casi en un susurro.

—¿Qué demonios te ocurre? —preguntó con extrema seriedad.

—Nada, solo estoy pensando.

—¿Y puedo saber de qué se trata? —insistió.

—No tiene importancia.

—No digas que no tiene importancia, puedo entender si no quieres contármelo, pero no digas que no importa, eso es una mentira hombre, y no me gustan las mentiras —advirtió alzando las cejas y abriendo los ojos hasta su máxima capacidad.

—Lo que quiero decir es que: ya no tiene importancia, es inútil ¿Qué hora es? —preguntó Anthony casi interrumpiéndose a él mismo y buscando con su mirada el reloj de pared.

—Es hora de almorzar.

Ambos amigos fueron a buscar sus alimentos y se sentaron en el lugar acostumbrado, a las escaleras de la parte de atrás que conducían al piso de arriba, que era utilizado como almacén.



Laura Zarraga

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En el texto hay: fantasia, misterio, angeles caidos

Editado: 15.11.2019

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