El invierno del Ángel [libro 2]

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Capítulo 6: la espera

Anthony esperó varias horas en angustia, hasta que sin darse cuenta se durmió, acostado ocupando tres asientos, soñaba con el accidente. Sarah iba a subirse al auto y él trataba de advertirle, pero a pesar de que gritaba con la mayor fuerza, no le salía la voz y sus piernas no se movían, sobresaltado, veía ante sus ojos como la inevitable colisión de autos ocurría. Fue entonces cuando sus piernas le permitieron correr hacia ella y justo en ese momento sintió que algo le quemó la cabeza.

—Lo siento, ¿te desperté? —escuchó.

Casi se cae, una señora de la tercera edad había dejado caer al parecer un poco de su bebida caliente sobre el cabello de Anthony. Adormecido e indignado, no quiso responderle nada a la anciana, tomó todas sus cosas, incluyendo el bolso de la chica y se acercó con prisa hasta la recepción tratando de no caerse debido al sueño.

—¿Qué hora es? —preguntó mientras se frotaba los ojos con una mano— ¿Dónde está ella?

—Son las cinco de la madrugada —respondió la mujer encargada— ¿A quién busca usted?

—A Sarah Anderson, llegamos hace unas horas.

—¡La chica del accidente!, ¡claro, claro! —respondió con una alegría que no correspondía a esa respuesta— Me parece que ella está en quirófano.

—¿Cómo que en quirófano?, ¿qué tiene?

—¿Es usted... familiar? —preguntó observándolo, esta vez con desconfianza, primero lo miró a él y después a la almohada.

—No —respondió con apatía, necesitaba saber que le había ocurrido.

—No puedo darle la información que me pide señor.

—Es que verá... —intentó explicar, de pronto no lograba articular nada, su respiración comenzó a agitarse, parecía ser de nuevo una pesadilla.

Anthony retrocedió unos pasos y vio a una pareja joven que estaban abrazados. Entonces se le iluminó el rostro y volvió enseguida con la secretaria.

—La verdad es que soy su amigo, somos muy cercanos —mintió con la mirada fija y sin pestañear— ¿Entiende lo que quiero decirle? Amigos especiales, más que amigos, es solo que... lo tenemos en secreto, nadie de su familia puede saberlo.

—Vaya, pues, eso puedo creerlo, eres muy guapo, pero déjame adivinar... —agregó la mujer pensativa— Sus padres son ricos y tú no tienes dinero.

—No se meta en mi vida privada señora —intentó defenderse—. Ahora, por favor dígame que es lo que le ocurrió a mi amiga.

—Bueno, tal vez sus familiares no deban saber que eres su pareja, pero el doctor necesita enterarse de esto para que pueda hablar contigo. Le avisaré cuando salga de cirugía, es todo lo que puedo hacer.

—Gracias —respondió aliviado.

Anthony no tuvo más opción por el momento, se dirigió de nuevo a los asientos, esta vez bien lejos de la abuela con la bebida caliente y después de colocar el equipaje en las otras sillas, recostó su espalda mientras continuaba esperando.

—Es joven, sea lo que sea, resistirá —se dijo para él mismo con optimismo.

Después de una mediana espera, Anthony comenzó de nuevo a hurgar el bolso de Sarah, esta vez tomó su teléfono y se dio cuenta de que había un gran número de llamadas perdidas de un tal Tom. Movido por la curiosidad, abrió los mensajes y entre tantos que parecían ser buenos deseos de año nuevo, había una gran cantidad de él.

            TOM: 00:15 «¿Dónde estás?»

            TOM: 00:29 «Vamos a hablar».

            TOM: 00:35 «Sarah no podemos arreglar esto si no hablamos».

            TOM: 00:51«Ahora estoy empezando a preocuparme. Tus padres han llamado, tuve que mentirles, sé que debes estar muy mal, pero finge por un momento y llámalos».

            TOM: 01:47 «No estás en el apartamento, eso ya lo sabes, ¿dónde estás?»

            TOM: 02:59 «Por favor contéstame. Dime al menos que estás bien».

Anthony no sabía qué hacer, se quedó observando el teléfono pensando en cuál sería la mejor opción. Si llamaba a Tom y a sus padres y les explicaba lo que había ocurrido, lo más seguro aparecerían allí en cuestión de minutos, preguntarían quien era él y no podía decirles la verdad, que iba a suicidarse y que ella intentó detenerlo, correría el riesgo de ser demandado, ir a la cárcel, no estaba muy seguro, pero no se libraría con facilidad. Comenzó entonces a sentir miedo, la lógica le decía que tenía que salir de allí, pero su corazón le suplicaba quedarse. 

—¡Ejem! ¡Ejem! —escuchó Anthony. Era médico que venía a hablar con él, un hombre de estatura promedio, cabello negro y piel muy blanca.



Laura Zarraga

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En el texto hay: fantasia, misterio, angeles caidos

Editado: 15.11.2019

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