El invierno del Ángel [libro 2]

Tamaño de fuente: - +

Capítulo 37: la segunda despedida.

Anthony se encontraba sentado al lado de la puerta del apartamento de Sarah, apoyaba ambos codos sobre las rodillas y a cada instante se llevaba una mano a su frente cubierta casi por completo por su gorro, llevaba puesta la bufanda roja que le había obsequiado. Había tocado el timbre, pero nadie abrió. Sabía que Sarah estaba confundida, hizo un gran esfuerzo en darle un tiempo para que ella se comunicara, pero transcurridos dos días consideró que al menos podría llamarla a ver lo que ocurría, pero tampoco obtuvo respuesta. Preocupado, se encaminó hasta su apartamento al salir del trabajo.

En el camino llegó a pensar con temor que tal vez le había ocurrido algo, pero desechó casi de inmediato ese pensamiento, de ser así Olivia de seguro le habría informado. Quiso llamarla, pero no sabía si ella estaba al tanto de la situación y de todos modos, en el caso de estarlo, estaba seguro de que no estaría feliz de recibir una llamada de su parte.

Escuchó unos pasos, le dio miedo voltear la mirada y descubrir de quien se trataba. Ya había visualizado aquel encuentro varias veces los últimos días y creía que sabía lo que ocurriría.

—Hola —escuchó. Una voz femenina e inconfundible para él.

—Hola —respondió él, todavía sin mirarla.

—¿Llevas mucho rato aquí?

—Más o menos —respondió él, y al observarla supuso que detrás de esas gafas oscuras su mirada no expresaba inmensa alegría por verlo.

—¿Por qué no me llamaste? —preguntó Sarah.

—Lo hice.

Ella pareció avergonzada.

—Claro que lo hiciste. Lo siento, se descargó la batería.  

—No he sabido nada de ti en...

—Lo sé, lo siento —lo interrumpió.

—Está bien —aseguró en voz baja—, es solo que pensé que después de besarnos tu...

Anthony se interrumpió él mismo, un hombre salió de la puerta continua acompañado de un niño de unos diez años quien se les quedó mirando de una manera muy extraña. Sarah pareció intimidarse un poco y sacó las llaves de su bolso para abrir la puerta.

—Ven. Hablemos adentro —pidió.

Ambos entraron, Sarah colocó la bolsa de comida sobre la mesa de la cocina, se quitó el abrigo y lo colocó en el sofá junto a su bolso y las gafas oscuras. Anthony cerró la puerta tras él, pero se quedó muy cerca de ella, algo le decía que la conversación sería breve.

—Te vi llorar esa noche dijo antes de que ella volviera a disculparse.

—¡Oh no! —se lamentó Sarah.

Anthony suspiró, era casi como si pudiera ver el futuro.

—Sé que esto no va a funcionar —se atrevió a decir antes de que ella lo hiciera.

—Soy una persona terrible —se lamentó Sarah desviando su mirada y llevándose una mano a la frente.                                         

—Solo dilo, y me iré de aquí —pidió.

Sarah se veía muy afectada, pero él trataba de mantenerse lo más sereno posible.

—Anthony, no estoy enamorada de ti —dijo Sarah luego de varios segundos de silencio total.

Anthony creyó que se había preparado para la ocasión, pero la teoría no era igual a la práctica y no pudo evitar cerrar los ojos como si aquellas palabras fueran las más dolorosas que había escuchado en su vida como humano.

—Hablé con Tom, le conté todo, incluso le hable de ti.

Sintió que no quería escuchar esas palabras, quería salir de allí, pero decidió quedarse para que ella pudiera poner un punto y final a su corta amistad.

—Cuando te besé aquella noche no comprendía muy bien lo que quise hacer, pero ahora lo sé. No estoy enamorada de ti —repitió ella—, solo estoy muy agradecida —añadió, dijo aquellas palabras con un intenso sentimiento, tan potente que sus ojos se pusieron brillantes—. Cuando te vi la primera vez, yo... bueno, tu sabes, te has visto en un espejo —confesó tratando de que sonara divertido— además, me has ayudado tanto, te preocupas por mí, eres tan amable y considerado. Cuando me besaste pensé por un momento que podría ser genial, quise intentar sentir algo más, me confundí. Yo... no sé cómo decirte esto sin que suene que me doy mucha importancia, pero de verdad lamento haberte ilusionado, y perdón por tardar tanto en decírtelo.

Hubo un silencio y Sarah se desesperó.

—Por favor di algo —murmuró conteniendo el llanto.

—No tienes por qué preocuparte —respondió Anthony al tiempo que negaba con la cabeza y se metía ambas manos en los bolsillos de su chaqueta—, yo ya esperaba que esto ocurriera.

—¿De verdad? —preguntó Sarah sorprendida y llevándose una mano al rostro para limpiarse una lágrima que estaba a punto de caer.



Laura Zarraga

#13011 en Novela romántica
#6175 en Fantasía

En el texto hay: fantasia, misterio, angeles caidos

Editado: 15.11.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar